LAS TRIBULACIONES DE MI AMIGO
P.
Pedro de Paz
Mi amigo P. anda
últimamente muy preocupado ¿El motivo? P. forma parte de esa nueva lacra social
que, según muchos, debería ser exterminada sin compasión: P. es un irredento
fumador. Por ello, mantengo su nombre en el más estricto anonimato. Tal y cómo
están las cosas, toda prudencia es poca.
P. tiene un serio
problema de conciencia. Desde que le conozco, siempre ha sido una persona
educada y sensible a los problemas de los demás. Nunca le he visto causar a nadie
ningún perjuicio de forma voluntaria. Debido a su fuerte adicción, P. se siente
incapaz de dejar el tabaco pero no tiene reparos en reconocer de forma
consciente y sincera que su hábito de fumador es pernicioso para su propia
salud y para los de la que le rodean. Por ello, trata de evitar siempre que
puede aquellas situaciones en las que su costumbre pueda provocar la más ligera
molestia. Evita fumar en lugares públicos —independientemente de si se permite
o no— sobre todo si estos son cerrados o con poca ventilación. Aun estando en
un lugar en el que se consienta fumar, jamás lo hará si las personas que allí
se encuentren no lo hacen primero. Si alguna vez, acuciado por el vicio, se ve
en la necesidad de encender un cigarrillo, siempre pregunta a los presentes si
les molesta el que lo haga y aun a pesar de recibir una respuesta favorable, su
sentido de la culpabilidad le lleva a apagarlo a medio consumir. Mi amigo P. es
todo un dechado de virtudes aunque en mi opinión, lo que sufre es uno de los «síndromes
de Estocolmo tabaquil» más acuciados que he visto en mi vida.
P. reconoce que su
caso quizá sea poco usual entre aquellos que adolecen del hábito de fumar pero
no lo considera excepcional. Según su opinión, entre los fumadores actuales hay
muchos que, en mayor o menor medida, se comportan como él. Y a causa de la
férrea presión social, cada día más. Por ese motivo, P. no alcanza a comprender
como todas las personas —sin excepción— que padecen adicción al tabaco son
estigmatizadas por sistema y hostigadas de forma continua y constante. No
entiende el motivo de esa indiscriminada campaña de acoso y derribo, de esa
irracional caza de brujas. No entiende porqué todo un colectivo es sojuzgado
sin piedad debido a comportamiento de unos cuantos. P. no comprende porqué esta
misma mañana, mientras esperaba al autobús en una marquesina al aire libre y
tras apagar de motu propio el cigarrillo recién encendido al comprobar
que el humo molestaba a una mujer de mediana edad que allí se encontraba, esta
misma mujer —acompañada del beneplácito de parte de la concurrencia— le censuró
el incívico acto de haber osado encender un cigarrillo en un lugar público y le
reprochó con acritud su desprecio y su «intolerancia» hacia las personas que no
fuman.
P. nunca ha estado en
contra de que se tomen medidas para restringir el habito de fumar en los
lugares públicos porque lo reconoce molesto y perjudicial para los demás. Es
firme partidario de ello, doy fe. Pero lo que de verdad asusta a P. es
transformarse en un proscrito social debido a que, según la corriente de moda
que hoy impera, el sentir popular lo convierte en responsable único, pertinaz y
voluntario de su adicción sin que haya lugar a tener en cuenta otras
consideraciones.
Porque P. no
comprende el motivo de la profunda discriminación del fumador frente a otros
hábitos —o adicciones—. Discriminación que la gente acepta y promueve sin el
menor asomo de pudor. Mientras que el heroinómano —que, por cierto, no paga
prohibitivos impuestos por el producto que consume y que marca su adicción. Yo,
al menos, aún no he visto a ningún «camello» hacer una declaración de
IVA o de IRPF en la que incluya sus beneficios bajo el epígrafe de «rendimientos
del trabajo»— dispone de un sustrato de ayudas sociales —terapias—, de
lugares donde regular su adicción de forma controlada —narcosalas— y de
un producto subvencionado que le ayude a superar su dependencia —metadona—;
mientras que el alcohólico dispone de un soporte asistencial regulado y
aprobado por ley —por poner sólo un ejemplo, el alcoholismo, en caso de darse,
es motivo de baja laboral—, al fumador no se le considera acreedor de ningún
amparo y se le tilda de insolidario, egoísta y mezquino tan sólo por insinuar
que, en el caso de decidirse a abandonar su hábito, desearía recibir la misma
comprensión social y la misma ayuda del Estado y de la sanidad pública. P.
tampoco entiende porqué ese mismo Estado, que tiene amplia potestad para
restringir e incluso prohibir el uso y la manipulación de cualquier sustancia
nociva para la salud, no sólo no aplica esa facultad a la distribución del
tabaco sino que, por el contrario, la regula y la gestiona, obteniendo pingües
beneficios con ello.
P. está preocupado
porque la última noticia de la que se ha enterado ha sido que en la ciudad de
San Francisco se ha prohibido fumar en los parques y jardines públicos al aire
libre. Y, sinceramente, con la cantidad de gilipollas por metro cuadrado que
hay en este país, partidarios de importar e implantar sin criterio alguno modas
provenientes de otros lugares sin tener en cuenta la sustancial diferencia de
circunstancias, factores culturales o idiosincrasias, no me sorprende en
absoluto su preocupación. Porqué quizá la siguiente moda a importar del mismo
lugar sea la inyección letal o la silla eléctrica. Y con sus nuevos
antecedentes de peligrosidad social, apañado va el pobre hombre.
Parque Coimbra, octubre
de 2005