SPAIN IS DIFFERENT
Pedro de Paz
Escucho en la radio el siguiente titular: «Las autoridades rumanas multan a un grupo de turistas españoles por introducirse de madrugada de forma ilícita en el castillo del conde Drácula para montar una fiesta». Tras el inicial estupor, aflora a mis labios una leve mueca que pretende asemejarse a una sonrisa mientras pienso: «sólo podían ser españoles. Españoles fuera de España, obviamente».
Lo cierto es que somos un paisanaje de rasgos muy peculiares. Nuestra idiosincrasia, denostada por muchos, ha sido nuestra mayor enseña a lo largo de los tiempos. Siempre andamos a la gresca los unos con los otros, echándonos en cara nuestras miserias, marcando nuestras diferencias, debatiendo continuamente nuestros respectivos pareceres y sacando la albaceteña al menor quítame allá esas pajas pero, curiosamente, basta darnos un garbeo allende nuestras fronteras —lo del turista patrio en tierras nacionales también tiene su miga pero lo dejaremos para otra ocasión— para que afloren en nosotros una serie de características comunes, tan propias, tan nuestras que hasta sirven para identificarnos de forma inequívoca allá donde nos encontremos. Parece mentira. Tan diferentes y tan iguales. En el fondo, podría resumirse con el slogan de esa conocida marca de cervezas que afirma «Dónde va, triunfa». Al margen de los manidos estereotipos con los que todo turista que se precie viaja en la maleta, el caso del turista español adquiere una serie de matices añadidos que lo hace peculiar y, sobre todo, inmediatamente reconocible. Da lo mismo que nos encontremos en Londres, en Berlín o en Alaska. No es necesario que el susodicho pronuncie una sola palabra en nuestro idioma para poder identificarle como español. Si tienen ocasión, hagan la prueba y observen. Solemos ser los que ejercemos de eruditos sin tener ni puñetera idea en los museos de medio mundo, los que más bromeamos y jaleamos a voz en grito y sin el menor asomo de pudor en los lugares públicos, los que más vacilamos al autóctono del lugar y los que más tarde cerramos los bares, sea donde sea que nos encontremos.
Pero al margen de esta circunstancia, hay una cuestión en particular que nunca ha dejado de resultarme curiosa: a pesar de que, como comentaba antes, siempre hayamos sido un país de cainitas donde la envidia, la puñalada trapera por la espalda, el demérito y la zancadilla a los demás son deportes nacionales desde tiempos inmemoriales, basta que coincidamos con otros compatriotas en país ajeno para que todos esos recelos y rivalidades desaparezcan como por arte de magia dando paso a un inusitado y espontáneo compadreo. Como eso que decíamos de pequeños: «¡ojo!, a mi primo sólo le pego yo. Los demás, ni tocarlo». Y quizá pueda parecer un sentimiento común a muchas nacionalidades pero, insisto, el caso del turista español siempre me ha parecido realmente particular. En ningún otro ser suele darse ese extraño y curioso sentimiento de solidaridad extrafronteril que te hace aunarte con lazos casi consanguíneos al grito de «¡Ehpaña, Ehpaña!» a tipos a los que nunca has visto y a los que, probablemente, no volverás a ver en tu vida pero que parecen más tuyos, más próximos por el simple hecho de compartir contigo una nacionalidad fuera del territorio circunscrito a esa circunstancia. En España quizá no dudarías en mentarle a la madre si se te cruzase en un «Ceda el Paso». Pero fuera, no. Fuera es diferente. Fuera hacemos una especie de causa común contra el demonio foráneo y nos comportamos como verdaderos hermanos de sangre a los que nos bastaría un «a mí, la legión» para acudir en ayuda del compatriota necesitado y, con razón o sin ella –cual Credo Legionario—, compartir desdichas e infortunio. Y a veces me pregunto: ¿tanto nos costaría mantener ese mismo espíritu dentro de nuestras fronteras en lugar de andar a ostias todos los días? No es mala pregunta, no.
Parque Coimbra, mayo de 2006