SÓLO PARA ADULTOS

 

Pedro de Paz

 

Asisto perplejo a la lectura de un titular en prensa. «Las bragas impúdicas de Heidi». Pasados los primeros momentos de estupor, leo el contenido del artículo y me entero de que en Turquía han decidido censurar de las ilustraciones de algunos de los libros recomendados por el Ministerio de Educación la imagen del tierno dibujo animado al cual, durante sus alocadas carreras campestres, un soplo de aire levantaba su sayo mostrando brevemente la blanca e inmaculada prenda. No contentos con la iniciativa al parecer también han tomado la decisión de retocar la imagen de la abuela de Clara, la eterna amiga de Heidi, añadiendo a su vestimenta el preceptivo pañuelo islámico. La noticia aparece profusamente reseñada en bastantes medios y todos coinciden, con más o menos matices, en el mismo enfoque: «Turquía es un país que defiende con férreo, estricto y absurdo fanatismo la implantación de determinados valores morales».

 

Repuesto de la impresión, pocos días después tengo ocasión de leer un nuevo titular que me deja patidifuso. Uno no gana para sustos, oiga. Una nueva muestra de la férrea intransigencia de una sociedad arcaica y fanática que se escandaliza ante determinadas formas y maneras y que apela al civismo y a la protección de una serie de valores morales que deben ser defendidos bajo cualquier precepto y circunstancia: «Las dos primeras temporadas del programa infantil Barrio Sésamo han salido a la venta en DVD en Estados Unidos y lo han hecho con la calificación de “contenido para adultos” equiparando su exhibición al de las películas de violencia o sexo explícito». Al parecer, tras examinar de nuevo los primeros episodios de la serie, han llegado a la conclusión de que iban destinados a un público adulto (¿?) y que sus contenidos no responden a las necesidades educativas de los niños de hoy (¡!). Para más inri, se han excluido de la edición una serie de sketches en los que aparecía el popular Monstruo de las Galletas disertando sobre cultura mientras hacia uso del nefando vicio de fumarse una pipa que, posteriormente, devoraba con fruición. Las imágenes se han retirado de la edición porque «modelaban un comportamiento equivocado» al incitar a los niños a fumar en pipa y a comérsela (¡¡!!). Incidiendo sobre lo mismo, el comité evaluador también reprobó la actitud de determinados personajes como los conocidos por Epi y Blas aludiendo a lo «extraño e intimo de las circunstancias de su relación».

 

Y uno, que se ha criado sin ningún tipo de trauma —al menos conocido— mientras aprendía la diferencia entre cerca y lejos a través de las cabriolas de un felpudo azul con patas llamado Coco y que ha contemplado las desventuras de un erizo rosa llamado Espinete que se paseaba en pelota picada por su barrio pero que se ponía un pijama y un gorro para ir a dormir, no puede por menos que, ante tamaño despropósito, sonreír de soslayo primero y cabrearse después. Cabrearse mucho. Y por múltiples y variadas razones.

 

Porque al margen del férreo convencimiento de que estamos convirtiendo a los niños en auténticos gilipollas con tanta corrección política y tanto cogérsela con papel de fumar —cuestión que daría para otro intenso debate—, lo más llamativo de la cuestión resulta ser la escandalosa diferencia en cuanto al trato informativo se refiere. Mientras que la primera noticia se ha enarbolado como un estandarte contra la más pura intransigencia y fanatismo, la segunda apela al honesto tratamiento de los contenidos en los programas infantiles con el fin de salvaguardar a los tiernos niños de imágenes que pudiesen enturbiar su desarrollo convirtiéndolos en futuros enfermos mentales plagados de obsesiones y compulsiones. ¡Tócate los cojones, Maria Manuela! Y yo me pregunto, ¿quién es, ante esta tesitura, el autentico enfermo? Para mí, la respuesta resulta evidente. El delito no se encuentra tanto en el emisor del mensaje, ni tan siquiera en el propio mensaje, como en el receptor del mismo. Porque, a fuer de ser sinceros, la diferencia entre el mundo de los niños y la realidad de estos adultos salvapatrias es que donde los niños ven a Heidi o a Epi y Blas, los adultos sólo ven bragas y relaciones homosexuales. Y, obviamente, así nos luce el pelo.

 

¡Temblad, Gabi, Fofó, Miliki y Fofito! No os quepa la menor duda. Vosotros seréis los siguientes.

 

Parque Coimbra, diciembre de 2007