SÁNDWICHES Y MILAGROS
Pedro de Paz
Medio de comunicación
nacional, página par. Un titular reclama mi atención: «Una vidente estafa a
una mujer 4000 Euros». Leemos la noticia y entre sus líneas hallamos una
curiosa y reveladora frase: «...para librarla de un supuesto mal de ojo, la
vidente le pidió un ramo de flores, 1000 Euros y todas las joyas que poseyera.
Días después, la vidente, aduciendo la necesidad de fortalecer el conjuro, le
solicitó 3000 Euros más. La mujer cumplió a pies juntillas todas las peticiones...».
Justo dos páginas más adelante aparece en el mismo medio otra curiosa noticia:
«Un sándwich con la imagen de la virgen vale 21.500 Euros». Al detallar
la cuestión, la noticia comenta «...la propietaria, tras su descubrimiento,
observó que habían surgido en ella ciertos poderes sobrenaturales que antes no
tenía y que la permitieron ganar 53.000 Euros en el casino ...»
Ambas noticias serían
—y son— banales y estúpidas si no fuera por lo curioso que resulta observar la
difusa línea que separa al creyente del crédulo cuando de artificios se trata.
Comentando el caso de la «transmutación del sándwich» con un conocido
mío de arraigadas convicciones religiosas, incluso él no pudo evitar una
sonrisa irónica ante la superchería, cuestión que, incluso estando de acuerdo
con él, le reproché puesto que yo elevaba al mismo rango elementos como la Síndone
de Turín o la licuefacción de la sangre de San Pantaleón a lo que él me respondió
muy digno con un «por favor, cómo vas a comparar la Sabana Santa con un sándwich...».
Suena estúpido, ¿verdad?. Quizá no tanto.
En mi opinión, el
problema de las religiones no es tanto la creencia libre y personal del individuo
—loable y respetable siempre— como el denodado esfuerzo subyacente por
convertir dichas creencias en verdades universales que deben ser aceptadas de
forma categórica por todo el mundo. Los credos de cada uno son absolutamente
honorables siempre y cuando no se pretenda cometer la falacia de hacerlos pasar
por certezas. Por poner un mero ejemplo, yo no albergo ninguna animadversión
particular a aquellos que gustan de la astrología o de leer el horóscopo del
periódico y hacer de él su oráculo personal.
Lo que me molesta es que me lo traten de vender como si fuera la «autentica
verdad revelada» y tú seas poco menos que un iluso gilipollas que nunca
verá más allá de sus narices. Mi indignación surge cuando los exegetas,
apoyándose en sus particulares creencias, pretenden sentar cátedra e
instaurarlas como postulados infalibles e indiscutibles. Convertir la creencia
en axioma y hacer proselitismo salvaje de el.
Por otro lado, no
deja de resultarme curioso como muchos de los autodenominados «místicos»
pretenden equiparar sus dogmas a verdades científicas e indiscutibles cuando,
al margen de la propia paradoja —ya que si creo que Dios existe, seré un creyente
y si demuestro que Dios existe, seré un científico. Lo que es imposible,
impropio, absurdo y contradictorio es tratar de ser las dos cosas a un mismo
tiempo—, suelen aborrecer las más de las veces a la propia Ciencia y su insidiosa
(sic) costumbre de medir, cuantificar y demostrar cualquier aspecto. Y no deja
de ser curioso porque, sobre todo entre los propios creyentes, la Ciencia es
denostada una y otra vez argumentando que ésta es falible y que lo que es válido
hoy puede no serlo mañana ya que surgirá una teoría que invalidará la anterior.
Y esta afirmación suele enunciarse como ataque a la ciencia cuando es todo lo
contrario. El beneficio de la ciencia es que es capaz de rectificar y reconocer
que sus postulados puedan ser erróneos o inexactos y que los mismos pueden evolucionar
a la luz de nuevos datos y observaciones. Nunca han existido las certezas absolutas
y, sin embargo, las religiones se basan en dogmas que permanecen inamovibles
durante siglos, ajenos a avances sociales, culturales o tecnológicos, no dando
nunca margen al error o la retractación. ¿Cuál de los dos planteamientos es mas
inmovilista e intransigente? ¿Cuál de las dos posturas es aparentemente más
susceptible de mantener premisas erróneas? ¿Aquella que acepta sus errores y
los corrige o aquella que niega la simple posibilidad de estar equivocado?
Nunca deberíamos
darle mayor importancia a la razón de la fe que a mantener la fe en la razón
pero, tal y como las circunstancias se empeñan en constatar tan a menudo
últimamente, ¡que le vamos a hacer!. Tan sólo seguimos siendo humanos. Al
menos, un año más
Feliz año nuevo a
todos.
Alcorcón, enero de 2005