RELATIVISMOS
Pedro de Paz
Hoy he cumplido treinta y seis años.
Cuando esta mañana he asomado mi rostro al espejo, no he percibido en él nada de especial relevancia. Era el mismo rostro que vi ayer y era el mismo que, si Dios quiere, veré mañana. No había diferencia en él, nada ajeno a lo que he ido viendo a lo largo de todos los días de mi vida. O quizá sí. La imagen reflejada mostraba al mismo tipo malencarado y descreído de siempre pero, en esta ocasión, quizá me haya detenido a observar con mayor atención esas arrugas surcando el borde de mis ojos, esas canas cada vez más profusas en la barba… y, ocultas tras la mirada, las estrías del tiempo haciendo mella en mi alma. Es cierto. Lo confieso. Hoy quizá haya puesto un poco más de atención en esos pequeños detalles. Hoy quizá haya reflexionado algo más sobre lo que supone el confirmar que la vida no se detiene por nadie.
Y a pesar de ello, a pesar de constatar esa verdad, a pesar de estar casi seguro de haber rebasado con creces el punto medio de mi vida —ojalá me equivoque pero dudo muy mucho que consiga cumplir otros treinta y seis—, no he podido por menos que considerarme afortunado por haber llegado hasta este punto del trayecto y haberlo hecho con el equipaje que me acompaña. Creo que tengo sobrados motivos para pensar así. Porque, haciendo un somero balance, puedo concluir que he logrado alcanzar la mayor parte de las metas que me he propuesto. Y algunas de las que aún no he conseguido, están en vías de cumplirse. Afortunadamente para mí, eso es más de lo que muchos pueden decir.
Pero, obviamente, ninguno de los sueños cumplidos son los que imaginé cuando tenía doce, quince o veinte años menos... Es lo que tienen los sueños. Que son dinámicos. Van cambiando con el paso del tiempo. Van acomodándose y afianzándose en función de las circunstancias vitales de cada uno. Y es bueno que así sea. No hay nada más frustrante que un sueño incumplido. Siempre es preferible albergar en su lugar un sueño transmutado. Dicen que el tiempo templa los ánimos pero yo estoy más convencido de la veracidad de otro axioma: que el tiempo acaba poniendo cada cosa en su lugar. Con el paso del tiempo, la vida te muestra los distintos valores, los distintos matices de cada cuestión aunque, para apreciarlo, sea absolutamente necesario recorrer el viaje con paso propio sin que de nada sirva el que la gente que te estima, cargada con las mejores de las intenciones, trate de explicártelo, de enseñártelo o de mostrártelo con antelación a fin de evitarte las decepciones que el propio proceso conlleva.
Con el tiempo, hay tres verdades que he aprendido a valorar como si de dogmas infalibles se tratasen: que las resacas cada vez duran más, que las ilusiones cada vez duran menos y que la importancia de todas las cuestiones siempre es relativa. Lo que hoy es vital, mañana será accesorio. Lo que hoy es importante, mañana nos provocará la mayor de las indiferencias. Y, si bien, la percepción del tiempo es meramente subjetiva y es imposible evitar que los labios se te curven en una leve mueca irónica cuando tratas de rememorar lo que pensabas, lo que sentías o cuál era tu escala de valores y prioridades hace cinco, diez o quince años, el sarcasmo se vuelve amargo cuando descubres que tampoco ha transcurrido tanto tiempo desde que anhelabas esas vivencias, esos sueños. O quizá sí haya transcurrido tanto tiempo, sólo que éste ha avanzado muy deprisa.
A pesar de estar en disposición de asegurar a día de hoy que muchos de esos sueños eran simples quimeras, es ineludible sentir la traicionera punzada de la nostalgia ante su evocación. No me preocupa ni me asusta el paso del tiempo sin embargo, no puedo dejar de observar con añoranza todo aquello que ha quedado atrás, perdido durante el trayecto. Los viejos fantasmas, las ilusiones, los buenos momentos pasados, los amigos caídos a lo largo del camino. Todas aquellas circunstancias que hoy veo desde una perspectiva diferente pero de las que es inevitable recordar cómo las veía, cómo las sentía en aquel entonces. Hoy he cumplido treinta y seis años y, sinceramente, no me importa cumplir años, no me importa madurar, no me importa envejecer, pero aborrezco lo rápido que pasa la vida.
Parque Coimbra, octubre de 2005