¿RACISTAS? CLARO QUE NO

 

Pedro de Paz

 

Rashid es un adolescente vivaracho de ojos oscuros y piel morena. Escruta su entorno con una mirada a medias expectante, a medias temerosa. La situación en la que se encuentra es nueva y atípica para él. Ha sufrido una apendicitis, una circunstancia que no reviste excesiva gravedad pero que le obliga a permanecer ingresado una semana en el hospital. Durante ese tiempo, tanto su comportamiento como el de los familiares y amigos que le visitan es en todo momento intachable. Acatan sin dudar las decisiones facultativas, se dirigen al personal sanitario empleando las palabras por favor y gracias al principio y final de cada frase e incluso en una ocasión en la que el exceso de visitas formó un pequeño revuelo en la habitación, Rashid, por propia iniciativa, solicitó a sus visitantes que se fuesen turnando para subir a verle porque «aquello era un hospital y no debían molestar». Un comportamiento ejemplar muy poco frecuente en un ámbito como el de la sanidad pública donde los comentarios más suaves que suele recibir el personal del mismo es «atiéndeme, que para eso mis impuestos pagan tu sueldo». Tres días más tarde se produce otro ingreso. En esta ocasión se trata de un español de pura cepa, un cachorro estilo imperio de los que ya he tenido ocasión de hablar en estas mismas páginas en alguna ocasión. Las habitaciones del hospital están habilitadas para acoger a dos pacientes y al orgulloso patriota se le asigna la misma que ocupa Rashid, Se le conduce a su habitación y una vez en ella, tras comprobar la identidad de su compañero, el individuo tuerce el gesto componiendo una mueca de evidente desprecio. Minutos más tarde el individuo solicita al personal sanitario un traslado inmediato de habitación. Al serle requeridos los motivos de su solicitud, éste argumenta que no tiene porqué compartir habitación con un moraco. Cuando se le explica que el moraco en cuestión no es marroquí sino que proviene de Arabia Saudí y que desciende de una acaudalada familia de comerciantes árabes, el orgulloso ario, defensor de la pureza de la raza cambia de actitud y desiste de su inicial requerimiento retornando a su habitación con un semblante distinto. Durante el resto de días en los que compartieron estancia, la relación entre ellos fue incluso cordial. Y es que el petrodólar es el petrodólar.

 

En lo tocante a lo personal hay una situación que, desde mis tiempos de adolescente, suele ocurrirme de forma recurrente. El tono de mi piel —particularmente en época estival— es algo más oscuro que el de la media y mi perfil aguileño sumado a una larga melena que suelo lucir de forma habitual siempre han tendido a producir cierta confusión entre el personal. La más habitual es la de ser tomado por miembro de etnia gitana —sin que la situación nunca me haya incomodado, preocupado ni mucho menos, ofendido—. He comprobado en infinidad de ocasiones cómo, al dirigirme a alguien, éste se ponía en guardia, esperando que de un momento a otro fuese a hablarle de la «fregoneta», los «malacatones» o mentarle a sus muertos. En estas ocasiones, de las que la repetitiva experiencia me ha hecho plenamente consciente, yo suelo disfrutar empleando con mi interlocutor maneras exquisitas y corteses, las más de las que soy capaz y esta actitud suele dejarles desarmados y confusos. Lo curioso del asunto es que su conclusión final —me consta— no es deducir que yo no sea gitano sino que, por el contrario, lo que mi interlocutor termina suponiendo es que se encuentra ante un gitano ilustrado, con estudios. E invariablemente, su actitud hacia mí  da un giro de 180 grados.

 

Siempre lo he dicho. Salvo casos puntuales y casi patológicos —que los hay—, nunca hemos sido un país de auténticos racistas y xenófobos, sino un país de clasistas, envidiosos e cabrones de mucho cuidado. Baste que el negro de color provenga de Washington en lugar de Senegal o el árabe provenga de Dubai en lugar de Marruecos para que nos olvidemos de prejuicios sociales, mandemos a tomar por culo el racismo, la xenofobia y se nos haga el culo gaseosa entregando con gusto y una sonrisa en la boca lo que en otras circunstancias les negaríamos: nuestra atención, una sonrisa, las costas de Marbella, las mejores plazas hoteleras y, llegado el caso, la mujer si hiciese falta y el precio es adecuado. Si el inmigrante de oscura piel llega a nuestro país en patera, es un negro de mierda pero si llega fichado por un club de fútbol, aunque su piel sea de idéntico tono, se convierte en ídolo de multitudes y su nombre es coreado todos los domingos en los estadios.

 

Mi conclusión es que no solemos menospreciar el color de la piel sino que asociamos el color de esa piel a determinadas realidades sociales que, por puro clasismo, insisto, provocan nuestro desprecio. Y esa circunstancia me termina confirmando que, digan lo que digan, no somos un país de racistas. Lo que somos es un país de hipócritas.

 

Parque Coimbra, junio de 2006