¿QUÉ DEBERÍA TEMER EL QUE NADA QUE TEMER TIENE?
Pedro de Paz
Desde hace unas pocas semanas soy el flamante propietario de un DNI electrónico, el nuevo modelo de documento nacional de identidad que sustituirá de forma gradual al vigente. El invento, sin impresionarme demasiado, no deja de resultarme curioso. Diseñado aplicando las más avanzadas técnicas antifalsificación contiene, además de los datos de filiación personal habituales, un microchip que alberga información complementaria: una imagen digitalizada de nuestra foto y firma, información biométrica básica (la huella dactilar de nuestros índices) y una firma digital más un certificado que nos permitirá llevar a cabo con una cierta seguridad operaciones telemáticas que requieran de nuestra autentificación. Las ciencias adelantan que es una barbaridad que decía Don Hilarión. Estoy que no quepo en mí mismo de gozo.
Sin embargo, como en toda innovación que se precie, su puesta en marcha no ha estado exenta de polémica. En diversos foros y ámbitos, la implantación del nuevo modelo de documento ha generado un cierto rechazo sustentado básicamente en dos argumentos. Por un lado, se critica la posibilidad de que cualquiera, por medio de alguna avezada trampa tecnológica, consiga romper las barreras de seguridad criptográfica, generar un duplicado del contenido electrónico del documento y usurpar, a efectos telemáticos, tu identidad. Al margen de que, inevitablemente, la seguridad de todo sistema tecnológico o informático es violable por definición —el matiz consiste en evaluar si es factible y rentable aplicar el tiempo y los recursos necesarios para hacerlo—, este planteamiento resulta absolutamente pueril. Al fin y al cabo, el riesgo no deja de ser mayor o menor que el existente en la actualidad y que se reduce a que alguien falsifique nuestro DNI y se dedique a ir por ahí imitando nuestra firma. Ocurre en la actualidad, en multitud de estafas, sin tanta zarandaja tecnológica y para hacerlo no se requiere más que un motivo —habitualmente crematístico— y un mínimo esfuerzo. El riesgo de usurpación de identidad siempre ha estado ahí y no precisamente derivado del hecho de que poseamos un documento electrónico o no.
El otro motivo de rechazo resulta un poco más peculiar y sujeto a un debate algo más profundo. Los detractores del nuevo documento aluden a la posibilidad de que, a través de esta nueva tecnología, los límites que las leyes imprimen a nuestros derechos a la privacidad y a la intimidad puedan difuminarse un poco más de lo deseable. Que a través de esta tecnología quepa la posibilidad de tenernos más vigilados, más controlados. The Big Brother Is Watching You. Porque muchas de estas personas asumen que el DNI es un documento cuya principal misión es el mantenernos fichados y controlados obviando la autentica utilidad del mismo: poder acreditar, en caso necesario, nuestra identidad de forma fidedigna y con ciertas garantías. Al margen de lo absurdo e irracional del planteamiento —si de estar controlados se trata, ya estamos fichados por decenas de organismos públicos y privados, desde la tesorería de la seguridad social hasta el emisor de nuestras tarjetas de crédito pasando por los puestos de peaje de una autopista (que identifican a través número de matrícula de nuestro vehiculo por dónde y cuándo pasamos) o el torno del metro en el que introducimos nuestro abono de transporte. A día de hoy es materialmente imposible «dar un paso» personal o burocrático sin dejar un evidente rastro— y en contra de lo que sostienen algunos conspiranoicos, el microchip alojado en el documento contiene exclusivamente la codificación de nuestros datos de filiación habituales, unos pocos datos biométricos (foto, huellas dactilares y firma digitalizadas) y la firma digital. No contiene —me consta de forma fehaciente. Obviemos el motivo de dicha constancia— datos fiscales, laborales, sociales, políticos, ideológicos, familiares, médicos o penales. Que no digo que en un futuro no pudiese contenerlos pero esa es otra cuestión. El microchip es poco más que la copia en formato digital de la misma información impresa en la superficie del documento y para hacer uso de la misma debemos hacer entrega efectiva y voluntaria del soporte. ¿En que punto del proceso se encuentra el férreo control al que, según algunos, tratan de someternos? ¿Alguien en su sano juicio acusaría de «mezquino intento de control» el hecho de que las tarjetas de crédito contengan codificada en su banda magnética la misma información que aparece en su anverso? Como en muchas otras cuestiones de actualidad, mucho tertuliano de baratillo es lo que hay.
En cualquier caso, al hilo de esta cuestión, me ha sucedido recientemente un hecho anecdótico que no deja de resultar significativo respecto al asunto del control y las perspectivas bajo las que cada uno evalúa el asunto. Hace unos días entregué mi tarjeta de crédito en un establecimiento para abonar unas compras. Como tengo por costumbre, entregué también el DNI para que comprobasen mi identidad. La dependienta, una mujer de origen extranjero, miró el documento con extrañeza y un mohín de suspicacia. Resultaba evidente que era el primero que veía de esas características. Alternaba la mirada entre el documento, que observaba con autentica curiosidad, y mi rostro. Finalmente preguntó:
—¿Es el nuevo DNI?
—Sí, en efecto.
—¿Y qué tiene de nuevo?
—Bueno, tiene un chip electrónico —le indiqué señalando el cuadradito dorado de su anverso— que contiene información codificada. La huella dactilar, una copia de la foto... y permite hacer operaciones por Internet con cierta seguridad. Poco más.
—¿Y todos los datos están dentro del chip?
—Así es.
Ante su suspicaz mirada y previendo el inicio de una diatriba sobre el famoso control gubernamental —su evidente origen foráneo me hizo suponerla más sensible a la cuestión—, un debate al que no tenía la menor intención de entrar al trapo, me anticipé a afirmarle lo que yo suponía que ella estaba deseando escuchar.
—Ya sabe. La cosa de tenernos más controlados. Los políticos, que ya no saben que inventar.
Ante mi sorpresa, la mujer frunció el ceño en un gesto que yo interpreté como un crudo reproche a mi afirmación.
—Por supuesto. Y me parece muy bien —replicó ella—. Yo me sentiría mucho más segura si nos controlasen, no más pero sí mejor. Mis hijos van con miedo al instituto. Hace dos semanas atracaron a mi suegro a las doce de la mañana en mitad de la calle. Si esto se convierte en un medio más para evitarlo, bienvenido sea. Sólo los sinvergüenzas que tienen algo que ocultar son los que tienen miedo a que se los vigile.
Sonreí con estupor ante la simpleza del argumento. Pero, sobre todo, ante su contundencia. No es que estuviese de acuerdo en todos los matices pero, en ese momento, no pude por menos que concederle la razón. Quizá aquellos que albergan tanto rechazo a ser controlados sea porque merezcan serlo. Porque sus intenciones no sean todo lo honrosas que debieran. Porque, al fin y al cabo, ¿qué debería temer el que nada que temer tiene?
Parque Coimbra, noviembre de 2007