PERPLEJIDAD Y ESTUPOR
Pedro de Paz
Perplejidad y estupor. Esas son las dos primeras palabras que me asaltan tras contemplar en los medios de comunicación la triste y lamentable cobertura informativa llevada a cabo a raíz de los recientes sucesos ocurridos en Alcorcon, comenzando por ciertos periodistas y sus visiones partidistas y partidarias, continuando por el inefable —casi tanto como su predecesor, el señor Zuñiga— alcalde de la localidad, el señor Cascallana, muy acostumbrado a mirar para otro lado cuando surgen problemas y luego lamentarse por no haberlos podido evitar a tiempo y terminando por la Delegación del Gobierno con Soledad Mestre a la cabeza, a la que el dicho popular «oír campanas y no saber dónde» le viene que ni pintado.
Residí durante 29 años en Alcorcon —mi casa estaba ubicada en la calle de La Luna, la misma en la que se originaron los primeros incidentes—. Gran parte de mi familia, tanto natural como política, aún reside en Alcorcon. Me crié en sus calles y aprendí en sus barrios a ser lo poco o mucho que a día de hoy soy y esa es una circunstancia que siempre he lucido con orgullo. Y creo que conozco el carácter y la idiosincrasia de mis antiguos convecinos lo suficiente como para apuntar un par de matices al respecto.
Postulado: «…Tras los incidentes de tintes xenófobos ocurridos en la localidad madrileña de Alcorcón…». Réplica: falso. Alcorcon, en su conjunto, no es racista. Nunca lo ha sido y, probablemente, nunca lo será. El grueso de su población lo componen miles de descendientes de inmigrantes que llegaron de todos los rincones con su propia ciencia, conciencia y matices a cuestas. Somos hijos de mil culturas diferentes con todo lo que ello conlleva y la coexistencia en la localidad no siempre ha sido modélica pero sí armónica. Conocemos perfectamente el significado de la palabra convivencia. Salvo la nefasta intervención de elementos puntuales —que de todo hay en la viña del Señor—, la raíz de este asunto no se cimenta en el racismo ni la xenofobia sino en otra cuestión bien distinta. Se trata de luchar contra la delincuencia, tenga el origen que tenga, y no de esgrimir argumentos contra la inmigración ni el inmigrante. Conozco a mis paisanos y conozco el percal. Dicho por lo directo: si alguien viene a tocar los huevos al barrio, da igual que sea ecuatoriano, senegalés, de Parla o del barrio de Salamanca. O incluso, del propio Alcorcón. En esos casos, los vecinos suelen responder de forma contundente teniendo en cuenta que quien tiene que hacerlo con la ley en la mano, hace tiempo que se abstuvo en su cometido. Otra cuestión aparte es que, a río revuelto y en medio del tumulto, surjan una serie de indeseables que, pretendiendo ejercer de redentores de esta España «consumida por el invasor extranjero», aprovechen la ocasión para lanzar sus propias consignas. Unas consignas que el pueblo de Alcorcon ni comparte ni comulga con ellas. Y sólo falta además que, al lío, se le una la prensa desinformada que da cobertura y cancha mediática a esos indeseables en aras de un insidioso amarillismo mucho más vendible.
Postulado: «Nunca había ocurrido nada igual en Alcorcon. Históricamente siempre hemos sido una ciudad de trayectoria pacífica». Réplica: falso. El que afirma algo así o no es de Alcorcon o tiene mala memoria o miente o no tiene ni idea de lo que habla. Desde hace un tiempo, la convivencia en Alcorcon —salvo altercados puntuales— resulta razonable y adecuada pero los vecinos de mi generación recordarán sin lugar a dudas las aventuras y desventuras de la banda de El Longo —cuyos integrantes presuntamente secuestraron y mataron a una niña de tres años para terminar abandonando su cuerpo en una alcantarilla. Ahí están las hemerotecas—, el Marcelino, el Pinky, el Indio, el Indígena, Vicen El Chero —que según tengo entendido falleció cuando, al tratar de huir de las fuerzas de seguridad, saltó a las vías del tren y lo arrolló un convoy de cercanías—, el Viñas —fallecido en la antigua y ruinosa fábrica de ladrillos cuando trataba de desmontar las vigas de hierro para venderlas al peso y se le vino el tejado encima—, el Orchaita… elementos y bandas que trataban de imponer su ley en Alcorcon a finales de los setenta y principios de los ochenta. Gente de mucho cuidado a la que primero se aprendió a esquivar y después, a combatir y tratar de erradicar. Sé de lo que hablo. No eran inmigrantes. Eran delincuentes. No eran de fuera. Eran de aquí. Y conozco lo que supone el que no te quede otra alternativa que sacar fuera el orgullo de barrio y, como se dice vulgarmente, «poner los cojones sobre la mesa». De parte de aquellos polvos vienen parte de estos lodos. No disculpo la actitud del violento ni del que hace apología de la violencia por sistema. Nunca lo he hecho. Pero tengo memoria, conozco el precedente y sé lo que es tener que emplear la rabia y la frustración cuando no queda otra arma con la que combatir a desaprensivos y sinvergüenzas, sean de donde sean y vengan de donde vengan.
Con todo ello, no estoy justificando los incidentes. Estoy diciendo que intuyo su origen porque reconozco los antecedentes. Y, dejando a un lado la legitimidad del uso de la violencia como forma de resolución de determinados conflictos, estoy seguro de que fueron esas y no otras las razones que movieron a la población de Alcorcon, con mayor o menor razón, a echarse a la calle. Solventar un viejo problema de la misma forma en la que ya lo habían hecho en otras ocasiones y tratar de recuperar lo que sienten que es suyo y de sus conciudadanos, sus calles, enfrentándose para ello, sin tener en cuenta ni su origen ni su destino, a violentos que medraban a sus anchas en la localidad. Más de la misma y vieja historia. Ni racismo ni gaitas. Declaraciones de ese cariz no son más que paparruchas, brindis al sol y argumentos de cuatro descerebrados con ánimo de cosechar en beneficio propio.
Pero, por otro lado y siendo malicioso, no puedo evitar preguntarme de dónde surge el insistente interés en determinar que el incidente posee un cariz xenófobo y no se trata del problema de una delincuencia y unas bandas que, según los estamentos oficiales, no existen en Alcorcón. Y, sobre todo, me pregunto a quién beneficia dicha tesitura. Y la única respuesta que acierto a encontrar no me gusta un pelo. Si se postula que el origen del incidente es de carácter racista, resulta indudable que la responsabilidad del mismo recaería sobre el vecino de Alcorcón quien, con su actitud, su intransigencia y sus sentimientos discriminatorios, habría propiciado este tipo de actos sin embargo, si se postula que su autentico origen está en la delincuencia latente en la localidad, la responsabilidad correspondería sin duda al consistorio y al equipo de gobierno, cuya labor resulta tan ineficaz cuando se trata de poner los medios adecuados para atajarla, combatirla y erradicarla. Y en aras del extendido rito de «echar balones fuera» que suele imperar entre nuestra clase política, no me cabe la menor duda de a quién beneficia la propalación de determinadas teorías. Así que no me vengan con milongas. Todos, a estas alturas del partido, sabemos ya cómo funciona esto.
Parque Coimbra, febrero de 2007
HEMEROTECA
* Niña de tres años, secuestrada en Alcorcón (El País, 04/08/1979)
* Fuerte tensión en Alcorcón, tras el hallazgo del cadáver de la niña secuestrada (El País, 05/08/1979) – “[…] En la tarde del viernes, a última hora, se produjo una manifestación espontánea, en la que participaron varios centenares de vecinos, pidiendo mayor vigilancia policial para Alcorcón. Los vecinos cortaron el tráfico de la carretera nacional y apedrearon algunos vehículos, siendo disueltos por la policía. Se produjeron varios heridos. […]”
* Detenido otro presunto culpable de la muerte de Inmaculada Fernández (El País, 07/08/1979) – “[…] Según informó EL PAÍS, el suceso se tradujo en una gran conmoción popular; el viernes, varios miles de personas se congregaron en Alcorcón con el propósito de linchar a los culpables, y en el curso de los incidentes intervino la policía. […]”
* Vecinos de Alcorcón solicitan una policía de barrio (El País, 11/08/1979)
* Esclarecido por completo el secuestro y asesinato de Inmaculada Fernández (El País, 11/08/1979)
* Tres jóvenes mueren al derrumbarse la techumbre de una fábrica abandonada (El País, 27/06/1985)
* La 'Partida de la porra' (El País, 06/10/1994) – “[…] Las patrullas vecinales surgieron con fuerza a finales de los setenta, ante un incremento de la delincuencia ligada a las drogas. A finales de 1979, las ciudades que forman el cinturón sur de Madrid -Alcorcón, Leganés, Móstoles, Fuenlabrada, Parla...- asistieron a una reacción ciudadana ante la delincuencia. […]”
* Vecinos de Alcorcón, contra los drogadictos del cementerio viejo (El País, 26/01/1997)
* Protesta contra la delincuencia en el paseo de Extremadura (El País, 07/03/1998) – “[…] Unos 300 vecinos cortaron a las ocho de la noche de ayer, en plena hora punta, el paseo de Extremadura en protesta por los delitos que sufre la zona. El detonante de la manifestación fue, según la policía, el violento tirón sufrido por una mujer una hora antes en la calle de Guadarrama. A causa del robo, la víctima tuvo que ser ingresada en el hospital Clínico. […]”