MEMENTO
Pedro de Paz
Existen ocasiones en las que, sin motivo aparente, uno se vuelve particularmente sensitivo a ciertos recuerdos y es capaz de evocarlos de una forma más vívida, más sincera, más cercana. Son ocasiones en las que percibimos a flor de piel vivencias lejanas en el tiempo y sentimos cómo éstas, sin venir a cuento, revolotean a nuestro alrededor para acabar por incrustarse en nuestra conciencia tejiendo alrededor de ella una espesa tela de araña ardua de traspasar.
Durante esas ocasiones, decenas de situaciones pasadas, muchas de ellas intrascendentes pero poseedoras del poso necesario para que permanezcan de forma indeleble en nuestra memoria, retornan para asaltar nuestro subconsciente y enredarse de forma tenaz entre los flecos de nuestro ánimo. A través de ellas evocamos actos pretéritos, experiencias olvidadas, personas ausentes que brotan de su arcano escondrijo para devolvernos por un instante una sonrisa, la calidez de una emoción o el valor de un precepto perdido. Son apreciados equipajes que solemos atesorar con avidez en el limbo de esa sutil y tramposa máquina del tiempo que es nuestra memoria.
La paradoja surge cuando esos etéreos instantes no cubren el vacío de nuestra soledad sino que regresan para hacerla aún más profunda, más visceral. En esas ocasiones sentimos que, al contrario de lo esperado, el recuerdo no conforta como debiera sino que hiere con saña y lo que en principio debería ser un acto satisfactorio termina por trocarse en amarga experiencia. Porque el placentero acto de evocar conlleva oculto un matiz sinuoso y artero que de forma invariable termina por desarmarnos. La desolación hace acto de presencia porque el recuerdo conlleva consigo la indefectible fatalidad que supone la pérdida que tratamos de suplir con él. Nuestra desamparo proviene de la imposibilidad de volver a ser lo ya sido, de la incapacidad de resucitar, aunque sólo fuese por un momento, esa vivencia anclada en el fondo de nuestra alma, de la inviabilidad de revisitar, aunque sólo fuese por un instante, ese fugaz destello que en su día iluminó nuestro corazón. Y es cierto que quizá podamos ser fugazmente felices durante su remembranza pero, tras esos momentos de sublimación en los que tratamos de recrear lo que fuimos o tuvimos, nuestra lucidez siempre termina por hacernos llegar, de forma invariable, la fatal constancia de que los recuerdos no regresan para llenarte, sino que, por el contrario, son las ausencias delatadas por esos recuerdos las que terminan por dejarte desapaciblemente vacío.
Porque —y de ahí su cruel incongruencia— el inmenso poder del recuerdo siempre radicará en la férrea añoranza del motivo evocado y el de ésta, en el sufrimiento provocado por la ausencia.
Y así, el recuerdo del amigo ausente tratará de compensar su desaparición; el recuerdo de la experiencia feliz tratará de reemplazar la desdicha actual; el recuerdo de la honra pasada tratara de permutar la indignidad presente. Pero resultará del todo vano el tratar de suplir carencias con recuerdos de la misma manera que lo es revivirlos con el fin de obtener de nuevo lo perdido. Y aun a pesar de ello, siempre terminamos por aferrarnos como náufragos a la única tabla accesible y recurrimos una y otra vez al bálsamo de ese triste remedo que resulta ser la evocación de un eco del pasado. Y caemos en la eterna trampa que siempre residirá en que, a cambio de tan fatua satisfacción, entregamos en pago una aflicción mayor y, con ello, terminamos por sumergirnos en un estúpido círculo vicioso. Porque siempre necesitaremos del recuerdo para olvidar nuestro dolor pero, a cambio, tan sólo obtendremos la desolación de la falta, una amargura que para ser restañada necesitará ser diluida en más recuerdos que a su vez volverán a provocarnos un dolor mayor aún.
Existen ocasiones en los que, sin motivo aparente, el pasado parece regresar para cobrarse viejas deudas. Hoy ha resultado ser una de esas ocasiones.
Parque Coimbra, enero de 2008