LOS OJOS DE SANDRA
Pedro de Paz
Siempre he mantenido
una firme creencia —considero que ampliamente compartida—: los animales son,
por norma general, más dignos que las personas. O al menos tienen la fortuna de
verse libres de muchas de las maldades y vicios de los que adolecen estas. De
entre todos ellos, prefiero con diferencia al perro. Siempre me ha maravillado
la sorprendente capacidad que tienen estos animales para sacar lo mejor y lo
peor de cada uno de nosotros. La honestidad y fidelidad de su carácter —que
algunos confunden con sumisión— les imprime un sello de nobleza difícil de
hallar en los seres humanos. Son capaces de dormir en la fría tierra, pasar
penurias e incluso jugarse la vida sólo por satisfacer a la persona con la que
conviven. Lo dan todo por mera lealtad, sin esperar nada a cambio y ese es, por
desgracia, un obsoleto valor realmente escaso hoy en día.
«La grandeza de
una nación y su progreso moral pueden ser juzgados por la forma en que son
tratados sus animales». El recuerdo de esta frase, atribuida a Gandhi,
brotó en mi cabeza hace unas semanas cuando leí en un diario una insólita reseña.
Según la misma, en un pueblo de Bulgaria llamado Brodilovo se practica todos
los años una curiosa costumbre local: el «trichane na kuche» o «giro
del perro». El tradicional rito consiste en suspender en el aire a un perro
atando su cuerpo a un arnés especial fabricado con dos cuerdas retorcidas. Al
soltarlas, las cuerdas se desenrollan haciendo que el perro gire vertiginosamente.
La creencia popular afirma que cuantos más excrementos arroje y disperse el can
en su giro, más prospero será el año venidero. Prospero para todos menos para
el perro, presupongo. Lo primero que se me ocurrió mientras leía la noticia fue
«pues podían establecer un rito para medir la fertilidad de los habitantes y
colgarse ellos por los huevos». Podría ser un evento interesante, curioso y
quizá hasta atraería a miles de turistas que sacarían fotos a tutiplén y
comprarían llaveros conmemorativos del acto, permitiendo de paso sanear la
economía local. Un negocio redondo. Además, en la reseña que mostraba el diario,
se podía ver una foto de la cruel ceremonia. En ella aparecía la imagen de un
perro suspendido en el aire y girando velozmente. La faz del animal estaba congestionada
y descompuesta por el terror. Y esa imagen trajo hasta mí el recuerdo de
fantasmas pasados.
Se llamaba Sandra.
Era una hembra de pastor alemán sin pureza de raza ni pedigrí a la que recogimos
de la calle. Un autentico terremoto incapaz de estarse quieta siquiera dos
segundos. Traviesa y vivaracha, recuerdo cómo, al vernos aparecer, levantaba
sus respingonas orejas y brincaba a nuestro alrededor con júbilo desmedido
aunque tan sólo hiciera diez minutos que nos hubiésemos marchado. Recuerdo que
me encantaba tumbarme en el césped muy quieto y hacerme el muerto para que ella
se acercara lentamente, me olisqueara y tratara de «revivirme» a base de
suaves e insistentes lametazos en la cara. Recuerdo cómo se echaba a mi lado
para que le rascase el cuello a lo largo de tardes enteras. Sólo adolecía de un
defecto provocado por su carácter inquieto y aventurero, alentado seguramente
por su origen vagabundo: en cuanto la perdíamos de vista, le encantaba
escaparse y deambular durante horas por las calles de la urbanización. Recuerdo
cómo nos causaba mucha inquietud su ausencia, sobre todo las tardes en que se
retrasaba en exceso de sus excursiones clandestinas. Pero, al final, volvía.
Siempre volvía. Invariablemente volvía. Volvió incluso el día que un hijo de
puta desaprensivo la dejó abandonada tras atropellarla con su coche.
Tenía el espinazo
partido y los cuartos traseros completamente destrozados y, aun así, fue capaz
de regresar a casa, arrastrándose desde Dios sabría dónde. Recuerdo sus
aterrados ojos, grandes y marrones, clavados en los míos cuando la encontramos
a las puertas de casa. Unos ojos que evidenciaban súplica, culpabilidad e
incredulidad a un tiempo. Lamía mis manos suavemente en busca de una caricia,
un alivio para su tremendo dolor. Me miraba lánguidamente preguntándome en
silencio «¿Por qué?» pero yo no fui capaz de darle respuestas. Lo único
que hice fue tratar de ofrecerle algún consuelo. Estuve todo el día junto a
ella. Revisamos sus tremendas heridas y la triste conclusión fue que, aun en el
improbable caso de que sanara, Sandra quedaría gravemente inválida. Un animal
acostumbrado a vagar libremente, a correr por el campo, a comerse el mundo a
bocados, postrado para el resto de sus días. La decisión tomada fue cruel y
drástica pero creo que necesaria. O quizá me equivocara. No lo sé. La cuestión
es que no me separé ni un instante de su lado hasta que llegó el momento de
sacrificarla pero, en el momento en que la subían en una vieja carretilla para
llevársela, el animal me miró con sus grandes y asustados ojos por última vez y
me vine abajo. No pude. Fui incapaz de estar con ella en su último viaje. Me
encerré en casa y lloré con amargura durante horas.
De eso hace ya veinte
años y desde entonces no he sido capaz de volver a hacerme acompañar —no digo tener,
comprar o poseer. Creo que la cuestión es mucho más profunda que
una mera transacción mercantil— por un perro. He estado tentado de hacerlo en
numerosas ocasiones pero finalmente he desistido de ello. Me he autojustificado
cientos de veces, razonándome a mi mismo lo incómodo que resulta mantener una
mascota y la esclavitud de las obligaciones que ello conlleva. Siempre he
tratado de minimizar, de trivializar mis sentimientos restándoles importancia y
ocultándolos bajo una coraza que no pudiera ser traspasada. Y creo que, con el
tiempo, he acabado consiguiéndolo. Sólo que, de cuando en cuando, en las
ocasiones en las que surge una noticia como la de Brodilovo o la de algún otro
bastardo demente que cuelga de un árbol a su perro porque ya es viejo, no le es
de utilidad o lo estorba, siento cómo algo se rompe dentro de mí y se me
enciende la sangre. No puedo evitar el maldecir a esos cabrones cientos de
veces y, en el fondo, envidiar su infinita suerte. Y digo suerte porque estoy
más que seguro que esos malnacidos no se han visto jamás en el trance de tener
que sostener la mirada de los ojos de Sandra.
Alcorcón, Abril de 2005