LA MUJER DEL CÉSAR

 

Pedro de Paz

 

En más de una ocasión he manifestado en estas páginas los motivos que me impulsan a escribir, a inventar historias y tratar de darles salida en forma de textos escritos. Uno de ellos suele ser recurrente: el placer de saberte leído, el placer de comprobar que otros disfrutan, se emocionan, sufren, ríen o se revuelven descubriendo el universo que yo haya sido capaz de crear, con mayor o menor fortuna, partiendo de la nada. Esa sensación, lo aseguro, resulta de lo más gratificante.

 

Una vez que uno asume que escribe para ser leído públicamente  —nada de mundos íntimos, autores malditos, riqueza interior que provoca el volcar tus sentimientos y convertirlos en palabras y todas esas zarandajas— las alternativas que se presentan para llevar a buen puerto dicho propósito son varias. Y la mayoría de ellas, inescrutables. Se puede comenzar por enviar tus textos a una —o varias— editoriales a fin de que los evalúen y decidan si merecen ser publicados. Este método sugiero que se acompañe con cirios de metro y medio y novenas a Santa Rita aunque me temo que, por mucho esfuerzo esotérico que se emplee, el resultado va a terminar siendo el mismo. Otra posible vía es tratar de recabar los servicios de un agente literario, que suelen ser más accesibles y dotar al licitante de mayores oportunidades pero tampoco es un camino fácil ya que un agente, aunque bienintencionado, es a grandes rasgos un comercial que trata de vender «tu producto» y, al tiempo, vivir de ello, por lo que, aunque accesibles, también suelen ser bastante selectivos por una mera cuestión de «rendimiento empresarial». Otra alternativa es tener la suerte de conocer al primo del amigo del portero del peluquero de alguien consolidado en el ámbito literario. En esta vida es importante tener amigos hasta en el infierno y, a veces, esa circunstancia hasta da buen resultado. Y por último existe la vía más recurrida por los autores noveles: los concursos literarios.

 

Este último sistema, en su razonamiento teórico, sería el ideal. Nos permitiría evaluar nuestras posibilidades frente a los textos de otros contendientes con las mismas o similares ambiciones intelectuales y conocer si nuestros escritos son capaces de conmover, de una u otra manera, a un grupo de personas que bajo la denominación de «jurado» se les presupone versados en cuestiones literarias. Y recalco lo de su «razonamiento teórico» porque, en la práctica, el sistema, al menos en España, resulta un desastre. A muy pocos en este país les interesa de verdad la promoción de cuestiones culturales y los certámenes literarios son, en realidad, la excusa perfecta para otros fines muy distintos: lo que de verdad importa es «salir en la foto». Hay casos paradigmáticos de esto. Por poner un ejemplo típico y tópico, el concejal de cultura de cualquier municipio que convoca certámenes a diestro y siniestro porque cuando la convocatoria se presenta a los medios queda muy mono, muy cultural, muy estupendo y muy encantado de haberse conocido pero que cuando el rebufo y el oropel se deshinchan, pasan olímpicamente del certamen, de los concursantes, de los premios y hasta de fallar la convocatoria. También suele ser muy nombrado en los mentideros literarios el caso de certámenes cuyos fallos, por múltiples y variadas razones —casi siempre de índole pecuniaria— suelen estar «inspirados por la iluminación divina». Éste suele ser un juego bastante peligroso porque la imagen pública que dan esos premios «de inspiración divina» causa un gran detrimento a los certámenes dignos y honrados, que me consta que los hay, incluso entre algunos de los más populares. Pero, por desgracia, también me consta fehacientemente que existen concursos poco decorosos.

 

Con esto no estoy reinventando la rueda ni redescubriendo la pólvora sino poniendo de manifiesto lo que es un secreto a voces. Desde certámenes «muchimillonarios» preacordados con dos ediciones de antelación hasta el curioso recorrido de un afamado —cada vez menos— y reputado —cada vez menos— certamen madrileño cuya trayectoria, si se estudia con cierto detalle, resulta de lo más curiosa: en las últimas cinco ó seis convocatorias descubriremos con sorpresa —o no— como el individuo que fuera miembro del jurado durante una edición concreta acaba siendo ganador de la siguiente edición con el beneplácito de un comité que, entre sus filas, cuenta con el ganador de la edición que él mismo premió siendo jurado. Estupendo trabalenguas. Dicho en fino, esta circunstancia recibe el nombre de «endogamia literaria». En mi barrio, a estas cosas se les llama de otra manera. Más tosca pero más precisa. Y luego cuando, por uno u otro motivo, estas componendas acaban saliendo a la luz, todo son manos a la cabeza, lamentaciones, «por favor, ¿cómo se puede pensar qué…?», «¿cómo se osa dudar de…?» y montaje de escenitas varias. Pero nunca se acuerdan de que la mujer del César no sólo debe ser casta; también tiene que parecerlo. Y en este patio de Monipodio, nadie se esfuerza siquiera en parecerlo.

 

Alcorcón, mayo de 2005