LADRAN, LUEGO CABALGAMOS
Pedro de Paz
Cuando decidí
iniciarme en el hermoso arte de narrar historias, lo hice movido básicamente
por una inspiración, un desafío que desde siempre había provocado en mí una
honda fascinación: el ser capaz, partiendo de la nada y disponiendo únicamente
de tus propios medios, de crear y recrear situaciones que consiguieran disparar
emociones y sentimientos en los demás. Poder llegar al interior más profundo de
alguien utilizando tan sólo el poder de tus palabras, de tus fabulaciones y sueños.
Esa virtud me parecía —y me sigue pareciendo— mágica y hace que venere con
autentica devoción a todo aquel que la posee. El alcanzar ese status suponía
para mí una meta impracticable y aun así, un buen día, decidí aceptar el reto:
averiguar si yo era capaz siquiera de rozar ese don. Y en ello andamos todavía.
Una vez tomada la
decisión de internarme en esa sinuosa senda, me planteé asimismo otra determinación:
volcar mis esfuerzos en tratar de compartir con todo aquel que lo deseara, esa sublimación
de sentimientos que provocan los textos literarios, tanto para el que los
escribe como para el que los lee. Puesto que para mí, la autentica magia de una
narración es la amalgama de emociones que es capaz de despertar en un lector,
el paso obvio, el camino lógico para lograr la meta trazada era emplear todos
los medios posibles para dar a conocer lo escrito. Jamás he tratado de ir por
la vida de «autor maldito» que escribe de forma intimista, sólo para sí y que
goza con la actividad de crear por sí misma. Yo necesito compartir con los
demás lo que hago, lo que plasmo en un papel, para sentirme completo. Y también
en ello andamos todavía.
Lo que jamás imaginé
—ni en mis peores pesadillas— es que el camino estaría tan plagado de trampas y
obstáculos. Y que, por desgracia, casi todos ellos fueran ajenos a la propia
esencia de la literatura: la unívoca, cómplice y confidencial relación
narrador-lector.
Toda esta parrafada
surge a raíz de la indignación sentida porque esta misma semana uno de los mejores
escritores de este país, alguien sobresaliente —como narrador y como persona— y
del que puedo decir con orgullo que me hace el honor de concederme su amistad,
se ha visto obligado a dar voz pública a una serie de explicaciones que, en mi
modesta opinión, debería haberse ahorrado. Las explicaciones vienen dadas por
que ha sido acusado veladamente de haber ganado un prestigioso premio literario
mediante amaño. Y considero que debería habérselas ahorrado porque a todos aquellos
que le conocemos nos sobran sus explicaciones.
Bastante duro resulta
ya el hecho de tener dedicar muchos años de esfuerzo a labrarse un hueco en el
ámbito literario a base de trabajo continuado para además tener que emplear tus
energías en salir al paso de tendenciosas calumnias, para tener que dar explicaciones
acerca de los delirios de un par de tiñalpas autollamados «críticos literarios»
y que no son más que un atajo de memos que pretenden erigirse en jueces supremos
de la verdad absoluta. Y digo que el esfuerzo es baldío porque, en realidad,
ningún argumento merece la pena emplearse para combatir las mentiras vertidas
por un par de frustrados con ánimo de epatar al personal con sus
«clarividentes» opiniones y que lo único que pretenden es echar por tierra —sin
prueba alguna, incido en ello— el trabajo de todos esos años de labor continuada
con un «no, si ya lo sabía yo, que soy más listo que nadie».
En cualquier caso,
una cuestión si es cierta: el gesto de ese escritor le honra. Y no porque se
haya avenido a dar explicaciones a quien en absoluto las merece sino por que
sus explicaciones van dirigidas a otras personas. Van dirigidas a aquellos por
quienes él siente un autentico respeto y a quienes, en caso de tener que dar
alguna explicación, considera que son los verdaderos destinatarios de la misma:
sus lectores.
Aún no he tenido
oportunidad de intercambiar impresiones con él acerca de este asunto pero si
ahora mismo tuviera la ocasión, a título personal le diría que no se
preocupara. Que al fin y al cabo lo que cuenta de verdad es lo que uno es, lo
que uno escribe, lo que uno defiende y lo que uno muestra a los demás. Y que
los que deben juzgar todos esos méritos son otros muy diferentes a ese par de
presuntuosos cuyo único ánimo es medrar a costa de los demás. Y que, lo quieran
ellos o no, su novela está ahí, es una magnífica novela, una historia que
conmueve, que consigue despertar sentimientos y emociones y que eso es, en realidad,
lo que debe contar. Le diría que no se preocupara, que para todo aquel que se
ha tomado la molestia de conocerlo, a él, a sus textos y a su trayectoria, su
honestidad está fuera de toda duda y que la dignidad propia no la mancha quien
quiere sino quien puede. Y también le diría muchas otras cosas pero las
presupongo innecesarias porque sé que él ya las sabe.
Alcorcón, enero de 2005