KILL’EM ALL
Pedro de Paz
Desconozco tu nombre.
No sé si el ser humano, con esa costumbre tan propia, tan suya, ha terminado
por ponerte uno como hizo con Canela,
tu madre. Dejémoslo en Ursus Arctos Pirenaycus
o, dicho en cristiano, Oso Pardo Pirenaico. No sé si tienes nombre lo que sí sé
es que, a pesar de tu corta edad, has demostrado tener dos cojones —o dos
ovarios ya que, por el momento, también se desconoce tu sexo— como dos plazas
de toros.
Tú no sabes quién soy
yo y maldita la falta que te hace saberlo pero, aun así, me presentaré. Soy un
espécimen humano, un miembro de esa estúpida raza que te ha dejado solo en el
mundo y a la que, en muchas de las mañanas en las que me levanto y me miro al
espejo, deploro pertenecer. Esa circunstancia debería ser suficiente para
despertar en ti un hondo recelo. Y lo entiendo.
Como decía, no sabes
quién soy pero yo sí sé quién eres tú. Traté de seguir tu historia desde el
pasado noviembre, momento en el que un descerebrado armado con una escopeta
mató a tu madre, la última osa fértil autóctona del Pirineo, la última
esperanza de tu malograda especie, la última huésped de una inestimable
información genética construida a base de siglos de pericia biológica y
adaptación al peculiar entorno pirenaico. Y todo ello desapareció de la noche a
la mañana el día que un gilipollas amartilló su escopeta, se lanzó al monte y
se cruzó con tu madre cuando tu eras tan sólo un osezno de nueve meses. Una
autentica putada. Por suerte, pudiste huir del lugar pero nadie daba por tu vida
ni un cuarto, amigo mío. Los biólogos, los especialistas, cifraban tu esperanza
de supervivencia en un cincuenta por ciento. Era prácticamente jugártela a cara
o cruz, colega. Sus argumentos eran contundentes: excesiva juventud; especie de
muy pocos individuos; ninguna figura materna que, por azares de la naturaleza,
pudiera asumir el rol de tu madre —recuerda, era la última de su estirpe—. Un
panorama más negro que el culo de un grillo.
Dos semanas después
de que aquel anormal se cepillara a mamá
osa, se te vio vagar por la zona donde murió, donde la viste con vida por
última vez, donde ambos disfrutabais de vuestros paseos y vuestra vida en
libertad. Puedo llegar a imaginar tu desconcierto, tu desconsuelo. El vagar por
las montañas en busca de algo que, sin que comprendieras el porqué, se había
marchado para siempre. Los guardas del parque trataron de seguir tus peripecias,
ubicarte, tratar de ayudarte sin interferir ni en tu hábitat ni en tu medio.
Durante un tiempo, los medios de comunicación se hicieron eco de tus andanzas
(huellas, rastros). Todo el mundo se apenó con tu historia. Todo eran lamentaciones,
clamores y golpes de pecho. Todos acusábamos esa sensación tan familiar en
nosotros, mezcla de estupidez, vergüenza y remordimientos que de manera tan
única y genuina es capaz de sentir un ser humano ante la estupidez de otro.
Poco más tarde, tu
pista se perdió por completo. La noticia, como tantas y tantas otras, se fue convirtiendo
en un sordo y vago rumor que terminó por diluirse en el fondo de nuestra
memoria. En la de casi todos. Yo seguía, de cuando en cuando, acordándome de tu
historia y preguntándome que habría sido de ti.
Y hace escasamente
una semana has demostrado a todos de lo que eras capaz. Los guardas del Parque
Nacional de los Pirineos encontraron tu rastro, siete meses después de aquella
tragedia que te dejó abandonado y con un crudísimo invierno por medio. Seguías
vivo. Y yo me alegré profundamente. Y no pude por menos que tratar de
escribirte estas letras a pesar de saber —por motivos obvios— que nunca las recibirás.
No importa. En el fondo, no eres tú el autentico destinatario de las mismas.
Sólo eres un medio para el mensaje. El verdadero destinatario es esa legión de
necios de primera clase, de gárrulos asilvestrados que disfrutan los fines de
semana cargando hasta los topes su todoterreno
de 30000 euros con escopetas y cartuchos y se van al campo a disparar contra
todo bicho que se crucen. La estulticia hecha arte. Y cuando hablo de estúpidos
con escopeta al hombro, no hago excepciones de ninguna clase. Ni siquiera la de
cierto monarca no muy lejano con excesiva afición a cazar primos tuyos en
Rumanía. Por ese motivo, permíteme darte un consejo por si tienes ocasión
alguna vez de encontrarte frente a frente con uno de esos imbéciles émulos de Rambo
que van a buscarte las cosquillas a tu propia casa: vende cara tu piel. Llévatelos
por delante. Ábreles las entrañas con tus garras y espárcelas monte arriba. Kill’em all and let God sort’em out.
Tienes todo el derecho del mundo a hacerlo. Nadie va a reprochártelo. Te
aseguro, my friend, que al menos, yo
no voy a hacerlo.
Alcorcón, junio de 2005