HOOCHIE COOCHIE MAN
Pedro de Paz
«Los músicos de
rock no utilizan esos pedales, porque son unos perezosos de mierda que no
quieren aprender. Así que ganan más dinero que nosotros. Yo soy un experto y
gano una mierda». Cuando todo el mundo se lamenta y conmueve por el
fallecimiento del dramaturgo Arthur Miller, nos llegan noticias de otra triste
pérdida, más modesta, más desconocida pero no por ello menos desconsoladora. El
pasado 9 de febrero fallecía plácidamente en su casa de campo de Scottsdale,
Arizona el músico Jimmy Smith.
Jimmy Smith,
irrepetible teclista de jazz y blues, fue pionero en extraer del
órgano Hammond B3 todo su potencial como complemento solista. Pocos instrumentos
musicales son tan claramente reconocibles en una melodía como un órgano Hammond.
Incluso no sabiendo qué demonios es un órgano Hammond os puedo asegurar que lo
habréis oído cientos de veces. A medio camino entre el teclado electrónico y el
piano, su audición evoca de forma inmediata las sesiones de Gospel de
las iglesias evangélicas americanas. Smith fue el precursor de su uso fuera de
este entorno al integrarlo en la música popular y dotarlo de una característica
voz solista, transgrediendo su concepción original como sustituto o «hermano
pobre» de las secciones de viento en bandas de pequeño calado.
Nunca aprendió a leer
música. Ni falta que le hizo. Su instinto musical se encontraba por encima de
esas convenciones. Dotado de un sentido innato de la cadencia era capaz de
crear una perfecta base rítmica que soportara las interpretaciones de un
pequeño grupo como si de una «Big Band» se tratase al tiempo que se permitía
marcar melodías solistas con una incontenible furia armónica desconocida hasta
entonces. Su estilo no sólo fue revolucionario sino que supuso una patente y
reconocible influencia en músicos de posterior factura como The Doors, The
Animals, Steve Winwood o Jon Lord.
La revolución ocurrió
a mediados de los 50. Influenciado por los magistrales fraseos de Charlie
Parker o de Gillespie, Smith decidió ponerse al frente de un trío de jazz
que no necesitaba contrabajo: dicha tarea la suplía él mismo pulsando los novedosos
pedales con los que estaba dotado el por aquel entonces desconocido órgano Hammond
B3 al tiempo que, con la mano izquierda, era capaz de mantener un colchón
melódico sin fisuras y con la derecha dibujaba solos veloces e agresivos.
Con el tiempo logró abrirse un lugar en la historia de la música llegando a lo
largo de su carrera a tocar, con mayor o menor fortuna, junto a músicos de la
talla de Wes Montgomery, B. B. King o incluso Michael Jackson —el solo
de órgano del tema Bad es composición suya—, dotando siempre a sus
interpretaciones de su sello, marca indiscutible de la casa: ese sonido celestial.
Si el Hammond ha llegado a ser lo que es, el noventa por ciento de la culpa la
tiene Jimmy Smith. Antes que él hubo otros virtuosos del Hammond pero fue Jimmy
Smith el que logró liberarlo de las ataduras para las que había sido creado y
sorprender al mundo del jazz y del blues con un nuevo universo de
sonidos que nos dejaron interpretaciones tan míticas como legendarias fueron su
soberbia y su jactancia, vicios merecidos y ganados con creces.
Y todo ello
desapareció en silencio, por la puerta de atrás, sin que casi nadie se hiciese
eco, el pasado 9 de febrero. Pero si alguna vez escuchas The house of the
rising sun o Light my fire y sientes que el percusivo sonido in
crescendo del órgano Hammond consigue erizarte la piel, recuerda: quizá se
lo debas a Jimmy Smith.
Alcorcón, febrero de
2005