HAY COSAS QUE NUNCA CAMBIAN
—AUNQUE CAMBIEN—
Pedro de Paz
Mil doscientos kilómetros en dos días, jornadas agotadoras y un frío de mil demonios. ¿Mereció la pena? Por supuesto que sí. Se trataba de, quizá, la última oportunidad de contemplar en directo la actuación de una de las leyendas vivas del Rock: The Police.
Tras muchos —demasiados— años de espera e incertidumbre plagados de continuos rumores y noticias vagas e infundadas, este año, al fin, llegó el ansiado momento. El grupo se reunía de nuevo para conmemorar sus treinta años de existencia y lo hacía a lo grande, con una nueva gira mundial. Desde que se inició la serie de conciertos, las opiniones al respecto han sido de lo más contradictorias y variopintas. Se les ha acusado de estafadores, de vendidos, de tratar de vivir de las rentas, de haber perdido fuerza y ser un flojo remedo de lo que fueron. No deja de haber una pequeña parte de verdad en todas y cada una de esas afirmaciones. Es cierto que ya no son el grupo que fueron. El paso del tiempo resulta implacable para todos y ellos no son una excepción. Los cambios de tonalidad en varios de los temas con el fin de adaptarlos a la madura y trabajada voz de Sting y ablandamiento de algunos otros —aspecto particularmente notable en canciones como Truth Hits Everybody o Next To You—, están muy lejos de la potencia, energía y garra de sus actuaciones de finales de los 70 y esto quizá defraudase a algunos de los presentes, pero, por otra parte, también es rigurosamente cierto que lo que han perdido en rabia y frescura sobre el escenario, lo han ganado en solidez, madurez y calidad sabiendo mantener la innegable chispa de genialidad musical que treinta años atrás los llevó a lo más alto, al lugar que sin duda merecen. Escuchar maravillas como King of Pain, Message in a Bottle, So Lonely, Can’t Stand Losing You o When the World Is Running Down y hacerlo en directo y de la mano de sus creadores es algo que no tiene precio.
Dicen de ellos que están demasiado viejos. ¿Y? ¿Esa circunstancia nos permite negar la evidencia de lo que fueron y de lo que siguen siendo? A mi modesto entender, en absoluto. El concierto ofrecido en Barcelona fue un autentico alarde de calidad, una palpable demostración de que hay cuestiones eternas por las que no pasa el tiempo y una incuestionable evidencia de que quien tuvo, retuvo. Y hablo de todos ellos. Algún crítico de escasas luces ha tenido la osadía de comentar que los renovados The Police no son más que Sting, como figura indiscutible, pertrechado por dos músicos de acompañamiento. Calificar a Andy Summers o a Stewart Copeland de «músicos de acompañamiento» quizá sea igual de preciso y acertado que calificar de docto el criterio del infausto periodista. Un mero eufemismo. Copeland y, particularmente, el viejo Summers —en mi opinión, el incontestable protagonista de la velada— derrocharon magia, virtuosismo, profesionalidad y buen hacer a raudales —aun a pesar de algunos errores demasiado evidentes que no importaron demasiado. A los genios se les perdona casi cualquier cosa excepto que dejen de serlo— y se explayaron a placer, obteniendo una merecida relevancia y haciendo suyos momentos y situaciones que hace treinta años les estaban vedados debido al legendario afán de protagonismo de un Sting veinteañero y en plenas facultades en todos los sentidos. En efecto. Ya no son el grupo que fueron. Lo de anoche fue otra historia. Pero fue una historia maravillosa.
No quisiera terminar esta reseña sin mencionar una de las mayores —que no de las más esperadas— sorpresas de la noche: la actuación de los teloneros Fiction Plane, banda liderada por Joe Sumner, el hijo de Sting y que, sobre el escenario, demostraron con creces el no estar aquella noche allí «por ser vos quien sois» sino que aquel momento y aquel lugar se lo habían ganado por derecho propio, haciendo alarde de una gran calidad tanto en sus composiciones como en sus interpretaciones. Una actuación que dejó un muy buen sabor de boca entre los asistentes.
Parque Coimbra, octubre de 2007