VIEJOS FANTASMAS
Pedro de Paz
Me costó trabajo reconocerle. Cuando finalmente lo hice, no daba crédito. No podía ser. Era imposible que aquella andrajosa figura que se acercaba hasta mí con paso vacilante fuese quién yo había creído identificar.
—¿Tienes un eurito, colega?
Pensé que se trataba de una broma, una de las muchas guasas que habíamos intercambiado cientos de veces. Enseguida descubrí que tras aquellos ojos terriblemente opacos no había rastro de chanza. Le observé de arriba abajo. La vida parecía haberle tratado con cierta saña.
—¿Me dejas un eurito? —insistió.
—Paco, tío… ¿no me reconoces?
Tras unos breves instantes de estupor, un leve brillo pareció despuntar desde el interior de aquella mirada oscura y vacía al tiempo que en su rostro se esbozaba una sonrisa desconcertada.
—Si, hombre, sí…
Durante unos segundos los dos mantuvimos un espeso e incómodo silencio. Probablemente me causaba a mí más prurito que a él el hecho de encontrármelo en aquella situación y de aquella manera. Y no por que ejerciera de menesteroso ni porque a mí me vieran conversando con alguien así. Lo juro. No era vergüenza. Ni siquiera ajena. Era autentica desazón por el brutal contraste entre la última ocasión que tuve de verle, diecisiete años atrás, y la penosa imagen que presentaba.
Paco había sido mi compañero de instituto pero, sobre todo, había sido mi amigo. Después, el destino se encargó de enviarnos por caminos diferentes pero en aquella época ambos formábamos parte de nuestro particular «Rat Pack», un sólido y compacto grupo de chavales que coincidimos, año tras año y curso tras curso, en la misma clase durante todo el Bachillerato y el COU. Éramos una piña y durante esa etapa compartimos mucho: gustos, aficiones, bromas, sueños. Exploramos juntos el camino que supone el despertar a la vida adulta aunque, en aquel entonces, ni tan siquiera sospechásemos tal circunstancia. Descubrimos, poco a poco, paso a paso, distintas pasiones comunes: ordenadores, cervezas, mujeres, libros, música… Entusiasmos que acaban dejando diferentes huellas, profundas todas. Detalles intrascendentes que terminan marcando de forma indeleble tu posterior carácter. Hechos triviales, sin la mayor relevancia en el momento en el que transcurren pero de los que conservas memoria el resto de tu vida. Con el tiempo acabas siendo consciente de que ese es, en el fondo, la autentica riqueza, el verdadero legado de tu bagaje vital: todos aquellos banales detalles que, poco a poco, van conformando tu recorrido. Son vivencias que recuerdas con cariño. Y en aquel momento, ante la presencia de Paco y a la vista de sus actuales circunstancias, las mías acababan de venirse abajo.
Le invité a tomar algo y nos dirigimos a un bar cercano. Sentados en la barra, delante de un café caliente y ante la mirada desdeñosa del camarero, se sucedieron las confidencias. Paco las relataba ausente, con la mirada perdida en la distancia aunque, de cuando en cuando, parecía abandonar su destierro para mirarme a los ojos como buscando confirmación de que yo aún seguía allí. Su historia no tenía nada de especial. En sus propias palabras, «un mal matrimonio, un peor divorcio, echado de su casa sin un duro y con lo puesto, la guarra de su ex que no le dejaba ver al crío…» Yo, a falta de criterio para corroborar su versión, asentía silenciosamente. Según me contó, su caída por la pendiente fue gradual. Primero fueron unas copas para olvidar su propia desgracia. Más tarde llegaron formas de evasión más intensas. De esas que se aspiran por la nariz. El resto vino rodado. Pérdida de trabajo, de amigos, de estima, de todo. Hasta verse en la puta calle. Y allí andaba, sobreviviendo. Hablamos —habló— durante una media hora. Yo me limité a escuchar sus desventuras. Una vez hubo echado fuera toda la rabia que le carcomía contando una historia que seguramente había repetido decenas de veces, nos quedamos en silencio. Entonces me miró como si me estuviese viendo por primera vez y me dijo:
—Oye, coleguita. ¿Y tú quién dices que eres?
Sonreí componiendo una mueca de dolor casi físico.
—Nadie. Un amigo. Sólo un amigo.
Le metí un billete de diez euros en el bolsillo de la camisa, pagué los cafés y salí de aquel bar con el alma encogida.
Parque Coimbra, marzo de 2006