ENTRE EL INFIERNO Y EL CIELO
Pedro de Paz
Algunos defienden que
Madrid no tiene nada de especial. Que ni tan siquiera es una ciudad amigable.
Cuestión de perspectivas. Puedo llegar a coincidir con aquel que defiende que
para entenderla y soportarla estoicamente quizá haya que haber nacido en ella.
Su perfil es como el de muchas otras grandes urbes, mastodontico y, en muchas
ocasiones, cruel. La suelen describir como una ciudad sin identidad, anodina y
gris. Hostil para todo el que sufre la desgracia de habitar en ella. Sin embargo,
yo nunca he ocultado que esta ciudad despierta en mí profundos sentimientos y
que, a pesar de las habladurías, la experiencia de vivir en su seno me resulta
placentera. Disfruto observando la realidad de esta villa y corte con ojos
distintos a los de aquellos que dicen sufrirla. Me gusta deleitarme recreando
su belleza que, aunque esquiva, se encuentra al alcance de todo aquel que se
tome la leve molestia de buscarla.
Hace unos días,
durante uno de mis habituales paseos dominicales por el centro, volví a
albergar una intensa y ya familiar sensación. Un «Dejá Vú». Un
sentimiento del que nunca he sido capaz desprenderme cuando transito por determinados
lugares de esta vieja amiga: su «aroma histórico». La reminiscencia de momentos,
de lapsos acontecidos a lo largo de su amplia existencia que la empapan, dotándola
de ese atractivo del que hablo. Madrid oculta en muchos de sus rincones,
incluso en los más pequeños y desconocidos, una fábula que merece ser contada.
La grandeza de Madrid se aloja precisamente en esos miles de minúsculos episodios
que, en ocasiones, se entrecruzan y que envuelven a la ciudad de esa magia que
muchos parecen despreciar.
En ese sentido, una
de mis zonas predilectas es el corazón del denominado «Madrid de los
Austrias» que comprende la zona centro y aledaños (Sol, Plaza Mayor, Calle
Toledo, Puerta Cerrada, Palacio Real, Plaza de Isabel II, Calle Arenal).
Incluso dentro de esta vasta zona se pueden identificar distintas áreas, cada
una dotada de su propia idiosincrasia. Por ejemplo, la zona ubicada entre la
Plaza de Isabel II y la Plaza de la Villa. Un barrio eminentemente clásico y de
gran belleza arquitectónica que conserva y evoca el sabor del Madrid decimonónico.
La calle Mayor actúa como invisible y difusa frontera que separa lo que yo
considero el genuino Madrid de los Austrias de ese Madrid isabelino que tan
certeramente retrataran Galdós o Valle-Inclán y que, tiempo después, lo hiciera
con exacto preciosismo Pérez-Reverte en su novela «El Maestro de Esgrima».
Este enclave es un lugar privilegiado donde lo habitual es encontrar rincones
de indiscutible solera e inigualable encanto.
Vagar sin prisas por
esos recónditos lugares a merced de lo que uno pueda encontrarse es una
experiencia que va más allá del simple paseo. Deambular por la calle Arenal y
toparse de improviso con el escaparate de «Muebles Marín» representa un
autentico regocijo para los sentidos. Entrar en aquel local supone trasladarse
a una época pretérita que ya no existe pero que parece haber quedado atrapada,
aprehendida entre sus paredes. Otro selecto placer es el gozar con calma de un
vaso de excelente vino acodado en la larga barra de madera de nogal y mármol de
la nueva taberna «La Cruzada», digna sucesora de la antigua, abierta en
1827 y a dónde solía acudir, entre muchos otros, Mariano José de Larra, vecino
cercano, a tomar unos Valdepeñas y departir con los amigos. O encaminarse a la
cercana «Vinoteca del Lector» donde, acogido por su relajado y acertadísimo
ambiente, sus estupendas tapas y sus estantes plagados de libros, se puede
disfrutar de forma simultánea de dos grandes y exquisitos placeres: una buena y
tranquila lectura y una selecta y refinada carta de vinos. O acercarse al «Café
de Oriente» en el que, a pesar de no ser el primigenio que se hallaba ubicado
en la calle Atocha, se puede aún respirar, consolado por su cuidada reconstrucción,
la bohemia reminiscencia de antiguas tertulias intelectuales, intrigas
históricas y tiempos de agitación política.
Lo descrito es tan
sólo una breve muestra al gusto del que suscribe este texto. Una reflexión que
se resume en la visionaria y lastimera letra de Joaquín Sabina «A mitad de
camino entre el infierno y el cielo, yo me bajo en Atocha, yo me quedo en
Madrid». En cualquier caso, las posibilidades son muchas y muy amplias. Las
hay para todos los gustos. Y odio ser categórico pero créanme, si alguien
insiste en decir que Madrid le deja frío e indiferente es que ni lo conoce ni
se ha molestado en hacerlo.
Alcorcón, marzo de 2005
PS: Mi apenado y afectuoso recuerdo para esos 192 madrileños que nos faltan desde hace ya un año. Y que nos seguirán faltando siempre.