CHANTAJES MORALES
Pedro de Paz
Hospital de
Fuenlabrada. Anochece. Medias sombras. La luz incide de forma oblicua en las
duras líneas de aquella inmensa mole de cemento asemejándola de forma precisa
al decorado de una película de ciencia ficción. Su aspecto es frío, aséptico,
desangelado. Aun así, el entorno no resulta desagradable ni hostil. Al menos,
no en exceso. En sus alrededores circula numeroso personal sanitario que se
dirige o bien, que termina sus obligaciones. Es la hora del cambio de turno. Estoy
cansado y tengo ganas de volver a casa. Subo al coche, abro las ventanillas y dejo que un soplo
tibio invada el habitáculo. La sensación térmica es muy confortable pero es
evidente que el verano está llegando a su fin. Los días son más cortos; las
noches, más largas; las brisas, más frías. Me dispongo a iniciar la marcha
cuando al lado de mi ventanilla oigo el sonido de una voz extraña, desconocida.
—Coleguita, llévame
hasta Móstoles.
Giro la cabeza y
trato de identificar el origen de la voz. Una voz débil, nasal, gangosa,
arrastrada. Una voz mil veces oída y nunca escuchada. La inconfundible voz de
un yonki. Miro a través de la ventanilla y al lado del coche aparece
como surgida de la nada la figura de una mujer. O la sombra de lo que un día
fue una. De edad incierta, sucia y despeinada, en su rostro demacrado y
aguileño se pueden apreciar sin mucho esfuerzo los resultados de una dura pelea
en la que obviamente ella no fue la vencedora. Los agujeros de su nariz
destilan un leve rastro de sangre, su ojo derecho está completamente amoratado
y lleva el brazo izquierdo en cabestrillo. Viste un pantalón vaquero y una
camiseta de manga corta, ambos desgastados y percudidos en grado extremo. Sus
antebrazos evidencian las señales que delatan su condición de alma anclada al
infierno de las sustancias psicotrópicas inyectables. Su aspecto infunde temor
pero no por la integridad propia sino por la de ella. Temes que en cualquier
momento vaya a derrumbarse sobre sí misma quedando reducida a un montón de
huesos y cenizas. Sin embargo, su mirada desvela mucho más que su aspecto.
Revela orgullo, desprecio, altanería. Y una condición que he tenido ocasión de
apreciar en infinidad de ocasiones en personas de su condición. Una actitud que
muchos de ellos han llegado a convertir en una eficiente arma: la costumbre de
pedir las cosas como si el mundo se las debiera y obtener de los demás todo
aquello que solicitan con tal de poder librarse cuanto antes de la engorrosa
situación de encontrarse con posteriores problemas. Un euro. Un cigarrillo. Una
cerveza. La mujer me observa con gesto altivo en espera de una respuesta a su
demanda. Mientras tanto, no cesa de oscilar levemente de izquierda a derecha.
De derecha a izquierda. Continuamente.
—Venga, colega, tírate el rollo. Llévame a Móstoles que
tengo prisa —me repite con impaciencia.
La miro con
desagrado. No es ella quién me molesta. No es su persona. No es su presencia.
Es su apremio, su actitud desafiante y exigente lo que me incomoda y me
fastidia. No me está pidiendo un favor, me está exigiendo un servicio que, a su
parecer, estoy obligado a prestar.
—No —respondo con
acritud.
—¿Por qué no, tronco?
—Por dos motivos:
primero, porque no voy en dirección a Móstoles y segundo, porque no te conozco
y no me das confianza, ¿te parece suficiente?
—Seguro que si te
digo que te la chupo, me llevarías hasta Móstoles.
No sé que me enoja
más de su afirmación: si el hecho de que se crea una cautivadora dama con la
que todo el mundo cae rendido ante sus encantos o el hecho de que piense que
todos los hombres solemos razonar de forma habitual con la punta de nuestro
órgano sexual. Creo que más bien lo segundo.
—Lo dudo —contesto
airado.
—¿Por qué? ¿Eres
marica?
—No. Es que ya tengo
quien me la chupe.
La respuesta parece
dejarla fuera de juego durante un breve momento. Instantes después prorrumpe en
una andanada de improperios de los cuales el más suave es «hijo de puta» mientras las personas que pasean cerca dirigen una
inquisitiva mirada hacia nosotros. Se le nota acostumbrada a la situación. Es
parte de su táctica. Esa es la forma de mantener su posición de ventaja. Esa es
exactamente la situación que la gente pretende evitar cuando responde con
premura a la solicitud de un euro, un cigarrillo, una cerveza. Y ella lo sabe
muy bien. Está jugando a su juego. Está empleando sus armas. Harto de la
engorrosa situación, piso el acelerador a fondo y salgo de allí a toda
velocidad. Y mientras me alejo, puedo observar por el retrovisor como aquella
mujer da media vuelta y se acerca con paso cansado a la ventanilla de otro
vehículo. De otra posible victima de sus chantajes morales.
Parque Coimbra,
septiembre de 2005