CARTA ABIERTA A UN SER EXECRABLE
Pedro de Paz
Dicen que no hay persona más infame que un hijo de puta harto de pan. Pero sí. Sí la hay. Es más perverso el hijo de puta que desprecia el pan que le harta y, por extensión, desprecia al que se lo proporciona.
Seamos claros. No nos soportamos mutuamente. Tú lo sabes y yo lo sé. Hoy he sufrido la desgracia de tener que encontrarme contigo tras unos meses de tranquilidad, situación inherente al destierro al que estoy abocado. He tenido que soportar —de refilón, gracias a Dios no hemos cruzado palabra alguna— tu pomposa grandilocuencia y tu paternalismo absurdo y bananero. También he podido comprobar, con cierta alegría, todo hay que decirlo, que el sentimiento de repulsa continua vivo y sigue siendo recíproco.
Sé cómo empezó todo. Sé que te revienta no haber sido capaz de pisotear mi pundonor como has hecho con el de muchos otros. No eres el primero ni serás el último. Sé que te reconcome tu impotencia para doblegar mi dignidad. Una dignidad que tú siempre has confundido con soberbia, mala educación y falta de respeto. «Falta de respeto». Manda huevos. Lo paradójico del asunto surge cuando llegas al contrasentido de solicitar respeto para alguien como tú, que se jacta de su irrespetuosidad para con los demás. En las primeras ocasiones, el pudor y la educación propia logran que te salgas con la tuya y que uno termine haciendo gala de ese respeto impuesto que tú, en tu vileza moral y de forma invariable, terminas asumiendo como una supuesta pleitesía. Pero eso sólo dura las tres primeras veces. A la cuarta y en vista de tu catadura moral, esa solicitud de respeto se convierte en un eufemismo vano, en una fatua contradicción que provoca más hilaridad que deseo de reflexión.
Porque el respeto, al igual que el aprecio, no se pide. Se gana. Y es precisamente esa dignidad a la que antes hacía alusión la que me impide ejercer de palmero en ese coro que te ensalza en tu presencia y te pone a caer de un burro a tus espaldas. Porque no te engañes. La mayor parte de los que te rodean a diario sienten hacia ti el mismo desprecio que yo. La sutil diferencia es que yo no lo oculto y los demás suelen bailarte el agua.
No sabes lo gratificante que resulta la satisfacción moral de saber que no te debo absolutamente nada. Como dice la copla, «ná te pido, ná te debo». Y por ello, mi conciencia reposa tranquila. Por desgracia, eso no evita que, de cuando en cuando, tenga que soportar tu patética arrogancia tras la que se esconde una desmedida podredumbre de alma que provoca más vergüenza ajena que propia. Y aún a pesar de todo, a pesar del obvio y patente rencor que nos profesamos, te siguen faltando los cojones suficientes para tomar una determinación al respecto y continuas haciendo gala de esa ruindad que te caracteriza. Dirás que por qué no tomo yo esa determinación. Muy sencillo. Porque yo no puedo permitírmelo pero tú sí. Y esa circunstancia hace mayor aún tu vileza y tu despreciable falta de escrúpulos. En cualquier caso, esa irrelevante cuestión no me preocupa en absoluto.
Porque si algo tengo claro a estas alturas es que esta guerra la vas a perder tú.
Desdeño lo que eres pero, sobre todo y ante todo, desdeño lo que representas. Por suerte, el tiempo acaba poniendo a cada uno en su sitio. Estoy convencido de ello. Y aún a costa de correr el riesgo de que, llegado el momento, el tiempo también acabe por ubicarme a mí en mi lugar —todos guardamos muertos en el armario—, espero con alborozo que llegue ese instante. «Siéntate en el umbral de tu casa, aguarda con paciencia y verás pasar el cadáver de tus enemigos» dice un viejo proverbio árabe. Tan sólo espero que, ese día, el cortejo no se equivoque de calle.
Parque Coimbra, marzo de 2007