CARTA A UNA NIÑA
Pedro de Paz
Lo cierto es que no
te conozco personalmente. Sé de tu existencia por una persona cercana a ambos a
la que tengo gran aprecio. Se trata de tu tío. Ese viejo gruñón con perenne
cara de perro que siempre anda renegando de todo y de todos aunque, en el
fondo, tú y yo sepamos que sólo es pose y apariencia. Qué te voy a contar que
tú no sepas. La cuestión es que el hombre me tiene algo preocupado. Estos
últimos días anda hecho una mierda. Triste, taciturno, sumido en una permanente
congoja. No parece ni él. Si pudieses verlo, estoy seguro de que hasta tú te
asombrarías.
La verdad es que
tiene sobrados motivos para sentirse así. No puedo recriminarle nada. No puedo
reprocharle esa rabia sorda y profunda del que sufre agudamente sin tener a
quién hacer responsable por ello, no puedo recriminarle el sentir una cólera
que casi puedo palpar cada vez que respira. Yo, en sus circunstancias, ya
habría jurado en arameo y me habría cagado en el Copón de Bullas, en los doce
apóstoles, en el brazo incorrupto de Santa Teresa y en la lanza de Longinos —cuestión que no dudo que él haya hecho ya en más
de una ocasión—. Porque no me negarás que es una autentica cabronada que, con
tan sólo dos años de vida, el Destino se haya cebado contigo de esa manera tan
despiadada. Manda cojones que tenga que tocarte en suerte, precisamente a ti,
un tumor cerebral de los más agresivos. Es como para dejar de creer en Dios, si
todavía hubiese alguien tan iluso como para seguir haciéndolo.
Realmente, la
situación está jodida. Muy jodida. Tú, desde el hospital, no puedes verlo pero
tu tío me lo cuenta sin poder evitar que la voz le tiemble y que una neblina
acuosa cubra sus ojos. Yo también soy tío, ¿sabes? Tengo tres preciosas
sobrinas y cuando uno escucha por su boca los detalles de tu desdicha, no puede
evitar que se le caiga el alma a los pies tratando de encontrar una razón que
le ayude a comprender situaciones como la que estás sufriendo. Dicen que para
todo hay un porqué. Si es cierto, te juro que me encantaría entender éste. Me
encantaría entender porqué los Hados se empeñan en segar tu vida, en evitar que
los tuyos puedan verte crecer, en extinguir tu sonrisa, en colmar de dolor a
tus seres queridos.
Todos solemos andar
de acá para allá como necios, perdiéndonos en disquisiciones vanas y disputas
sin sentido, preocupándonos por asuntos que deberían merecernos la más absoluta
de las indiferencias sin caer en la
cuenta de lo que tenemos a nuestro alcance, sin lograr apreciar lo que
verdaderamente importa en la vida hasta que la Providencia se encarga de
soltarnos un puñetazo en pleno rostro como el que tú acabas de recibir.
Entonces uno piensa, recapacita, intenta razonar sobre lo quebradiza que es la
propia existencia y la poca importancia que solemos darle a las cuestiones que
realmente la tienen. Pero somos tan estúpidos que acabamos haciendo lo mismo
que cuando observamos un accidente en la carretera: reducimos aprensivamente la
velocidad durante los siguientes diez kilómetros. Al kilómetro número once ya tenemos
el acelerador a fondo de nuevo. La naturaleza humana es así de gilipollas, qué
se le va a hacer.
La inconsistencia de
nuestras contradicciones. Esa es la verdadera raíz de nuestros miedos y nuestra
ira aunque tú aún no tengas edad suficiente para comprenderlo. Uno puede
permitirse el atisbar las situaciones con cierta sensación de seguridad cuando
comprueba que el rédito obtenido es el resultado proporcional de lo que se ha
sembrado. Somos tan simples que, para apagar nuestras incertidumbres, nos basta
una relación clara de causa y efecto pero lo que realmente nos incomoda, lo que
realmente nos perturba son sucesos como el tuyo, sucesos en los que observamos
inermes cómo la situación escapa a nuestro control y que terminan revelándonos
de forma extremadamente dolorosa que tan sólo somos unas marionetas en manos de
una ignota comparsa contra la que de nada sirve rebelarse y que nos maneja a su
antojo con fines recónditos e inescrutables.
Hay días en los que
uno se levanta tan sólo para seguir comprobando que la vida es una autentica
hija de puta, una alcahueta bastarda que se encarga constantemente de
recordarnos lo frágiles que somos. Y, en ocasiones, nos lo recuerda a costa de
un precio excesivamente caro.
Parque Coimbra,
diciembre de 2005