BIEN ESTÁ LO QUE BIEN ACABA
Pedro de Paz
A principios de los 90, mis circunstancias personales me obligaban a tomar a diario la línea 1 del metro de Madrid. Eran horas tempranas, horas de sueño y ensoñaciones, de cansancio, de rutina. De esos días recuerdo como uno de los momentos más agradables de la mañana el recorrido del tramo existente entre la estación de Bilbao y la de Iglesias. Recuerdo como aguardaba con expectación a que el convoy llegase a ese punto del itinerario mientras trataba de acomodarme en alguna ubicación próxima a las ventanillas, tarea algo compleja dado el elevado tránsito de personas a esas horas de la mañana. La ilusión duraba tan sólo unos segundos, pero, hacia la mitad del trayecto entre las dos estaciones, resultaba inspirador apoyar las manos a modo de visera sobre el cristal y contemplar los fugaces retazos que ofrecía, oculta entre penumbras, la vieja y abandonada estación de Chamberí, la estación fantasma como era conocida por la mayor parte de los madrileños. Evocar su misterio, sus andenes repletos de gente, improvisar el recuerdo de la imagen vigente durante sus mejores tiempos, imaginar el devenir diario de cientos de personas que treinta años atrás pisaban aquellos suelos y recorrían aquellos pasillos resultaba una experiencia realmente fascinante. Ya en aquella época mi imaginación volaba tratando de pergeñar una historia novelesca en cuya trama la estación tuviese un papel esencial. Aunque, con el tiempo, la idea fuese desechada —quizá no del todo—, la circunstancia no hizo menguar mi fascinación por aquel tesoro oculto en las entrañas de Madrid. Años después supe que León de Aranoa filmó algunas escenas de su película Barrio en aquellos viejos y abandonados andenes y oí comentar que un escritor llamado Joaquín de Saint-Aymour había incluido el lugar como parte de la trama de una de sus novelas. Se me habían adelantado. La idea resultaba demasiado sugerente como para no ser aprovechada.
Con el tiempo, la línea 1 dejó de formar parte de mi recorrido habitual. Dejé de frecuentar aquel trayecto y aunque el hechizo de aquel pasaje oscuro y recóndito se convirtió en un recuerdo lejano y difuso, nunca dejé caer en el olvido la seductora emoción que me provocaba la visión de aquel insondable misterio entreverado de ruinas, historia viva y tinieblas. En torno al año 2000, algunos miembros provenientes de asociaciones de aficionados a la historia del ferrocarril y los trenes españoles alzaban sus voces alertando no sólo del deplorable estado de abandono de la vieja estación de Chamberí sino de la permisividad e indiferencia de las autoridades ante el continuo acceso de vándalos y artistas de medio pelo dispuestos a destrozar el lugar y ensuciar con pintadas los muros de aquel legado. La oportunidad de contar con un espacio cultural e histórico de tan pintorescas características era incuestionable. La estación había sido clausurada en 1966 dejando su interior intacto. Nada se reutilizó, nada se desmanteló. Por no recoger, ni siquiera se recogió el contenido de las papeleras de la estación. Simplemente, un día, se tapiaron los accesos y eso fue todo. El lugar resultaba ser una especie de «capsula del tiempo» en estado puro. Y tras mucho pelear, en aquellos inicios del nuevo siglo surgieron las primeras promesas de recuperar tan inestimable espacio para la historia de Madrid. Por desgracia, mientras las autoridades y los políticos se perdían en promesas populistas que dejaban siempre «para más adelante» la tarea, el deterioro de la estación se producía a pasos agigantados. Pandillas de imbéciles se colaban continuamente en ella con el único ánimo de destrozar día tras día aquel tesoro, como si el hacerlo les supusiese una especie de rito iniciático necesario para dar un paso más hacia la estulticia más deplorable. Pintadas, quema de carteles publicitarios, pérdida y destrucción del artesonado y la decoración original de la estación… Debo confesar que cada vez que escuchaba una de esas noticias, me invadía una amarga sensación de ira.
Bien. La solución ha llegado con algo de retraso pero más vale tarde que nunca. El pasado 24 de marzo, tras concluir las obras de rehabilitación iniciadas en el 2006 —y que de haber comenzado antes, hubiesen resultado más rápidas y menos costosas—, la vieja estación de metro de Chamberí ha reabierto sus puertas convertida en Andén 0, un museo de la historia del metro de Madrid. Se han rehabilitado andenes, taquillas, murales y paneles indicativos emulando el mismo aspecto que tenían en su época de mayor esplendor. Al parecer, han llevado a cabo un excelente trabajo —aún no he tenido ocasión de visitarlo pero lo haré a la menor oportunidad que tenga—. Sin embargo, hoy sí he vuelto a viajar en la línea 1 de metro. Y desde el túnel he podido divisar la vieja-nueva estación de Chamberí, ahora reconstruida, decorada e iluminada. La sensación ha sido de leve desencanto. Cierto es que se ha ganado un espacio para la historia de Madrid pero se ha perdido el embrujo, la leyenda, la cautivación que suponía atravesar aquel tramo de túnel entre sombras y vislumbrar durante escasos segundos los supuestos misterios escondidos tras un andén oscuro, vacío y fantasmagórico. Será que, en ocasiones como ésta, haya que perder un poco para ganar un mucho. Que así sea.
Parque Coimbra, abril de 2008