BATALLAS PERDIDAS
Pedro de Paz
Siempre me ha
resultado curioso comprobar como la mente es capaz de jugar de forma caprichosa
con tus recuerdos. Como las reminiscencias permanecen ocultas en los recovecos
de tu memoria hasta que una chispa fortuita hace brotar todo un torrente de
sensaciones que creías olvidadas y enterradas.
Hace unos meses
conocí a Fernando, lector, vecino y amigo. Contacté con él de forma casual a
través de un foro de Internet relativo a la localidad donde ambos convivíamos.
Desde ese momento, nuestra relación, aunque bastante esporádica, ha sido
continua. De cuando en cuando intercambiamos mensajes a través del correo
electrónico y hace unas semanas decidimos concertar una cita para conocernos,
hacerle entrega de un ejemplar de mi novela y charlar un rato. Fernando se
dedica al honroso oficio de bibliotecario y por cuestiones de incompatibilidad
de horarios y de distintos compromisos, decidimos citarnos un viernes por la
tarde en la biblioteca en la que él trabaja, durante su turno.
Por esos azares del
destino, Fernando desarrolla su labor en la biblioteca a la que yo solía acudir
a lo largo de mi infancia y parte de mi adolescencia. El día en cuestión acudí
a mi cita y me planté ante una puerta que no había traspasado en los últimos veinte
años. Nada más cruzar el umbral me sentí prisionero de una de las sensaciones
de «dejá vú» más intensas que haya experimentado nunca, una de esas
jugarretas de la memoria que comentaba. A ello contribuía de forma notable el
hecho de que el lugar no hubiese variado un ápice en todo ese tiempo. Allí
seguían aquellas estanterías de color madera repletas de libros; las mesas de
lectura en la misma disposición a cuando yo las visitaba; los percheros y la
mesa de recepción ubicados en idéntico lugar. Hasta el suelo enmoquetado me
parecía el mismo aunque obviamente ya no lo era. En una décima de segundo, me
sentí transportado en el tiempo y las conexiones sinápticas de mi cerebro
patinaron de forma ostentosa. Me vi a mí mismo allí sentado, leyendo y releyendo
textos que en aquel entonces me revelaban un mundo desconocido, un universo que
yo devoraba con ímpetu, con ansía, con una pasión como pocas veces he sido
capaz de sentir con posterioridad.
Evoqué cientos de
sensaciones. El cómo se transmutó el sentimiento que me generaba inicialmente
aquel lugar al que, en un principio, acudía por obligación, buscando material
que me ayudara a realizar los trabajos para el colegio —esa fue la forma en la
que, como muchos otros, supongo, yo descubrí el sugerente mundo de las
bibliotecas—, para más tarde, visitarlo por autentico interés, por puro placer
personal; las tardes de crudo y lluvioso invierno arrebujado en el interior de
aquella estancia descubriendo con ávida fascinación los comics de
Asterix mientras fuera, en la calle, los dioses hacían que el cielo cayera
sobre nuestras cabezas; la lectura apasionada de los ajados y mil veces
manoseados ejemplares de las historias de Tintín; el salir por la puerta
henchido de satisfacción por haber conseguido en préstamo algún solicitadísimo
ejemplar al que llevaba siguiendo la pista durante semanas. También rememoré
uno de los descubrimientos más fascinantes de mi infancia: las aventuras de «El
corsario de hierro» —ese sí era un tipo interesante y no esas julandronadas
de «El capitán Trueno» o «El Jabato»— o mi decisiva iniciación en
la lectura de los primeros libros «sin dibujos, sólo de letras», el
devorar con autentico entusiasmo las aventuras de «Los tres investigadores»
primero para después y con el tiempo, disfrutar de los textos de Conan Doyle,
Isaac Asimov, Julio Verne o Emilio Salgari. Todas esas sensaciones se
sucedieron en tan sólo una décima de segundo, desfilando por mi mente como una
película a cámara rápida.
Aquella tarde, la
biblioteca se hallaba semivacía. Tan sólo deambulaban por ella un par de
personas y en el tiempo que Fernando y yo estuvimos charlando no acudieron más
que otro par a lo sumo. El hecho me entristeció bastante. A mí, que considero
que dos de las mayores patrias, de las muchas patrias a las que todo ser humano
tiene derecho a disfrutar en esta vida, son las personas que ha amado y los
libros que ha leído, el hecho de convivir en una sociedad en la que el treinta
por ciento de sus miembros se vanagloria de no leer nunca siempre se me ha
hecho un poco cuesta arriba pero el contemplar de forma fehaciente que esa
situación no tiene visos de cambiar sino todo lo contrario y que esos
santuarios se pudren en soledad hace que se te parta el alma.
Al menos, no todo
fueron sinsabores. Tuve la agradable experiencia de conocer a alguien como
Fernando y ganar un amigo. El viaje, a pesar de todo, no fue baldío. Mientras
gente como él siga ahí, en su puesto, la batalla quizá no esté perdida del
todo. La esperanza es lo último que se abandona. Dicen.
Parque Coimbra, octubre
de 2005