ANTES MUERTO QUE FRANQUISTA

 

Pedro de Paz

 

En breve saldrá al mercado la novela Cosecharás verdugos del escritor Alfonso Ruiz de Aguirre. El texto narra en clave de ficción ciertos hechos ocurridos durante los inicios de la Guerra Civil en un pueblo del sur de España y en él se refleja, de forma fiel y mediante un profundo y acertado análisis, las distintas actitudes que la sociedad española de la época, principalmente la de ámbito rural, adoptó frente a la contienda que asoló este país hace setenta años y las muy diversas consideraciones que la condujo a tomar partido por los distintos bandos que participaron en ella. El motivo que me lleva a recomendar su lectura no es el hecho de que su autor sea amigo —que lo es— sino el que la novela sea probablemente uno de los retratos más amenos, lúcidos y coherentes sobre la sociedad española frente al horror de la Guerra Civil que he tenido ocasión de leer en mi vida. Y he leído unos cuantos.

 

Pero la razón que me impulsa a hablar de la novela de Ruiz de Aguirre no es concretamente su indiscutible calidad literaria sino otro hecho aparejado a su publicación que me ha llenado de estupor. Ruiz de Aguirre envió una copia del manuscrito a una conocida escritora a la que le une cierta amistad con el ánimo de que prologase la edición de su obra. Tras un par de semanas de espera, Ruiz de Aguirre recibió una carta de dicha autora en la que le comentaba que lo sentía muchísimo pero que le resultaba imposible el prologar el libro puesto que el contenido del mismo iba en contra de sus principios políticos y que ni deseaba ni estaba en condiciones de prologar una obra que podría tacharse de «revisionista» e incluso de «franquista». Cuando me enteré de la cuestión, me quedé estupefacto. Alfonso Ruiz de Aguirre puede ser muchas cosas —algunas de ellas incluso ignominiosas— pero lo de «franquista» jamás había entrado en mis esquemas. Lo que me dejó completamente atónito fueron las razones en las que dicha autora se basaba para argumentar tal afirmación: el texto era «franquista» no porque ensalzara el alzamiento ni porque glosara maravillas acerca de los sublevados sino porque trataba a los dos bandos por igual y hablaba de los honores y las miserias de ambos, sin denostar ni condenar lo suficiente al bando que se alzó en armas, a los «malos» de la película.

 

Yo he tenido ocasión de leer el manuscrito y por más que he mirado y remirado, del derecho y del revés, el enfoque me ha parecido correcto en todo momento. El texto, ambientado en los inicios de la contienda, está narrado en primera persona por un protagonista que no puede argumentar lo pérfidos que fueron «los malos» puesto que, en el momento en que transcurren los hechos, el protagonista carece de una distancia temporal suficientemente amplia que le permita reprobar muchos de los sucesos que ocurrieron a posteriori. De ahí la imposibilidad de condenar algo que, en el momento en el que transcurre la acción, aún no era lo suficientemente reprochable. Pero, al parecer, ese argumento no es merecedor de ser tenido en cuenta. Al parecer las premisas ideológicas, a ser posible afines a determinada tendencia, deben prevalecer sobre las coherencias literarias y argumentales. Aunque ello conlleve el crear una fábula casposa en lugar de una maravillosa novela.

 

Respeto profundamente la decisión de esa escritora. Sus motivos tendrá para tomarla y no soy yo quién para discutir las razones de nadie. Sin embargo, me incomoda sobremanera el trasfondo que se deduce de las razones argumentadas por dicha persona. Me recuerda demasiado a las declaraciones que hizo Caballero Bonald al afirmar de un determinado libro, ganador de un premio literario, que no era malo cualitativamente hablando sino que era «ideológicamente detestable». Al parecer, la premisa a cumplir es que la calidad literaria debe pasar a un segundo plano en pos una «limpieza de sangre», de una declaración de cristiano viejo que te permita demostrar a partir de tus textos que eres más demócrata, más liberal o más izquierdista que nadie. No basta con que lo seas. Debes demostrarlo aún a costa de pergeñar textos insulsos, vacíos y falaces en los que no se cuenta una historia coherente sino una historia «políticamente correcta».

 

Lo realmente triste de todo este asunto es la papanatería, la intransigencia y el fanatismo ideológico cerril que impide ver por encima de cualquier prejuicio estúpido lo que realmente se tiene delante de los ojos: una excelente historia literariamente hablando. Por ese motivo, creo que voy a aconsejar a mi amigo Alfonso que, la próxima vez, escriba una novela cuyos protagonistas sean los Teletubbies o los mundos de Yuppi. La trama quizá sea una mierda pero, al menos, nadie podrá acusarle de ser «ideológicamente detestable». Antes muerto que franquista. E incluso, que buen escritor.

 

Parque Coimbra, enero de 2006