ALTRUISMOS

 

Pedro de Paz

 

La otra noche estuve en compañía de Javier Puebla. Además de excelente escritor, Javier es un tipo ciertamente peculiar —en el más honesto, cariñoso y entrañable sentido del término— por el que siento un sincero aprecio. Excelente conversador y mejor persona, es de esos sujetos cuya sola presencia ya es capaz de transmitirte buenas vibraciones. Respecto a Javier, guardo una anécdota personal que nunca he contado a nadie, ni tan siquiera a él. El año en que quedó finalista del premio Nadal con su novela Sonríe Delgado —el 2004 si no recuerdo mal—, yo también optaba al premio con Muñecas tras el cristal. Por aquel entonces yo no lo conocía aún y cuando, como finalista, su foto apareció en la prensa pensé: «¡vaya!, ¿quién será este idiota que me ha ganado por la mano?». Cuando tiempo después nos presentaron y tuve ocasión de leer su libro, entendí perfectamente el motivo. Su novela, buenísima, no sólo era una digna representante del puesto de finalista sino que hubiese merecido ganar el certamen. Y dos años después de todo aquello, el destino puso en mis manos la posibilidad de que Javier me hiciese el honor de oficiar como maestro de ceremonias en la presentación literaria de Muñecas tras el cristal. La vida es así de imprevisible. Cómo decía, Javier y yo pasamos una agradable velada charlando sobre lo divino y lo humano, sobre libros y literatura, sobre el mundillo editorial y sobre el amplio anecdotario de la fauna literaria de este país —de la que Javier es un autentico connoisseur— acompañados de un par de cervezas y unos mejillones al vapor en una céntrica terraza de Madrid. El momento fue memorable, como muchos de los que he tenido la ocasión y el placer de compartir con Javier.

 

Pero la sorpresa llegó al final de la velada. Para rematar la noche como Dios manda —con unas copas por delante—, Javier me condujo a un curioso lugar. «Bar 21» se llama. Está ubicado en la calle Doctor Castelo, 21. De ahí la evidencia y la simpleza de su nombre. Su aspecto y atmósfera no difieren demasiado de una cafetería al uso a excepción de un detalle que, una vez en su interior, no suele pasar inadvertido: una parte de sus murales está cubierta de anaqueles repletos de libros. La peculiaridad del hecho reside en que esos libros están allí dispuestos para hacer uso de ellos sin ningún tipo de traba o reserva. Entras a tomar una cerveza, ves un libro que llama tu atención, lo coges y te lo llevas a casa. Así de simple. La única norma —que el sentido común y el decoro ya plantean— es que no puedes hacer acopio de un gran número de ejemplares de una sola vez. Coges uno o dos, te los llevas y una vez leídos, los devuelves. O no. Puedes devolver esos mismos u otros que tengas por casa y que no sepas que hacer con ellos. «¿Pero así? ¿Por el morro? ¿Sin hacerse socio de nada ni tomar nota de mi nombre ni del libro que me llevo?» le inquiría con escepticismo a Jesús, el gerente del local. «Efectivamente. Sin ningún trámite ni compromiso» me respondía con una sonrisa de satisfacción.

 

Jesús nos reveló a Javier y a mí el origen de aquella curiosa iniciativa. Surgió tras una mudanza en la que, al término de la misma, le sobraron un par de cajas de libros que no había tenido oportunidad de ubicar en ningún lado. Y antes de deshacerse de ellos, acordaron disponerlos en su bar para que la clientela hiciese uso de ellos. Y la peregrina idea funcionó. Y superó todas sus expectativas. Jesús nos contaba cómo la gente agradece cabalmente el voto de confianza y devuelve el gesto con creces, aportando nuevos ejemplares para sustituir a los que se han llevado con lo cual la biblioteca se renueva con cierta frecuencia. Y no se crean que el fondo bibliográfico del lugar es un compendio de ejemplares infumables o de saldo. El 21 no es un lugar donde uno se deshace alegremente de sus bodrios ni donde el texto de mayor interés que pueda encontrarse sea La cría del escarabajo tomatero en Cuenca. Desplegados a lo largo de los estantes puede encontrarse ejemplares de Conan Doyle, de Hemingway, de Cortazar, de Lorenzo Silva, de Pérez-Reverte... Desde best-seller de última hornada hasta autenticas joyas literarias, primeras ediciones olvidadas de los años sesenta y setenta. Todo un maravilloso horizonte ante el cual yo babeaba como el maldito perro de Paulov. Obvio decir que salí del local con un par de flamantes ejemplares bajo el brazo y una sonrisa de oreja a oreja.

 

Mucho me temo que, dando a conocer esta iniciativa, quizá esté arruinando la inteligente y arriesgada propuesta de Jesús y el Bar 21. Puede que, a partir de ahora, su local se termine llenando de jetas y gorrones capaces de arrasar con lo allí dispuesto y que, por no dar, no den ni las gracias. Que por MAD Madrid —como jocosamente la denomina mi amigo Javier— circula mucha de esta fauna. Pero una iniciativa de estas características no debe permanecer anónima. Debe ser voceada para ensalzar, aplaudir y reconocer su mérito a los artífices de la misma. Ellos han conseguido poner su granito de arena para que los libros, una vez leídos y disfrutados, no languidezcan cubiertos de polvo en cualquier estantería sino que tengan una vida ulterior más allá de su adquisición y lectura. Que su disfrute sea compartido y repartido de forma totalmente altruista entre completos desconocidos cuyo nexo de unión es la pasión por la lectura y la cordialidad de un gesto amigo. Ese tipo de actitudes no tienen precio. O no deberían tenerlo. Por ello, me descubro ante Jesús, el 21 y su iniciativa. Y brindo por ellos.

 

Parque Coimbra, agosto de 2006