Mentiras completas y verdades a medias



lunes 15 de febrero de 2010

Apariencias y aparentes


En el siglo XVII, el pleno Siglo de Oro, los viejos hidalgos de trapillo castellanos lucían palillo en boca y esparcían migas de pan sobre las solapas de sus jubones para hacer creer a los demás que acababan de comer opíparamente cuando la realidad era que no tenían un maravedí y, literalmente, se morían de hambre.

En el siglo XXI, el pleno Siglo de Silicio, los nuevos hidalgos de trapillo —castellanos o no— aparcan sus Mercedes, sus BMW o sus Audi A6 a las puertas del adosado mientras el banco les reclama la última de las letras por la vía de apremio y calzan Rolex chinos de imitación, pero su nevera está más vacía que los planes de economía sostenible de Zapatero.

No hemos cambiado tanto. Cierto. Ambas circunstancias son fruto de una grotesca e incomprensible ambición por aparentar lo que no se tiene, bien sea un anhelo de carácter moral, bien sea material. Pero una resulta ingeniosa. Y barata. La otra es simplemente fruto de una desmedida estupidez. Y para venir a obtener prácticamente el mismo resultado, salen sensiblemente más baratas unas migas de pan.

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domingo 10 de enero de 2010

Amanece

Desde la ventana de mi estudio veo amanecer. He visto amanecer muchas veces, pero muy pocas me he detenido a contemplarlo. Las líneas de sombra van tornando desde la negrura más intensa hacia un gris sucio, desvaído. Lejos, en la distancia, el horizonte va perfilandose a impulsos breves, minúsculos, al tiempo que el cielo adquiere una suave tonalidad irisada de vetas color salmón. Es domingo. La ciudad aún duerme y las calles aparecen completamente vacías, sin vida, como azotadas por un cataclismo tan desconocido como inquietante. Silencio. Un silencio espeso, tan mudo como sordo, azota los rincones. Y frío. Un frío inmisericorde que cala los huesos y el alma. Imagino el fin del mundo y puedo encajar en esas reminiscencias parte de lo que veo. Poco a poco, el albor va venciendo a las tinieblas que hasta hace unos momentos aprisionaban los lugares hasta donde alcanzaba la vista. Todo comienza a funcionar de nuevo como un reloj perfectamente ajustado. Una luz se enciende en alguna ventana. La gente se pone en marcha. Todo parece retornar a la normalidad, a la falsa paz de lo cotidiano. Todo despierta. Un día más. Aunque a veces no pueda evitar preguntarme que para qué.

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sábado 2 de enero de 2010

Orgullo

Marina me contó hace unos días que le gustaba inventarse historias. Que las cosas que veía, de repente, le sugerían ideas nuevas y que no podía evitar darles vueltas en la cabeza hasta encuadrarlas en una o varias ficciones. Y que le gustaría escribirlas. Mantuvimos una conversación en la que, con esa curiosidad tan propia de los niños, tan directa, tan ausente de dobleces, cortesías o medias tintas, me preguntó si, cuando yo era pequeño, ya sabía si quería ser escritor. Yo le expliqué lo mejor que supe —hablar con niños nunca ha sido mi fuerte— cómo surgió en mí la inquietud por escribir y le aconsejé en la medida de mis posibilidades cómo y en qué debía centrar sus esfuerzos para que las historias que quería escribir fuesen mejores.

Hoy me ha contado un argumento de su invención para un cuento.

Entendámonos. Obviamente, no es Proust. Aún. Con once años no se dispone de los recursos, el bagaje ni, sobre todo, las lecturas necesarias para manejarse con solvencia y oficio a la hora de encarar una historia, ni siquiera como diletante. Pero hay un poso, una chispa que deja intuir ciertas maneras. Posee una capacidad de inventiva fuera de lo común para su edad y trata de suplir sus carencias con mucha, mucha voluntad.

Parece que está verdaderamente entusiasmada con la cuestión. Admitiendo lo que puede de tener de fiable el entusiasmo de una niña de once años. Veremos adónde llega. Yo desconozco si, como referente, habré tenido algo que ver con esa decisión suya. Sea así o no, no puedo sentir otra cosa más que orgullo.


Feliz 2010 a todos.

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lunes 28 de diciembre de 2009

Últimos días

En estos últimos días he actualizado poco este blog, lo sé. O al menos, algo menos de lo habitual. Todo tiene su explicación. Por un lado, tampoco había mucho que contar. Durante las navidades, los eventos e historias que suelo reseñar en estas páginas se minimizan. No suelen producirse presentaciones, ni actos literarios, ni gaitas. Desde un punto de vista personal, tampoco ha habido novedades dignas de ser mencionadas. Y ya lo dijo el sabio: «si no tienes nada digno que decir, cierra la bocaza» —o algo así—. Y por otro lado, he estado algo ocupado echando a andar un side project en compañía de mi helmano Jerónimo Tristante, una gamberrada irreverente y tremendamente divertida —al menos para nosotros— llamada PANDEMONIO DE CAOS que os aconsejo visitéis.

Aun así, no quería dejar de pasar la oportunidad de despedir el año y la década que se marcha sin intercambiar un cordial deseo de bienaventuranza con todos aquellos que habitualmente cometen el dislate de visitar este blog y agradecer desde aquí el apoyo brindado —lo crean ellos o no— con sus visitas y comentarios. Saber que hay alguien ahí, al otro lado, es de ese tipo de cosas que hacen sentirse a uno algo menos solo cuando se pone a desvariar juntando palabras.

Nos vemos el año que viene. Espero. Feliz 2010 a todos. Sí, a ti también.

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lunes 21 de diciembre de 2009

Atrapado

Atrapado en casa. Por primera vez en mi vida. Nieve. Hielo. No hay cojones a salir de aquí. Caos. Desconcierto. Coches atravesados. Autobuses cruzados en mitad de las avenidas. Calles bloqueadas, intransitables. La gente chilla y blasfema juramentos en arameo. El Apocalipsis debe ser algo parecido a esto.

La calefacción puesta. El calor comienza a envolverte. Paladeo un chupito de hierbas —algo estrictamente terapéutico. Por la cosa de combatir el frío, ya me entienden—. Comienza a llover. El agua repiquetea en el tejado de la buhardilla. Enya desgrana una suave melodía en el equipo de música. En casa. A salvo.

It’s not too bad at all.


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lunes 7 de diciembre de 2009

Saludadle. Es un soldado español


Por circunstancias literarias relacionadas con la novela que estoy escribiendo me he visto en la tesitura de evaluar últimamente bastante documentación acerca del papel desempeñado por la División Azul durante la Segunda Guerra Mundial y de las desventuras acaecidas durante la campaña del frente ruso en la que participaron. A estas alturas del partido no voy a decir que vea con simpatía el trasfondo subyacente en la ideología de los divisionarios —no de todos, bien es cierto— ni su génesis, ni el hecho de que combatieran del lado de uno de los dictadores más mezquino e hijo de puta que ha parido la historia de la humanidad, pero leyendo textos al respecto —de fuentes lo más asépticas y ecuánimes posibles. Las hagiografías y los tebeos de Hazañas Bélicas, para quien les gusten— no he podido dejar de sorprenderme al redescubrir una vez más lo eternamente peculiar del carácter español, vaya a donde vaya y sea cual sea el motivo que lo impulse a encontrarse en una determinada situación. Es esa perpetua mixtura de trasnochada caballerosidad, honestidad fatalista, moralidad quijotesca y honorable tozudez que siempre ha acompañado al soldado español en la gran mayoría de sus periplos la que nunca deja de maravillarme, ya hablemos de la División Azul, de los maquis republicanos luchando en territorio ocupado —soldados eran al fin y al cabo—, de las tropas destinadas en Bosnia-Herzegovina, de los Tercios de Flandes, de la Armada Invencible o de la puta que nos parió a todos. No hablo del ejército español, no. Hablo del soldado español, del individuo o del grupo individualizado. De la vieja infantería. De la eterna historia del perfecto vasallo si tuviese buen señor. Del portador de ese carácter español, que para bien o para mal, es pasmo y rechifla de generaciones venideras.

Los integrantes de la División Azul fueron en su mayor parte soldados profesionales —un amplio número de sus efectivos eran suboficiales— alistados de forma «voluntaria» y destinados a combatir en el frente ruso a las órdenes del ejército alemán bajo la denominación de 250 Blaue Division. Una de sus principales peculiaridades era que la amplia mayoría de las situaciones geopolíticas, estratégicas o diplomáticas que preocupaban a sus aliados del III Reich se la traía al pairo. Ellos eran soldados, su cometido era combatir y con esa idea estaban allí. Punto. De ahí que casi la totalidad desconociese en un principio la política llevada a cabo por los nazis con relación a los judíos, gitanos, homosexuales y otros enemigos de la raza aria y también la infame Endlösung planificada por Hitler y su aparato de estado mayor. Y al que tenía alguna lejana referencia, pareciéndole mejor o peor, hacía como que miraba para otro lado. Esas historias ni le iba ni le venía. Esa aparente despreocupación hacia muchos de los aspectos que preocupaban a los politizados militares nazis les proporcionó más de un disgusto ya que, haciendo caso omiso a muchas de las directrices dictadas por las Wehrmacht —confraternización con la población civil de los territorios ocupados, tratamiento hacia los prisioneros rusos,…—, el divisionario solía incurrir en una indisciplina bastante deplorada por la cúpula militar de ejército alemán y sus jerarcas. Vamos, que, dentro de un orden, por activa o por pasiva, el divisionario actuaba las más de las veces según su criterio y hacía lo que le salía de los cojones. Pero, por otro lado, no es menos cierto que esa animadversión hacia la indisciplina de los españoles solía trocarse en sincera admiración cuando de demostrar su arrojo y valía en combate se trataba. Y al final quedaba una cosa por la otra. Célebres son las palabras atribuidas a Adolf Hitler: «Cuando veáis a un soldado en una cuneta, sucio, con la camisa desabrochada, aspecto desaliñado y un pitillo en la boca, saludadle. Es un héroe, Es un soldado español ». Y cierto es que fueron héroes. En el estricto sentido militar del término, ideologías aparte. Pero su idea era que ellos estaban allí para combatir en una guerra contra el comunismo y que las enajenaciones de la política nazi como que se la sudaban muy ampliamente. Y eso les permitía, dentro de unos determinados límites, actuar a su antojo ganándose el respeto de amigos y enemigos.

Para muestra de lo indicado en el primer y el segundo párrafo, un par de perlas encontradas en mis lecturas.

En cierta ocasión, tras una incursión, un batallón de la División Azul tomó posiciones en los alrededores de un grupo de pequeñas aldeas rusas. Para su sorpresa, la población de dichas aldeas estaba formada en su mayor por sefardíes descendientes de los judíos expulsados de España tras la Reconquista en 1492. El dialecto que hablaban aquellos aldeanos era una especie de castellano antiguo de fácil comprensión y a los divisionarios no les costó nada comunicarse y hacerse entender. La relación que se estableció entre ambos bandos fue tremendamente cordial a pesar de las circunstancias. Tres días más tarde llegaron al lugar los Einsatzgruppen —escuadrillas pertenecientes a las SS que, desde retaguardia, seguían el avance del ejército regular alemán durante las ofensivas de Polonia y Rusia con el fin de practicar a su paso una política de tierra quemada y exterminar a cualquier enemigo, mayoritariamente población civil, del régimen alemán— para cumplir con su macabro cometido. Los divisionarios allí desplegados se cuadraron ante ellos encargándose de hacerles saber de forma bastante expeditiva que, por su propio bien, más les valía salir de allí cagando leches, pasar de largo silbando con disimulo y «si te he visto no me acuerdo». Algunas fuentes aseguran que, gracias a esta acción, los aldeanos sefardíes sobrevivieron hasta el final de la contienda.

En mayo de 1942 un grupo de divisionarios llega a Varsovia camino del frente con el fin de efectuar el relevo de parte de las tropas allí destinadas. Hacen un alto en la estación de tren a la espera de que esté listo el convoy que los trasladará a territorio ruso. Durante la pausa, los soldados españoles, ajenos a muchas de las situaciones y circunstancias producidas en suelo ocupado, observan cómo un grupo de personas que portan una estrella de David cosida en la manga del brazo barre la estación y carga de un lado a otro con pesadas cajas de material y pertrechos. Entre el grupo distinguen a varias mujeres y niños de corta edad. Su aspecto, agotado, desnutrido, famélico, induce a la mayor de las compasiones. Uno de los suboficiales de la blaue se acerca a ellos y les ofrece parte de las vituallas que lleva en su mochila. Muchos de los soldados españoles imitan la acción de su oficial. Los prisioneros los observan con recelo, pero el hambre es mucha, la necesidad obliga y poco a poco, se van acercando a ellos para aceptar su ofrecimiento entre gestos de alborozo y agradecimiento. En ese instante varios oficiales de la SS presentes en la estación se dan cuenta de la jugada y, tras poner el grito en el cielo, reprenden con dureza a los soldados españoles. El suboficial español, en un tono calmado pero severo e inflexible, les hace saber a los SS que él «comparte su tabaco y su pan con quien se le pone en los cojones» (sic). El resto de soldados de la blaue hace suyas las palabras de su oficial y forman un corro alrededor de los SS con intenciones más que aviesas. Los SS se retiran de la estación sin dejar de lanzar miradas airadas hacia los soldados españoles que, entre gestos de sorna y mucha guasa, los observan marcharse. Al parecer, los SS elevaron una queja a sus superiores denunciando el «indecoroso comportamiento del grupo de soldados españoles». Finalmente la cosa no pasó a mayores y el asunto se dejó correr.

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sábado 7 de noviembre de 2009

Y al tercer día siguió resucitando...

jueves 5 de noviembre de 2009

Renacer

Volver a la vida. La bola extra de una máquina de pinball. Rasque y gane. Enhorabuena, ha conseguido usted su premio. Pase de nuevo por la casilla de salida. Try it again. Vuelva usted mañana.

Suerte de sensaciones. Las inspiradas tras ver a alguien muy querido superar, con éxito teñido aún de la natural suspicacia pero con inmejorables espectativas —toquemos madera—, una intervención de triple bypass coronario.

Enhorabuena por tu renacimiento, Juan. Nos alegramos todos. Muchísimo.

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jueves 29 de octubre de 2009

On thin ice

Hay una expresión en inglés que refleja de forma bastante precisa un estado de ánimo que últimamente frecuento más de lo que sería deseable: on thin ice. En la cuerda floja sería su referente en castellano. Esa sensación de precaria e ilusoria solidez que amenaza con romperse de un momento a otro y arrastrarte en su caída. Esa agobiante incertidumbre que no acabas de tener muy claro cómo o por dónde atajar. Esa intrigante sospecha de que todo el castillo de naipes organizado a tu alrededor va venirse abajo. Ese hastío y ese cansancio, cada vez más acentuado, por tratar de sostener lo insostenible.

Tratar de soportarlo sin solución de continuidad a la vista lo convierte día tras día en un poco más insoportable.

Pues eso. On thin ice.

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sábado 10 de octubre de 2009

Ajustando detalles

Bueno, por lo visto, el nuevo diseño de la página web ha sido todo un éxito. Parece gustar a todo el mundo. Incluso a mí. Sin embargo, algunos de los visitantes de esta página web echan de menos la sintonía que se escuchaba al acceder a ella. Por petición popular :-) he creado una nueva sección que, con el tiempo, iré completando con distintos ficheros de audio, incluyendo alguna que otra intervención radiofónica que tengo por ahí perdida por esos discos duros de Dios. Sólo tengo que encontrar dónde.

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lunes 5 de octubre de 2009

Cambios

En breve este blog y la web que lo contiene cambiarán de formato. Tras seis años manteniendo el mismo diseño, uno acaba un poco cansado de ver las cosas siempre del mismo color y con la misma distribución. Durante este fin de semana me he dedicado a replantear el nuevo diseño —nada del otro jueves. Funcional y de acceso sencillo—, a revisar los contenidos de mi actual website para seleccionar cuales pasan al nuevo formato y cuales se pierden para siempre y a bucear por mi disco duro en busca de contenidos nuevos que incorporar. Revisando esos viejos archivos he vuelto a reencontrarme con asuntos que había olvidado, con imágenes que ni recordaba y con esencias de momentos pasados que terminaron dando sus frutos, algunos dulces y otros amargos. Algunos de ellos tendrán cabida en la nueva web. Compartir es, en cierta medida, exorcizar. Relativizar las bajas ocurridas durante estos seis años y homenajear a aquellos que trajeron consigo los momentos gratos. Seis años. Seis intensos años en los que mi vida ha tomado un camino que, en su comienzo, incluso yo estaba muy lejos de predecir.

En breve este blog y la web que lo contiene cambiarán de formato. No estoy muy seguro de que sea lo único que cambie.

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viernes 18 de septiembre de 2009

Un año

Hoy hace un año que se puso a la venta El documento Saldaña. Un año ya. Doce meses plagados de fascinantes experiencias, algún sinsabor y muchas, muchísimas satisfacciones. 365 días desde que puse en manos de los lectores, legítimos destinatarios, el fruto de un ilusionado proyecto que saqué adelante con no poco esfuerzo personal. Y lo cierto es que, haciendo balance, no puedo arrepentirme del qué ni del cómo ni de lo obtenido en el trueque. La experiencia me ha servido para combatir muchas de las incertidumbres que permanecían enclaustradas en lo más profundo de un ánimo más frágil de lo que muchos creen intuir o aseveran conocer. La primera de ellas, que he sido capaz de llegar a donde quería y me propuse. La segunda, que estoy aquí para quedarme. Y la tercera, que hacer partícipe a la gente de un pedazo de tus sueños, convertirlos de alguna manera en parte de los suyos y llevarlo a cabo de la forma más honesta posible permite obtener a cambio un invaluable tesoro: su gratitud sincera e incondicional; un loable gesto del que, a lo largo de todo este tiempo, he obtenido muestras más que sobradas. Una retribución paradójica, casi esquizofrénica, porque deberían ser ellos los destinatarios de mi eterno agradecimiento. Pero así son las cosas. Yo no hice las normas.

Muchas gracias a todos.

Un año ya. Joder.

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jueves 17 de septiembre de 2009

Me han llamao Brusero

Mira que en esta vida me han llamado de todo, pero Brusero era de las pocas cosas que quedaban. El artículo pertenece a la edición de Castilla y León de El Mundo, día 02/08/2009. El detalle, en la foto. Más o menos en el centro. Pincha en ella para ampliarla.

[Mil gracias a la fuente que me la ha remitido, que prefiere quedar en el "economato"]

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miércoles 16 de septiembre de 2009

París - Addenda

De entre las fotos más simpáticas tomadas durante mi último viaje, me gustaría destacar la del escaparate de este restaurante oriental ubicado en la zona de St Paul. Creo que el nombre lo dice todo. Que pechá de reir.


Actualización: El amigo Sergio L. Sanz, maestro del PHOTOSHOP, me remite la localización de otro restaurante cuyo propietario es primo del anterior y que es lugar de solaz esparcimiento del popular El tío la vara



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martes 15 de septiembre de 2009

Bien vale una misa

París bien vale una misa. O dos. O como afirmaba el viejo cascarrabias, París es una fiesta. París es todo eso y mucho más. Tradicionalmente suele tacharse a los franceses en general y a los parisinos en particular de chauvinistas enfermizos. Y tal afirmación no resulta descabellada. Ese punto de gloria vana forma parte de su equipamiento de serie, va con la partida de nacimiento de los enfants de la patrie. Pero la diferencia con otros individuos de similar ralea y parecidos vicios es que el parisino puede permitirse holgadamente ese lujo, el de ufanarse de su orgullo patrio. Puede sustentar de sobra con hechos el motivo de sus pavoneos. Cuestión que no todo el mundo puede argumentar.

Pocos lugares hay en el mundo tan hermosos como París, una ciudad que exuda belleza, historia y acervo cultural por cada uno de sus poros. Cada rincón, cada plaza, cada calle, es un monumento al disfrute del visitante. Sea del tipo que sea. Desde el «modelo japonés», cámara en ristre y a toda pastilla de un lado a otro tratando de no perderse ninguna de la gran cantidad de maravillas que pueblan la ciudad al que, como es mi caso, prefiere pasar inadvertido en su calidad de turista, marchar casi de incógnito y tratar de disfrutar de aquellos rincones ajenos a las guías turísticas, que, curiosamente, suelen ser los más cercanos al corazón de la propia ciudad. Revolver con calma entre los puestos de los bouquinistes ubicados a la orilla del Sena sin preocuparme si llego tarde para subir a la torre Eiffel, a ver el Arco del Triunfo o debo sufrir la inmensa riada de gente que aguarda la ascensión a las torres de Notre Dame. Ya pasé por eso en mi primera visita. Ahora, en mi tercera —y las subsiguientes, que las habrá—, prefiero deambular bajo el tibio sol de otoño a lo largo y ancho de esa acogedora y tranquila maravilla que aún sigue siendo el barrio embutido en la pequeña isla de St Louis. O sentarme a tomar el sol en los jardines del Hotel de Sully en lugar de llegar, pronunciar «qué bonito» en voz alta, tirar las tres fotos de rigor y salir corriendo hacia el siguiente destino. O disfrutar de un whisky con hielo en una terraza del jardín de Louxemburg, junto a la fuente Medicis, para mi gusto, una de las más hermosas de la capital. O sentarme en una mesa del León de Bruxelles —una de las franquicias mejor llevadas que he visto nunca— y ponerme hasta las trancas de mejillones condimentados de las más diferentes maneras, todas ellas deliciosas. O visitar de nuevo Shakespeare & Co, una de las más entrañables, peculiares y eclécticas librerías de París —y del mundo, me atrevería a decir—, y cumplir con el ritual de depositar en su tablón de visitantes un recuerdo en honor a la tácita tradición de comunicar a los posteriores asistentes tu particular grito de «yo estuve aquí». O tomar una copa en la terraza de Aux trois mailletz, en la calle Galande, a medio camino entre la iglesia de St Severin —de seguro recuerdo para los lectores de El documento Saldaña— y la acogedora St Julien le Pauvre. El local es igual de caro que el resto —París no es nada barato, particularmente en lo relativo a las bebidas alcohólicas—, pero el servicio no se reduce a la limitada medida estandard (4 cl. de alcohol) sino que es un poco más a la española —chorreon de alcohol en el vaso hasta que les parece que está bien. A ellos o a ti—. Tantas y tantas gratas experiencias. Tan pequeñas, tan nimias, tan insignificantes... tan necesarias.

Paro aquí. Tan sólo hace un día que he regresado y ya comienzan a asaltarme los ecos de la nostalgia. Lo único cierto, lo único que sé es que, si la salud y la fortuna acompañan, volveré. Y con eso me basta. Por el momento.

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lunes 31 de agosto de 2009

Ha terminado. Comenzamos.

El verano ha terminado. ¿Qué aún quedan algunos días? Claro que sí ¿Que restan jornadas de calor y buen tiempo? Por supuesto. Pero no les quepa duda de que el verano ha terminado. Ya he hablado de ello en alguna ocasión. En septiembre, los cronómetros se ponen a cero y da comienzo una nueva etapa. Para muchos —entre los que me incluyo— los años no comienzan en enero, comienzan en este mes. Tras la holganza estival, la rentrée siempre conlleva nuevos enfoques, proyectos interesantes e ilusiones reverdecidas. Pilas cargadas, bríos renovados. Y a ello nos disponemos. Empezando por retomar los contenidos de este blog, un poco abandonados últimamente, a qué negarlo. Pero la culpa es exclusiva de los calores, no de falta de ganas. La desidia veraniega es lo que tiene. Pero uno ya tenía ganas de acometer las nuevas ideas que rondan por la cabeza. Que Dios nos coja confesados. A todos.

Welcome to the jungle

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lunes 17 de agosto de 2009

Raras nostalgias

Uno de los recuerdos de mi infancia que atesoro con mayor nostalgia es una serie de dibujos animados llamada Ulises 31. Era una serie rara, bastante atípica para la época. No trataba de unos perros que ejercieran de mosqueteros ni de un gnomo llamado David que era siete veces más fuerte que tú. Aquello era otra cosa. Su origen, inspirado en La odisea de Homero, ya suponía toda una peculiar declaración de intenciones para ser una serie destinada —en teoría— al público infantil y su planteamiento resultaba original e interesante: Ulises vivía en el siglo 31, su barco es una nave espacial y en lugar de surcar los mares, surcaba el espacio interestelar. Simplemente brillante. No era la típica serie que hacía excesivas concesiones —algunas había— a aquello que podíamos denominar infantilidad. Había un robot payaso llamado Nono —ya he dicho que había algunas concesiones—, pero sus guiones planteaban situaciones hasta cierto punto demasiado crudas, con trasfondos y conflictos comprensibles en todo su contexto por un público más bien adulto y su ambientación era bastante oscura, casi tétrica. Desde el punto de vista conceptual, resultaba un salto tremendo si venías de ver Heidi o Marco.

Pero había algo más. Algo que sobresalía por encima de toda esa conjunción de aciertos y logros: su banda sonora. No, no me refiero a las sintonías de inicio y final. Me refiero a eso que, en las películas, los ingleses llaman score y que nosotros siempre hemos denominado la musiquilla de fondo de las escenas. Era realmente extraordinaria. Melodías emotivas, a medio camino entre el rock progresivo y la música épica —muy del gusto de la época—, plagadas de sintetizadores y guitarras distorsionadas combinadas con gusto exquisito. Hasta a mí, que por la época tan sólo era un melómano incipiente, me resultaban de lo más llamativo, llegando a repetir en mi video —por aquella época, un Betamax— una y otra vez una determinada escena tan sólo por el placer de escuchar la música que la acompañaba.

Tras investigar un poco —ahora mismo no podría afirmar por qué me ha dado, casi 30 años después, por tal gilipollez. Quizá algún deja vú musical, alguna melodía escuchada que ha hecho saltar el interruptor en mi cabeza. O será que chocheo. Las sinopsis neuronales es lo que tienen—, descubro que la música de Ulises 31 fue compuesta por Denny Crockett e Ike Egan. Ambos fueron en su día músicos de acompañamiento habituales de The Osmonds, banda que, además de ser considerada la respuesta blanca a The Jackson Five, fue una de las formaciones más celebradas del pop y el rock americano durante los años setenta. Al parecer, también han participado como asesores musicales en varias series de televisión. Son músicos de amplia trayectoria y reconocida experiencia.

Pero hablábamos del score de Ulises 31. Y precisamente a raíz de ese asunto salta la sorpresa. Descubro que un grupo musical francés llamado Parallax ha solicitado permiso a ambos para llevar a cabo un proyecto denominado Ulysse 31 soundtrack revisited con el fin de reinterpretar y reorquestar los mejores fragmentos del score de la serie Ulises 31. Por lo que veo no era yo el único pirado al respecto. Obtenido el permiso, aquí está el resultado de su trabajo. Y ahora uno tiene ocasión de volver a disfrutar de joyas como L’attaque des tridents o La poursuite. Pequeñas obras maestras.

Escúchalo. Merece muy mucho la pena.

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martes 11 de agosto de 2009

Llegar tarde

Recuerdo aquel curioso EMAIL recibido en junio del 2006 y que inicialmente tomé a coña. El texto decía algo así cómo: «Ignoraba tener un pariente que firma como yo y que con ese nombre ha escrito un libro sobre Durruti, del cual me gustaría poseer un ejemplar para apreciar ese gran descubrimiento, el del hombre que mató a Durruti». Lo firmaba un tal Abel Paz. «Mucho cachondo suelto por la Inten-né», pensé. Aún así, lo contesté. Con reticencias y sin saber muy bien por qué, pero lo hice. Al cabo de unos días recibí respuesta, en esta ocasión de una persona que decía gestionarle el correo electrónico —cuestión comprensible teniendo en cuenta que Abel Paz, al menos el auténtico, rondaba los 85 años y, aun así, era un hombre tremendamente activo y ocupado— y hablar en su nombre. En la respuesta se daban datos, pelos y señales acerca del viejo anarquista biógrafo de Durruti, incluyendo su dirección, un teléfono de contacto y el ruego de que lo llamase ya que a Abel le gustaría hablar conmigo. El asunto dejó de parecerme una broma. El que a la mayor autoridad mundial sobre la figura de Durruti le apeteciese hablar conmigo no lo era. En absoluto. Llamé. Y pasé quince deliciosos minutos charlando con un viejete encantador y, aparentemente, algo cascarrabias —postura perfectamente admisible en alguien con un periplo vital que le permitía estar de vuelta de todo— que me decía, con sorna y mucha retranca, que quería saber «quién había matado a Durruti». Intercambiamos comentarios, alguna confesión y le pregunté ciertas dudas que atendió amablemente. Quedé en enviarle un ejemplar de El hombre que mató a Durruti y me consta que lo recibió y que, muy probablemente, lo leyó. Desconozco la opinión que le mereció mi divertimento novelistico ya que no volvimos a mantener contacto, pero sospecho —a tenor de la conversación que mantuvimos— que no comulgó demasiado con lo expuesto en mi texto. Quedé en visitarle si alguna vez iba por Barcelona. Esa visita nunca se produjo.

Hoy me he enterado que falleció hace cuatro meses. Lamento no haberlo sabido antes.

Que la tierra le sea leve, Don Diego.

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lunes 27 de julio de 2009

Pura magia

Pura magia. Un torrente eléctrico se introduce en tus oídos, te traspasa, sacude tu cuerpo y eriza tu piel. La secuencia de notas estremece cada una de tus terminaciones nerviosas y hace estallar tus sentidos. Trallazos cadenciosos, armónicos, que provocan un estado de bizarra euforia, un sentimiento vibrante que agarrota tu garganta hasta formar un nudo imposible de aflojar. Las escalas suben y bajan recorriendo rangos imposibles, desde el sonido más bronco y estremecedor hasta el más agudo y brillante, combinándose entre sí, conjugándose para formar líneas melódicas capaces de conmover hasta el rincón más profundo de tu alma. Y cuanto todo acaba, cuando todo termina, un escalofrío recorre tu espalda dejando tras de sí el poso de una emoción que transciende más allá de tu consciencia. Y lo único que deseas es volver a escucharlo, volver a sentirlo de nuevo. Una y otra vez.







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lunes 8 de junio de 2009

Sketches from the book fair

Estupirdez (mezcla de estupor y estupidez)

Los autores firmantes en la Feria del Libro saben de lo habitual que resulta el que los paseantes te confundan muy a menudo con los libreros. Te preguntan cuanto vale tal o cual libro y si tenemos lo último de Larsson. Una mujer que ronda la cuarentena se encamina hacia la caseta con paso firme y decidido arrastrando tras ella a un niño de unos diez años. La típica marimaruja ejecutiva de traje chaqueta con el cuatro por cuatro aparcado a la puerta del adosado, cara de no te pases que te meto, actitud resuelta y armas tomar. De estas que van por la vida diciendo Aquí están mis tacones. Se dirige a mí confundiéndome con el librero. Con actitud displicente me pregunta si tengo lo último de... no sé. Un libro infantil. P'al niño. Supongo. Ante el enésimo equívoco y con actitud claramente distendida, exenta de reproche, parafraseo la famosa sentencia de Francisco Umbral y le digo:

—Lo lamento. No sabría decirle. No soy librero —Imposto la voz y exhibo una sonrisa de oreja a oreja—. Yo he venido aquí a vender mi libro.
—Ya, pero yo no he venido aquí a comprar tu libro.
— ...
— ...

Denso silencio. Incómodo. Si las palabras cortasen, el tajo habría sido de impresión.

—Lo lamento. Discúlpeme —le digo mientras doy un paso atrás y miro hacia otro lado.

No sé. Quizá no sabía quién era Paco Umbral.

Tengo testigos del incidente.


Reencuentro

—Perdona, ¿tú vives en Alcorcón?

La voz surge del interior de la caseta y proviene de mi espalda. Alguien se dirige a mí mientras aguardo a que lleguen los miles de fans a los que debo firmar. Me giro y encuentro un rostro difusamente familiar. Sé que lo conozco, pero no logro ubicar el contexto.

—Viví durante muchos años en Alcorcón, pero ya no.
—Y fuiste al instituto Jorge Guillén, ¿verdad?

El rostro difuso comienza a aclararse algo pero aún le falta un puntito.

—Sí.
—¡Joder!, si yo soy Fulano de Tal. Fuimos juntos a la misma clase durante dos o tres cursos.

La imagen se aclara de golpe, como si alguien descorriese una cortina y la estancia se llenase de luz.

—¡Claro, coño! Claro que me acuerdo. Tú ibas siempre en compañía de Mengano y Zutano.

El susodicho resulta ser uno de los manager account de la editorial Planeta y estaba por allí para echar una mano y dar cobertura a la Feria. Me dice que él me descubrió a mí hace meses, cuando, entre sus labores de comercial, tuvo que dedicarse a la promoción de El documento Saldaña. Que enseguida me reconoció pero que, hasta hoy, no había tenido ocasión de coincidir conmigo. La conversación ha sido breve. Él tenía que dedicarse a sus cosas y yo a las mías.

Me ha hecho ilusión el reencuentro.

Joder. Hace casi 25 años. Las vueltas que da la vida.


Entrañable

Se llama Francisco. No me ha dicho su apellido. Tras haberme buscado por toda la feria —por error anunciaron mi firma en una caseta que no era—, el hombre al fin logra dar conmigo. Dice que quiere hacerme un regalo. Extrae una hoja de una carpeta y me lo entrega. Es una sopa de letras hecha por él mismo en la que se ocultan las palabras del primer párrafo de El documento Saldaña. A cambio tan sólo quiere que le firme el boceto original del diseño del pasatiempo. Recojo el papel que me tiende y lo firmo por detrás. Conmovido por el gesto, me quedo bloqueado y me sale un churro de firma.

Si alguna vez vuelvo a encontrármelo, le estamparé la firma más bonita que haya hecho jamás.



Naturalidad

Cervezas post-firma. Charla con amigos, conocidos y amigos de conocidos. Una de las personas del grupo, a la que no conozco, no cesa de observarme con mirada curiosa pero cuando le dirijo la mía e intento que ambas se crucen, desvía la suya con cierto apuro. No sé. Quizá nos conozcamos de algo. En otro momento. En otra vida. A veces pasa. Me dirijo a ella.

—Perdona, ¿nos hemos visto antes?
—No.
—Es que como he visto que me mirabas mucho pero no me decías nada pensé...
—Es que me impone mucho hablar contigo
—Pero, ¿por qué?
—Porque eres un autor reconocido que ha publicado con una gran editorial. Tienes tres novelas en la calle, una de ellas incluso traducida. Acudes a mesas redondas y das charlas. Firmas en la feria del Libro de Madrid. No sé. Me resulta muy chocante que estés aquí, tomando cervezas con nosotros. Se supone que la gente como tú se mueve en otros ámbitos, que estáis un poco por encima de estas cosas, que os dedicáis a pensamientos profundos y menos mundanos.
—El día en que me convierta en esa imagen que tienes de mí, dame dos hostias, Aquí, en mitad de la cara, ¿vale?



Addenda: imprescindible la entrada de hoy de mi amigo, el escritor Miguel Baquero. Cómo le envidio al fulano ese tono entrañable-jocoso que emplea cuando se pone a filosofar. Hilarante la imagen del lector y el autor firmante a guantazo limpio mientras en megafonía se anuncia el evento. Un monstruo.

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martes 26 de mayo de 2009

Puñetazos en la cara

Hace poco encontré de forma casual el video de una artista conocida como Pink interpretando una canción que supongo muchos conocerán —parece ser que tiene un par de años largos—, pero que yo desconocía ya que el estilo de dicha cantante no entra dentro de mis preferencias musicales habituales. La estremecedora canción se titula «Dear Mr. President» y su fuerza no solo reside en lo hermoso de su voz y su melodía. Reside en la conmovedora forma en la que transmite su mensaje. Demagogo dirán unos, maniqueo otros. Me da igual. En mi opinión es uno de los más bellos puñetazos en la cara de determinadas conciencias que he visto en mi vida.

Disfrutadlo.

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miércoles 29 de abril de 2009

La persistencia de la memoria

Hacía años que no sabía de ella. Ni la más mínima pista. Los jirones de mi memoria habían perdido todo rastro de su reminiscencia, toda certeza de haber estado instalada alguna vez entre sus recovecos. Y hoy, casualmente, he vuelto a escucharla. Y he vuelto a estremecerme con la misma intensidad con la que lo hice la primera que la escuche, 25 años atrás. Otro tono, otro ritmo, otra voz. Pero el mismo sentimiento de encontrarse frente a algo grande. Algo muy grande.

Es lo que tienen las obras maestras. Y los genios.

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domingo 19 de abril de 2009

Viejas sensaciones casi olvidadas

Madrugada. Acabo de poner punto final al borrador definitivo de mi última novela. Ahora ya sólo queda por delante la tediosa tarea de revisar, repasar, corregir y pulir. Un par de meses a lo sumo. Y en estos momentos, sólo, en el silencio de mi despacho, mientras brindo con whisky por el destino de la nueva criatura, no puedo evitar que, de entre el humo que flota en el aire, broten viejas sensaciones casi olvidadas. La satisfacción que supone concluir una travesía plagada de tormentas y calmas que ha durado casi dos años. El vacío interior sentido tras vomitar sobre el papel la historia que se ha llevado dentro durante todo ese tiempo. La despedida de esos personajes que, a fuerza de convivir contigo, terminas por considerar íntimos amigos. El amargo desencanto que produce pensar que el resultado final siempre podía haber sido mejor. El miedo, repetitivo y casi perenne, a la incertidumbre de que lo sudado, lo sufrido y lo gozado durante ese periodo de tu vida realmente no interese a nadie. Y la ilusión de suponer exactamente lo contrario.

Fuera, en la calle, siento la lluvia repiquetear sobre los tejados mientras empapa las calles desiertas. Evocador epílogo para un momento como éste. Estrello el cigarrillo en el cenicero, apuro el último sorbo de whisky y apago la luz del despacho. Todo queda a oscuras. Cae el telón. Mañana será otro día. Otra jornada en la que poder dar el pistoletazo de salida en pos de una nueva historia, de otro enfoque, de otros personajes, de otras nuevas vidas por escribir. Una vuelta al comienzo.

Una nueva forma de revivir viejas sensaciones casi olvidadas.

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lunes 30 de marzo de 2009

Desequilibrio

Hoy, las musas han tenido a gala visitarme y han traído bajo el brazo una idea para una nueva novela. Una buena novela.

Tengo ideas para desarrollar y escribir casi media docena de novelas.

Apenas dispongo del tiempo justo para escribir la lista de la compra.

Maldita sea mi estampa.

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domingo 29 de marzo de 2009

Esencias

El aroma de un tórrido día de verano
de cielo agostado
y efluvios de mies recién trillada.

El olor de leña en las chimeneas
mientras paseas por callejuelas olvidadas
y la gelidez del aire acaricia tu rostro.

La hierba recién cortada
rebosando vaharadas de clorofila
a través de las heridas infligidas.

La fragancia de aquel delicado perfume
que jamás volverá oler de la misma manera
en la piel de otra mujer

Esencias.
Evocadores destellos capaces de trasladarte
con un rápido chasquido de dedos
a un tiempo y a un lugar
en el que, un día, fuiste feliz.

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miércoles 18 de marzo de 2009

Jirones de nostalgia

(A Jorge Alonso de Armiño, que se marchó en contra de su voluntad. Y de la nuestra).

Hoy
entre brumosos jirones de nostalgia
han regresado a mi memoria
aquellas memorables tardes
de humo, sudor, rabia y rock and roll.

Todos apiñados en el local de ensayo
haciendo ruido como demonios
y tú, golpeando la batería
como si la vida te fuese en ello.

Éramos felices
con muy poco, a nuestra manera.
No pedíamos tanto.
Tan sólo unas breves dosis de música,
unas cervezas, unas risas
y una noche cálida y estrellada
que cobijase nuestras ilusiones al término de la velada.

Dicen
que Dios no juega a los dados.
Es cierto. Estoy convencido.
No juega a los dados.
El muy cabrón juega al poker.
Y lo hace con cartas marcadas.

Porque, al final, la vida no te fue en ello.
Simplemente, la muy hija de puta,
se marchó a traición una turbia noche de marzo.
Y borró de un demoledor golpe todos tus sueños
desgarrando a su vez los nuestros.
Nos privó a todos de placeres necesarios.
A ti, de ver crecer a tus hijos.
A nosotros, de continuar disfrutando de tu insustituible presencia.

Todos salimos perdiendo
en aquel trágico lance
que nadie pudo siquiera imaginar.
Jamás.

Y aquí seguimos.
Echándote de menos
entre brumosos jirones de nostalgia.
Hoy.

Siempre.


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domingo 1 de marzo de 2009

El mundo no es una mierda, al fin y al cabo

Hoy, una llamada telefónica me ha colmado de satisfacción. Hace año y medio escribí un artículo a modo de desahogo personal. Un buen amigo necesitaba que le abriesen los ojos y yo, dentro de mis posibilidades, traté de hacerlo. Aquello, además de un desahogo, fue una botella lanzada al mar con un mensaje que, para mi fortuna, terminó llegando donde debía. Hoy he recibido la feliz confirmación de ello. Y junto a esa llamada telefónica, con la buena nueva, llegaba una muestra de sincero y honesto agradecimiento. Una muestra tácita, subrepticia, sobreentendida… La clase de muestras que provienen de los verdaderos amigos, de aquellos que no necesitan decirte nada para decírtelo todo.

Hoy alguien me ha hecho el favor de hacerme sentir mejor persona.

Con vuestro permiso, esto es lo que escribí hace año y medio.



HOY ME HAN CONTADO

Hoy me han contado que has tocado fondo. Que estás hasta los cojones, que no aguantas más. Que de no ser por esas dos criaturas y por tu mujer, a los que adoras, habrías preparado el petate y te habrías echado al monte sin dudarlo un instante. Me han contado que te han rescindido el contrato temporal a media jornada que tenias la «suerte» de poder compatibilizar con un segundo trabajo a jornada completa —a costa de levantarte mucho antes del alba y regresar casi ya de anochecida— y que te permitía, mes a mes, cubrir parte de los gastos de tus hijos, sobrellevar el timo del Euro que nos clavaron hace ya cinco años y que soportamos de forma estoica «por el bien de la Europa común» y arrastrar la interminable hipoteca de un piso que cuesta cuatro veces más de lo que vale.

Me lo ha contado tu mujer, con el rostro demudado y los ojos arrasados, ocultos tras unas impenitentes gafas oscuras, mientras compartíamos un café en la mesa de un bar. También me ha contado que teme por ti. Que teme que el día menos pensado cometas una locura. Que, cuando crees que duerme, ella te ha sentido enterrar el rostro en la almohada y desgranar sollozos de rabia e impotencia. Me ha contado que, a pesar de su grave lesión de espalda, a pesar incluso de tu rotunda e inapelable negativa, está dispuesta a volver a trabajar con tal de dejar de verte sufrir. Sin tragedias. Sin reproches. Ella conoce. Ella comprende. Son quince años juntos y eso da para mucho. Sabe perfectamente que siempre has procurado darles, a ella y a los niños, lo mejor de ti mismo pero que, al mismo tiempo, las entrañas te queman por la responsabilidad asumida en solitario, por pensar que las estrecheces de tu familia son culpa tuya. Que te reconcome la idea de que, tras años de ardua lucha, puedas haberlos fallado. Y, por ese motivo, ella tiene miedo. Mucho miedo. Sabe, aunque tú no hayas mencionado una sola palabra, que te estás planteando, como único recurso para sacarlos adelante, el volver a recorrer ese peligroso camino que una vez abandonaste. Esa senda turbia y oscura que prometiste no volver a recorrer. Un camino que no conduce a ningún lugar y del que casi nunca se termina regresando porque tan sólo es de un sentido. Siempre lo ha sido. Siempre lo fue.

Tú debes de saberlo mejor que nadie. Fuiste de los pocos que volviste.

Eres una buena persona. Lo sé. He podido comprobarlo en numerosas ocasiones. Lo he visto en decenas de gestos, triviales en apariencia, pero que, ante ojos avisados, permiten descubrir la materia de la que está hecha una persona. Te he visto perder para que otros saliesen ganando porque así creías que debías hacerlo. Te he visto ayudar sin esperar nada a cambio a quien, quizá sin merecerlo, lo ha necesitado. Te he visto regresar a base de fuerza de voluntad y coraje de donde a otros no se les permite retornar jamás. Te he visto trabajar y pelear como una bestia para encauzar tu vida. Como también te he visto desviar la mirada, huidiza, azorada, cuando te has visto obligado a pedir dinero prestado —para que tus hijos comieran hasta fin de mes. Tú no lo dijiste nunca pero yo lo sabía— y he visto tornar esa vidriosa mirada en cálida y agradecida cuando han puesto el dinero en tus manos sin hacer preguntas, sin alusiones que pudiesen resultarte incómodas o humillantes. Te he visto componer una resignada mueca, a medias desolada y a medias comprensiva, cuando tu hijo de siete años, con su inocencia infantil, ha venido a contarte lo grande que es el coche que se ha comprado el papá de su amiguito y te ha preguntado que cuándo compraríais vosotros uno así. Y te he visto explicarle, con infinita ternura y paciencia, hasta hacerle entender el motivo por el cual debéis seguir aferrados a ese Peugeot que, de puro viejo, se cae a pedazos.

Por ese motivo me gustaría decirte que no te preocupes. Que lo vas a lograr. Que, al margen de que los amigos estemos o dejemos de estar cuando haga falta, a las personas como tú no les queda más remedio que terminar saliendo adelante. Porque no puede ser de otro modo. Porque no podemos permitirnos el lujo de que sea de otra manera. Porque si las personas como tú no lo logran, ¿qué mierda de enseñanza nos queda de todo esto? ¿Que los íntegros fracasan? ¿Que lo auténticamente importante y trascendente en la vida es ser un sinvergüenza y subsistir a costa de vender la dignidad? Tus hijos no se merecen recibir una lección de ese calibre. No es esa la enseñanza que desearías darles y lo sabes tan bien como yo.

Sólo quería que lo supieses. Que, en los malos momentos, estamos ahí, para lo que necesites. Y que en los buenos, la única pretensión de los que te rodeamos es que sigas siendo lo que siempre has sido. Una buena persona. Un hombre honrado que luce su honestidad con orgullo. Un buen marido. Un buen padre. Un lujo de amigo. Un indispensable compañero.

Tan sólo he querido recordártelo. Por si acaso lo hubieses olvidado.



Que los vientos te sean propicios, querido amigo. Donde quiera que el Destino desee llevarte.

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lunes 2 de febrero de 2009

Blues

[Imagen propiedad de Víctor Gil]

Diluvia. Las nubes se abren como si no hubiera un mañana y descargan a plomo su líquido equipaje. Desde la ventana observo cómo la lluvia salpica las calles y viste el día de un tono sucio y gris. Naufrago más allá del cristal, con la mirada perdida en el horizonte, la cabeza embotada y decenas de turbios pensamientos revoloteando alrededor como moscas cojoneras. Uno tiende a reflexionar sobre lo peor de sí mismo en días como los de hoy. Temores. Recelos. Incertidumbres. Me aparto de la ventana y cojo la guitarra. Rasgueo con desgana. Sólo surgen melodías macilentas, anegadas de acordes menores y séptimos. Lo dejo. Me siento ante el ordenador. Nada. Sólo percibo un inmenso vacío. Las palabras no fluyen. Se encasquillan, se atoran, se enredan en la nebulosa que conforman mis penosas abstracciones. Zozobro ante el teclado como un barco sin timón ni dueño. Y siento cómo, poco a poco, la carta náutica que traza mi derrota va señalando un rumbo sin puerto.

Y la maldita lluvia no cesa de caer.

Hay días en los que la vida parece un asco. Gracias a Dios, son pocos días. Y tan sólo lo parece.

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sábado 10 de enero de 2009

No lo sé

No lo sé
No deseo saberlo.
Desconozco cuál será mi mañana.
Dónde, cómo o con quién finalizaré mi camino.
Si mis sueños terminarán por cumplirse
o se perderán en sórdidos vericuetos.
No lo sé
No deseo saberlo.

Porque no me importa. Ni me preocupa.
Porque no es relevante.

Tan sólo necesito saber cuál es mi hoy.
Vivir y disfrutar cada momento
no como si fuese el último sino el único
y asumir complacido
que mi única patria
se encuentra en el corazón de la persona
junto a la que despierto cada mañana.

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martes 23 de diciembre de 2008

Christmas 2.0 (The Matrix) - The end of an age

Hace años, por estas fechas, los ímprobos funcionarios de correos llenaban los buzones de cartas y tarjetas navideñas. En los últimos tiempos, dicha tradición ha sido sustituida por otra de diferente manifestación, pero idéntico calado: la felicitación electrónica. Por estas fechas, quien más y quien menos diseña y pone en circulación su particular forma de transmitir sus buenos deseos a los demás, haciéndolo a través de una imagen, una animación, un dibujo, un sonido o un mensaje multimedia que lanza más allá del ámbito de su ordenador para hacerla llegar a sus seres más apreciados —e, incluso, llegado el caso, a su familia—, surcando los océanos cibernéticos en busca de esos áridos puertos que suponen las bandejas de entrada de los correos electrónicos. Muy bonito todo.

Resulta curioso comprobar cómo, en estas fechas, dicha bandeja se va llenando, acumulando, una tras otra, felicitaciones, sinceros deseos y muestras de cariño llegadas de los más diversos rincones y personas. A pesar del paso del tiempo, a pesar de las innovaciones, resulta evidente que lo que cambia es el medio, las formas, pero el mensaje se mantiene invariable. Siendo más bien poco proclive a participar de tanta bonhomía estacional y tanta felicidad de baratillo que se da en estas fiestas —los que me conocen podrán dar fe de ello—, me consta la sincera buena intención imbuida en muchas de esas botellas lanzadas al mar internáutico. Y que yo sea contrario a determinadas manifestaciones festivas durante estas fechas no significa que no albergue buenos deseos para todos aquellos a los que aprecio. Por ello, entre dientes y aún jugándome el choteo y los reproches de muchos de mis amigos y conocidos, no puedo por menos que emplear estos medios tecnológicos a los que antes hacía mención y aprovechar la oportunidad brindada por este blog para desearos a todos:



UN


FELIZ


Y


PROSPERO


2009


(¡Hala!, ¡ya está!, ya lo he dicho... ¿Os habéis quedado contentos?)

Aprovecho la ocasión para comentaros que me tomo un respiro en la actualización de estas páginas y que, salvo primicia o emergencia a notificar, nos veremos por aquí el año que viene.

Un fuerte abrazo a todos.

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lunes 15 de diciembre de 2008

Bettie Page. In Memoriam

Semblante travieso, rostro juvenil de exóticos rasgos, boca sensual y cuerpo voluptuoso, con las redondeces justas en los lugares adecuados. Me observa desde el fondo de mi escritorio con ojos pícaros y un impostado mohín, a medias sorprendido, a medias descarado, apoyada sobre una atracción de feria. Su mirada me desarma. No sólo su mirada. Su nombre era Bettie Page, la reina de las pin-ups. Esta legendaria diosa, ícono de varias generaciones, alcanzó su época de mayor esplendor durante los años 50 cuando a muchos de sus admiradores aún nos quedaban unos cuantos años para dejarnos caer por este mundo y extasiarnos con sus encantos. En sus inicios, Bettie trató de hacer sus pinitos en el mundo del cine sin demasiada fortuna, pero el éxito acabaría llegándole como modelo erótica donde destacó por su peculiar peinado, su provocadora desinhibición, su exultante sensualidad, sus rotundos atributos y, sobre todo, por sus poses dotadas de una perversa ingenuidad, de una turbadora y estudiada inocencia que trascendía más allá del objetivo de la cámara. Pionera en el arte de posados bondage y sadomaso, ídolo del fetichismo para todos los que enloquecemos ante la gloriosa estampa de unas medias con costura y unos zapatos de tacón bien llevados y fuente de admiración para hombres y mujeres, su efigie y su estética —imitada posteriormente hasta la saciedad— se ganó el fervor de una legión de alborozados devotos que veían en ella la imagen de un inalcanzable sueño transmutado en emulsión fotográfica. Un entusiasmo que ha perdurado en el tiempo más allá de sus años de plenitud. Y todas esas son razones suficientes para que, en el día en que Bettie decidió partir para ocupar el lugar del Olimpo que le corresponde, muchos de sus rendidos seguidores hayamos querido brindarle un cálido y sencillo homenaje. Todos esos son motivos suficientes para que su recuerdo permanezca entre nosotros por mucho tiempo.

Hasta siempre, Bettie.



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miércoles 22 de octubre de 2008

Rockin' over the world


Pura fachada. Mi virtuosismo es bastante más limitado que el que aparenta la imagen.

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domingo 5 de octubre de 2008

Mis mujeres


«A Chon, mi princesa»
(El hombre que mató a Durruti)

«A Marina, Jennifer y Carla. Tres bellezas de bandera»
(El documento Saldaña)

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Recuerdos

Durante el verano de 1987, por motivos que no vienen al caso, tuve la inmensa fortuna de realizar un viaje por la costa oeste de Estados Unidos. Un viaje iniciático en muchos aspectos. Los Ángeles, Monterrey, Santa Bárbara, San Francisco, Las Vegas... Recuerdo aquel viaje y sus anécdotas con mucho cariño. Yo era un pardillo de 17 años y muchas de aquellas vivencias me pillaban muy de nuevas. Recuerdo mi apuro y mi prurito frente a la posibilidad de tener que comunicarme en inglés, una lengua que no era la mía y que apenas chapurreaba, y mi gran sorpresa al comprobar cómo la cultura hispana estaba tan extendida e integrada en la zona hasta el punto de que en todos los lugares terminaban atendiéndome en español. Conservo entre los recovecos de mi memoria entrañables anécdotas al respecto. Recuerdo cómo no podía adquirir cerveza por motivos de edad —aún no tenía los 21— a pesar de consumirla de forma habitual y sin ningún tipo de pudor, trabas o prejuicio en mi país natal. Recuerdo mis esfuerzos por solicitar durante el desayuno un café con leche y un bollo y hacerlo a duras penas hasta que el camarero se percataba de mi origen y mis circunstancias y me espetaba con la mejor de sus sonrisas un «¿Qué desea tomar el señor?» en un castellano tan perfecto que me rompía los esquemas y el alma. Y aún conservo como el más preciado de los tesoros algo que adquirí durante ese viaje: mi gusto por la comida mejicana. Entendámonos. Nunca he estado en Méjico y la primera vez que me deleité con el sabor de la comida mejicana fue en un restaurante de Los Ángeles con lo que tampoco puedo afirmar que la auténtica comida oriunda de Méjico me encante. Pero lo que me vendieron como tal me entusiasmó —eso, la cerveza Coronita y el tequila reposado— hasta tal punto que, una vez de vuelta a España, no ceje en mi empeño hasta probar todos y cada uno de los restaurantes de Madrid en los que se servía ese tipo de gastronomía —que en aquella época (estamos hablando de 1987) tampoco eran tantos—. Tras probar uno tras otro durante un tiempo, al final terminé por encontrar mi propio grial. No podía asegurar que fuese la comida mejicana más «auténtica» pero sí que, de todas las probadas, fue la que más me satisfizo en cuanto a preparación, texturas y sabores. Un pequeño y acogedor restaurante en las inmediaciones de Plaza de España.

Y allí sigo acudiendo desde hace 20 años. Un lugar en el que me encuentro como en mi casa hasta el punto de que el jefe de mesas y yo, tras todo este tiempo, nos saludamos como viejos amigos. 20 años son muchos años. Y durante este tiempo, en aquel restaurante, he tenido ocasión de ver de todo. Desde el paso de personas de cierta fama —recuerdo a Constantino Romero comiendo en más de una ocasión en la mesa de al lado— hasta rupturas de pareja en plena cena. Y si, además de por su tranquilidad, su trato afable y su ambiente acogedor, hay algo por lo que me gusta particularmente ese lugar es porque su apariencia y su aroma permanece invariable con el paso de los años, haciéndome recordar aquellos momentos lejanos en los que aquel tipo de cocina era poco menos que una excentricidad, un placer para paladares avezados y yo, un petimetre con decenas de ilusiones en los bolsillos. Continúa haciéndome recordar un tiempo en el que yo era otro, en el que otras inquietudes muy distintas a las actuales perturbaban mi conciencia. Un tiempo en el que mis sueños se ceñían a aspectos tan peculiares como lejanos ya en el tiempo. Y, aparte de para continuar disfrutando de su excelente cocina, ese es uno de los principales motivos por el cual me gusta seguir acudiendo a aquel lugar: para, de tarde en tarde, recuperar parte de aquella esencia perdida. Para recuperar el espíritu de aquel joven atolondrado, estúpido y soñador que un día fui y al que, a cada día que pasa, me cuesta evocar en cualquier otro contexto. A aquel joven al que, en demasiadas ocasiones, me cuesta reconocer frente al espejo en el que me miro todas las mañanas. Y, por ese motivo, ruego a Dios para que ese lugar no cierre nunca. Que siga allí eternamente. O, al menos, que continúe abierto por mucho tiempo. Todo el necesario. Como digo, para poder recuperar parte de esa esencia ya perdida.

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jueves 24 de julio de 2008

Encrucijada



Inmerso en la negrura de una insana incertidumbre,
demasiado solo en un mundo demasiado frío,
un extraño en tierra extraña
al que atormenta la duda del camino a tomar
en esta encrucijada salvaje y hostil.

La responsabilidad cercena cualquier atisbo de locura,
cualquier posibilidad de huida hacia adelante.
Te impide canjear la cálida trinchera en la que subsistes
y cambiarla por el placer de sentirse libre, de sentirse vivo.
Al borde del abismo, uno siempre se debate
ante la determinación de retroceder. O quizá saltar.

Pero sea cual fuere la decisión última,
la conclusión resulta ser, invariablemente, la misma:
la única compañía con la que siempre puedes contar,
la que nunca te abandona en tu periplo
es la de tus propios fantasmas.
Tanto es así que, al final, hasta terminas por considerar acogedora
su hueca, vacía y vana presencia.

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jueves 17 de julio de 2008

Noche de tormenta


[Imagen cedida por reutC]

Verano. Madrugada. Una brisa incandescente se filtra a través de las ventanas del dormitorio, abiertas de par en par, provocando que cada uno de tus poros supure vaharadas de calor. De pronto, negras nubes se arremolinan en torno a un cielo sombrío y ardiente mientras un intenso olor terroso se apodera del aire. Durante unas décimas de segundo, un destello pinta las paredes del dormitorio de un suave tono azul eléctrico anunciando la tempestad a punto de embestir. Segundos después, un rumor sordo retumba en el aire emulando un lejano tambor de guerra. La lluvia comienza a hacer su aparición, tímida y suave primero, ruidosa y apremiante después. Gotas gruesas y compactas repiquetean furiosas sobre el candente asfalto levantando a su paso una etérea cortina de vaho que se eleva hacia el cielo formando a su paso translucidas hilachas de vapor. Su imagen se revela fantasmagórica al trasluz de la amarillenta luz de las farolas. Fuera, en la calle, se desata un infierno líquido.

El estampido bronco y violento de un trueno cercano revuelve su sueño. Bajo las sábanas, se encoge como un cachorrillo asustado y se ciñe a mí con fuerza buscando refugio en mi pecho. Puedo palpar su temor, sentir su agitada respiración fluir sobre mi piel. La abrazo con ternura mientras susurro quedamente tratando de infundirle una serenidad que incluso a mí me cuesta sentir. Sus cabellos rozan mi rostro fingiendo aleteos de mariposa. El roce de su cuerpo, cálido y tibio, evoca un placer puro, limpio, ajeno a cualquier tipo de connotación. Poco a poco, voy sintiendo cómo sus músculos se relajan y su miedo va desapareciendo, fluyendo, diluyéndose entre los regueros de lluvia para, a los pocos minutos, sumergirse de nuevo en el sosiego de un sueño sin fantasmas.

Desvelado, estrecho el cerco de su cuerpo, entorno los párpados y me dedico a escuchar cómo la lluvia se precipita mansamente sobre el asfalto. Si existe la felicidad debe ser algo muy parecido a esto. Sé que mañana será otro día, pero, por mí, en estos momentos, el mundo puede irse al carajo si así lo desea. Tengo lo que quiero. No necesito más.

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