
Por circunstancias literarias relacionadas con la novela que estoy escribiendo me he visto en la tesitura de evaluar últimamente bastante documentación acerca del papel desempeñado por la División Azul durante la Segunda Guerra Mundial y de las desventuras acaecidas durante la campaña del frente ruso en la que participaron. A estas alturas del partido no voy a decir que vea con simpatía el trasfondo subyacente en la ideología de los divisionarios —no de todos, bien es cierto— ni su génesis, ni el hecho de que combatieran del lado de uno de los dictadores más mezquino e hijo de puta que ha parido la historia de la humanidad, pero leyendo textos al respecto —de fuentes lo más asépticas y ecuánimes posibles. Las hagiografías y los tebeos de
Hazañas Bélicas, para quien les gusten— no he podido dejar de sorprenderme al redescubrir una vez más lo eternamente peculiar del carácter español, vaya a donde vaya y sea cual sea el motivo que lo impulse a encontrarse en una determinada situación. Es esa perpetua mixtura de trasnochada caballerosidad, honestidad fatalista, moralidad quijotesca y honorable tozudez que siempre ha acompañado al soldado español en la gran mayoría de sus periplos la que nunca deja de maravillarme, ya hablemos de la División Azul, de los
maquis republicanos luchando en territorio ocupado —soldados eran al fin y al cabo—, de las tropas destinadas en Bosnia-Herzegovina, de los Tercios de Flandes, de la Armada Invencible o de la puta que nos parió a todos. No hablo del ejército español, no. Hablo del soldado español, del individuo o del grupo individualizado. De la vieja infantería. De la eterna historia del perfecto vasallo si tuviese buen señor. Del portador de ese carácter español, que para bien o para mal, es pasmo y rechifla de generaciones venideras.
Los integrantes de la División Azul fueron en su mayor parte soldados profesionales —un amplio número de sus efectivos eran suboficiales— alistados de forma «
voluntaria» y destinados a combatir en el frente ruso a las órdenes del ejército alemán bajo la denominación de
250 Blaue Division. Una de sus principales peculiaridades era que la amplia mayoría de las situaciones geopolíticas, estratégicas o diplomáticas que preocupaban a sus aliados del III Reich se la traía al pairo. Ellos eran soldados, su cometido era combatir y con esa idea estaban allí. Punto. De ahí que casi la totalidad desconociese en un principio la política llevada a cabo por los nazis con relación a los judíos, gitanos, homosexuales y otros
enemigos de la raza aria y también la infame
Endlösung planificada por Hitler y su aparato de estado mayor. Y al que tenía alguna lejana referencia, pareciéndole mejor o peor, hacía como que miraba para otro lado. Esas historias ni le iba ni le venía. Esa aparente
despreocupación hacia muchos de los aspectos que preocupaban a los politizados militares nazis les proporcionó más de un disgusto ya que, haciendo caso omiso a muchas de las directrices dictadas por las
Wehrmacht —confraternización con la población civil de los territorios ocupados, tratamiento hacia los prisioneros rusos,…—, el divisionario solía incurrir en una indisciplina bastante deplorada por la cúpula militar de ejército alemán y sus jerarcas. Vamos, que, dentro de un orden, por activa o por pasiva, el divisionario actuaba las más de las veces según su criterio y hacía lo que le salía de los cojones. Pero, por otro lado, no es menos cierto que esa animadversión hacia la indisciplina de los españoles solía trocarse en sincera admiración cuando de demostrar su arrojo y valía en combate se trataba. Y al final quedaba una cosa por la otra. Célebres son las palabras atribuidas a
Adolf Hitler: «
Cuando veáis a un soldado en una cuneta, sucio, con la camisa desabrochada, aspecto desaliñado y un pitillo en la boca, saludadle. Es un héroe, Es un soldado español ». Y cierto es que fueron héroes. En el estricto sentido militar del término, ideologías aparte. Pero su idea era que ellos estaban allí para combatir en una guerra contra el comunismo y que las enajenaciones de la política nazi como que se la sudaban muy ampliamente. Y eso les permitía, dentro de unos determinados límites, actuar a su antojo ganándose el respeto de amigos y enemigos.
Para muestra de lo indicado en el primer y el segundo párrafo, un par de perlas encontradas en mis lecturas.
En cierta ocasión, tras una incursión, un batallón de la División Azul tomó posiciones en los alrededores de un grupo de pequeñas aldeas rusas. Para su sorpresa, la población de dichas aldeas estaba formada en su mayor por sefardíes descendientes de los judíos expulsados de España tras la Reconquista en 1492. El dialecto que hablaban aquellos aldeanos era una especie de castellano antiguo de fácil comprensión y a los divisionarios no les costó nada comunicarse y hacerse entender. La relación que se estableció entre ambos bandos fue tremendamente cordial a pesar de las circunstancias. Tres días más tarde llegaron al lugar los
Einsatzgruppen —escuadrillas pertenecientes a las SS que, desde retaguardia, seguían el avance del ejército regular alemán durante las ofensivas de Polonia y Rusia con el fin de practicar a su paso una política de
tierra quemada y exterminar a cualquier
enemigo, mayoritariamente población civil, del régimen alemán— para cumplir con su macabro cometido. Los divisionarios allí desplegados se cuadraron ante ellos encargándose de hacerles saber de forma bastante expeditiva que, por su propio bien, más les valía salir de allí cagando leches, pasar de largo silbando con disimulo y «
si te he visto no me acuerdo». Algunas fuentes aseguran que, gracias a esta acción, los aldeanos sefardíes sobrevivieron hasta el final de la contienda.
En mayo de 1942 un grupo de divisionarios llega a Varsovia camino del frente con el fin de efectuar el relevo de parte de las tropas allí destinadas. Hacen un alto en la estación de tren a la espera de que esté listo el convoy que los trasladará a territorio ruso. Durante la pausa, los soldados españoles, ajenos a muchas de las situaciones y circunstancias producidas en suelo ocupado, observan cómo un grupo de personas que portan una estrella de David cosida en la manga del brazo barre la estación y carga de un lado a otro con pesadas cajas de material y pertrechos. Entre el grupo distinguen a varias mujeres y niños de corta edad. Su aspecto, agotado, desnutrido, famélico, induce a la mayor de las compasiones. Uno de los suboficiales de la
blaue se acerca a ellos y les ofrece parte de las vituallas que lleva en su mochila. Muchos de los soldados españoles imitan la acción de su oficial. Los prisioneros los observan con recelo, pero el hambre es mucha, la necesidad obliga y poco a poco, se van acercando a ellos para aceptar su ofrecimiento entre gestos de alborozo y agradecimiento. En ese instante varios oficiales de la SS presentes en la estación se dan cuenta de la jugada y, tras poner el grito en el cielo, reprenden con dureza a los soldados españoles. El suboficial español, en un tono calmado pero severo e inflexible, les hace saber a los SS que él «
comparte su tabaco y su pan con quien se le pone en los cojones» (sic). El resto de soldados de la
blaue hace suyas las palabras de su oficial y forman un corro alrededor de los SS con intenciones más que aviesas. Los SS se retiran de la estación sin dejar de lanzar miradas airadas hacia los soldados españoles que, entre gestos de sorna y mucha guasa, los observan marcharse. Al parecer, los SS elevaron una queja a sus superiores denunciando el «
indecoroso comportamiento del grupo de soldados españoles». Finalmente la cosa no pasó a mayores y el asunto se dejó correr.