Mentiras completas y verdades a medias



martes 20 de octubre de 2009

Fallece Al Martino

Me entero por el blog del periodista Santiago Gonzalez que ha fallecido Al Martino. El nombre quizá nos diga poco. O nada. Cantante melódico de los años sesenta y setenta, de origen italiano —su auténtico nombre era Alfred Cini—, su carrera estuvo trufada de pequeños y relampagueantes éxitos de los cuales la balada Spanish eyes fuese quizá el más popular.

Pero Al Martino interpretó para la gran pantalla el papel de Johnny Fontane, ese trasunto de Frank Sinatra cuyo cinismo, temores y ambigüedad moral tan certeramente perfiló Coppola. Quizá Martino no fuese un exquisito actor ni su personaje, trascendental para la trama en la que intervenía, pero su devenir dio lugar a una de las más impactantes escenas de una de las mejores películas de la historia del cine.


Es curioso cómo, en muchas ocasiones, más de las que nos gustaría admitir, los grandes momentos están hechos de pequeños retales.

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lunes 27 de julio de 2009

Pura magia

Pura magia. Un torrente eléctrico se introduce en tus oídos, te traspasa, sacude tu cuerpo y eriza tu piel. La secuencia de notas estremece cada una de tus terminaciones nerviosas y hace estallar tus sentidos. Trallazos cadenciosos, armónicos, que provocan un estado de bizarra euforia, un sentimiento vibrante que agarrota tu garganta hasta formar un nudo imposible de aflojar. Las escalas suben y bajan recorriendo rangos imposibles, desde el sonido más bronco y estremecedor hasta el más agudo y brillante, combinándose entre sí, conjugándose para formar líneas melódicas capaces de conmover hasta el rincón más profundo de tu alma. Y cuanto todo acaba, cuando todo termina, un escalofrío recorre tu espalda dejando tras de sí el poso de una emoción que transciende más allá de tu consciencia. Y lo único que deseas es volver a escucharlo, volver a sentirlo de nuevo. Una y otra vez.







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martes 14 de julio de 2009

Memento mori. La estética del drama

Su nombre es Enrique Metinides y ha sido, probablemente, uno de los más grandes fotógrafos de la historia. Un clásico a la altura de Agustín Centelles o Robert Capa. Lo peculiar en el caso de Metinides era el motivo habitual de sus fotos: retrataba tragedias. Y fue uno de los mejores en su campo. No tanto por lo osado del planteamiento como por lo perturbadoramente artístico del resultado. Metinides inició su carrera como fotógrafo de prensa de diarios sensacionalistas y tabloides mexicanos. Su primera fotografía de un cadáver la tomó cuando tenía doce años. Lleva lidiando con la muerte toda su vida. Conoce sus secretos. Sabe manejarla, situarla, colocarla. Ponerla guapa. Contemplando sus fotos, uno no puede evitar sentir cierta fascinación virulenta por esa mezcla tan peculiar y revulsiva de estética y muerte. La plasticidad de sus instantáneas resulta sumamente inquietante. Contienen algo, un matiz perturbador que cautiva.

Ha sido comparado en numerosas ocasiones con los más grandes, particularmente con Weegee por lo similar de sus planteamientos. Weegee trampeaba en muchas ocasiones sus escenarios. Metinides aprovechaba las posibilidades de lo que encontraba tal cual. Intuía de una forma natural cómo y dónde poner el ojo en el detalle concreto, convirtiendo la tragedia en la visión de un esteta. Y aunque a priori pudiese parecer que mantienen una cierta similitud, su caso tampoco resulta comparable al de Joel Peter Witkin. En éste último, lo más reseñable es el grotesco bizarrismo que preside sus cuidadas y estudiadas composiciones mientras que Metinides posee, simplemente, una habilidad innata para lograr el encuadre perfecto. Witkin es un artista concienzudo; Metinides, un animal de la fotografía.



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lunes 25 de mayo de 2009

Forjando rebeldes

A estas alturas del partido nadie pone en duda que la trilogía La forja de un rebelde de Arturo Barea es una de las obras maestras de la literatura española del siglo XX. Novela, memoria, autobiografía, autoficción. Testimonio directo de una época precaria y convulsa, La forja de un rebelde logra capturar la esencia de un tiempo decisivo para el devenir de la historia de España y transmitírnosla con la clarividencia y la sobriedad de estilo necesarias para poder reconocer en el texto, sin ambages, su excelente valía documental.

Lo que muy pocos conocen es que la afamada trilogía pudo haber sido, en realidad, una tetralogía. O casi. Junto a la popular saga autobiográfica, Barea escribió una cuarta obra titulada La raíz rota en la que narraba en clave de ficción —al contrario que en sus tres anteriores volúmenes— lo que pudo ser y no fue aportando a la saga la visión de una peculiar pseudoucronía, la visión de un deseo que Barea jamás pudo llevar a cabo: el retorno del exilio de Antolín Moreno, un trasunto del protagonista de La forja, que lo es a su vez de sí mismo, y el amargo desarraigo del que se vio obligado a romper con todos los lazos que lo unían a sus raíces y al que, al regresar, le resulta imposible reconocer un atisbo de aquello que en su día dejó atrás .

Dicha obra sólo conoció una única edición en castellano, publicada en Buenos aires en 1955 por Santiago Rueda. Jamás se editó en España.

Ahora, la editorial Salto de Página —que, poco a poco y con pasos concienzudamente medidos, se va asentando cada vez con mayor peso en el panorama editorial para seducirnos con obras imprescindibles— rescata esta obra del olvido, editándola por primera vez en España. Poco más se puede decir. Sí, una cosa. Cómprenla y disfrútenla. Y si aún no han tenido ocasión de deleitarse con la trilogía de La forja, hagan la jugada completa. No se arrepentirán.

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viernes 22 de mayo de 2009

Rozar el cielo con los dedos

Beacon Theater, NYC. 19/03/2009. Warren Haynes, la actual Allman Brothers Band, y Eric "God" Clapton sobre un mismo escenario. Tocan Layla.

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miércoles 20 de mayo de 2009

Sos grande, Carlitos. Muy grande

Ayer se celebró en la Casa de América la presentación de Pero sigo siendo el rey, la última novela del simpar Carlos Salem. Sin ánimo de sumergirme en el típico peloteo endogámico entre amigos puedo decir sin faltar a la más pura verdad que se trata de una de las mejores novelas que he leído en mucho tiempo. El mejor Salem en su estado más puro y vibrante. Si queréis saber de qué va la novela, os remito a la ficha editorial. Pero me gustaría transcribiros algunas de las palabras que pronuncié ayer durante el acto de presentación, en el que Carlos me hizo el honor de permitirme ejercer de maestro de ceremonias.

«..."Pero sigo siendo el rey" podría inscribirse dentro del género de lo que llamamos novela negra. Y digo podría porque sus inicios son fieles a los cánones de dicho género. José María Arregui, un ex policía de puño fácil y querencia por el disfraz, reconvertido en detective privado, recibe en su despacho la visita de Zuruaga, un siniestro personaje que pretende contratarlo. Más canónico imposible. Pero ahí termina el tópico. Lo que viene a continuación, aún manteniendo el tono de una novela de intriga perfectamente engrasada, se adentra sin ambages en el más genuino "territorio Salem", un territorio a veces disparatado, a veces surrealista, hilarante siempre, conducido por una particular y cautivadora forma de narrar, un pulso continuamente sostenido y, sobre todo, una manera de concebir unos excelentes personajes a base de esculpirlos más que perfilarlos. La novela nos va conduciendo a través de un peculiar periplo por una España tan atemporal como ausente de referencias geográficas en la que encontraremos una gran variedad de personajes variopintos "made in Salem" como Sosiris, el adivino retrovisor, Cabo, el director de orquesta que perdió su sinfonía, la fiel Rosita o los primos Saravia, evidentes trasuntos de esa España que siempre encuentra un motivo para seguir enemistada y el que, como personaje, es el gran descubrimiento y el mayor logro de la novela: el mismo rey Juan Carlos [...] Casi dan ganas de hacerse monárquico y todo...»

Poco más puedo —y quiero— añadir. Bueno, sí, una cosa: cómprate la novela. Ya tardas.

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miércoles 29 de abril de 2009

La persistencia de la memoria

Hacía años que no sabía de ella. Ni la más mínima pista. Los jirones de mi memoria habían perdido todo rastro de su reminiscencia, toda certeza de haber estado instalada alguna vez entre sus recovecos. Y hoy, casualmente, he vuelto a escucharla. Y he vuelto a estremecerme con la misma intensidad con la que lo hice la primera que la escuche, 25 años atrás. Otro tono, otro ritmo, otra voz. Pero el mismo sentimiento de encontrarse frente a algo grande. Algo muy grande.

Es lo que tienen las obras maestras. Y los genios.

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jueves 12 de marzo de 2009

Sencillamente... espectacular. No tengo palabras.

No se trata de la postproducción de este corto, una obra maestra en sí misma (su autor es un reputado profesional en el campo de los efectos digitales que ha formado parte del equipo de series como Deep Space Nine o Perdidos). Se trata de la historia. Para que luego digan que la inventiva está agotada, que la originalidad, pérdida, que la sensibilidad ha desaparecido y que ya no se puede sorprender con la misma intensidad de antes. Pura poesía visual.

Ole sus santos cojones.

«World Builder» (2009) de Bruce Branit (9:16)



Bonus track: una antigua muestra del trabajo del mismo autor.

«405» (2000) de Bruce Branit (3:03)



(Mi más sincero agradecimiento para mi amigo, el escritor Pedro Martínez Corada, por descubrirme esta impresionante obra de arte)

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