Mentiras completas y verdades a medias



jueves 21 de enero de 2010

Iniquidad

Yo era de los que solía enunciar con cierta frecuencia que el ser humano nunca dejaba de sorprenderme. Ya no. Ya suelo decirlo más bien pocas. Hace tiempo que dejó de sorprenderme para pasar a asquearme directamente. Apenas ha transcurrido una semana de la que ha sido y es, sin duda alguna, la catástrofe natural más terrible de los últimos 100 años y en el lugar del desastre los muertos aún se pudren a miles en las calles cuando ya ha comenzado a aflorar una de esas facetas tan hija de puta, tan pérfida, tan aciaga, tan propia del ser humano. Gracias a Dios no de todo el género, pero sí de muchos de sus elementos más despreciables.

La codicia.

No me estoy refiriendo al tema de los saqueos, una actividad que, aunque deplorable, resulta plenamente comprensible en un contexto de extrema necesidad como el que discurre en Haití. En estos días se ha tratado de vivir o morir, literalmente, y contra eso no hay argumentos. Hablo de aquél que se lucra con la desgracia ajena, que cuanto más extrema resulta, más beneficios le reporta y al que la magnitud y la trascendencia de la misma —no olvidemos que no es sólo que Haiti haya sufrido una catástrofe natural. Es que ha desaparecido del mapa como nación, como entidad y casi como identidad— se la trae completamente al pairo. Ya comienzan a llegar las primeras noticias, los primeros ecos, de cómo las mafias revenden productos de primera necesidad a precios desorbitados, cobran por gestionar alguna conducción de agua rota de la que se han apropiado y sobre la que han montado vigilancia armada y trafican y abusan sexualmente con menores huérfanos. Y lo que nos quedará aún por leer.

Cada día me asquea más el ser humano, pero, sinceramente: no sé de qué coño me sorprendo.

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jueves 14 de enero de 2010

Naturaleza selectiva


La tragedia ha llegado como suele: inesperada, implacable e impredecible. No puedo evitar pensar que la naturaleza, salvaje a veces, indolente otras, ingobernable siempre, posee extraños y oscuros criterios a la hora de sembrar la desolación que acostumbra cuando decide desperezarse. Que posee un oculto y desconocido mecanismo de selección que le conduce a golpear siempre donde sabe que hará más daño. Donde la miseria suele ser ya de por sí un insalvable handicap para la vida diaria. Como ha ocurrido en Haiti. Para detener el golpe de sus zarpazos poco podemos hacer. Somos minúsculos David ante un imponente Goliath que siempre nos superará en fuerza y presencia. Es a la hora de lamernos las heridas infligidas cuando tenemos la oportunidad de poner de nuestra parte. Hoy es otro el damnificado. Pero nunca olvides que mañana puedes ser tú. La naturaleza nunca hará distingos en ese sentido. Ahora es el momento de aportar algo. Antes de que sea más tarde. Echemos una mano. No hablamos de limosna. Hablamos de solidaridad.

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jueves 17 de diciembre de 2009

Tonto es el que dice tonterías

El subdirector general de Patrimonio Histórico Artístico del ministerio de Defensa, D. Álvaro Martínez-Novillo, exhortó al Museo del Ejército de Toledo para que retirase las referencias a Francisco Franco de los textos que ilustran algunas exposiciones, citando especialmente el texto referido desembarco de Alhucemas. ¿El motivo? Según los argumentos del señor subdirector general, tales circunstancias contravienen la Ley de la memoria Histórica de forma concreta y explícita. Leamos la argumentación.

«El art. 15.1 de la Ley 52/2007 –conocida como de la Memoria Histórica– es muy terminante en cuanto a las “menciones conmemorativas, de exaltación, personal o colectiva, de la sublevación militar, de la Guerra Civil y de la Represión de la Dictadura” (…) no se pueden ni deben citar en textos murales como ejemplo a soldados que, por las razones que fueran, vulneraron el ordenamiento constitucional vigente en su momento. Por ello, si se quiere citar el desembarco de Alhucemas, se citará sin referencia expresa al dictador. Y esto no es censura, sino respeto y acatamiento al marco legal vigente mientras no se demuestre lo contrario»
Hay gente que no es más imbécil porque si no, rebosaría por ambos lados.

Este tipo de cosas —tratar de borrar las huellas de aquella parte de tu Historia que no te gusta y hacer como si nunca hubiese existido— las hacían muy bien los romanos y lo llamaban Damnatio Memoriae. Si este tipo de propuestas las enunciase cualquier estúpido sin cultura ni conocimientos previos —un tertuliano de radio, un suponer—, la estupidez sería objeto de mofa y achacable a la ignorancia inherente al medio y al emisor, pero que tamaña sarta de sandeces provenga de alguien cuyo supuesto y aparente cometido es mediar y proteger nuestro patrimonio histórico, es lo que me causa un poco más de miedito.

Porque alguien debería contarle a este estulto con cargo a Patrimonio Nacional que Alhucemas transcurrió 11 años antes de lo que la ley menciona y condena de forma explícita. Y que para suerte o desgracia, participase quien participase en él, el desembarco de Alhucemas forma parte de un evento histórico trascendental para la historia de este país como lo fue la Guerra de África —por desgracia, esa gran desconocida—. Tan trascendental como que fue el desencadenante de la cadena de acontecimientos que explican —no defienden ni argumentan: explican— gran parte de los últimos 100 años de historia de este país: el expediente Picasso, el golpe de Primo de Rivera, la dictablanda, la obligada abdicación de Alfonso XIII, la llegada de la República y la Guerra Civil.

Lo realmente peligroso es que este tipo de anatemas y prohibiciones llevan un tiempo poniéndose muy de moda entre la progresía ful que las defiende quedándose en la superficie del asunto: la condena a un régimen despreciable y totalitario. Pero no entienden que no se trata de celebrar, ensalzar o ni siquiera conmemorar la presencia de un dictadorzuelo pequeñito y gritón o de algún que otro personaje nefasto para la historia y trayectoria de España —que los hubo sin reducirlo a Franco. Unos cuantos—. Si hubiese que eliminar el rastro de todos los personajes deplorables que han pasado por la historia de este país, iban a quedar tres y el gato. Se trata de mantener el respeto suficiente y necesario por la Historia —con obvias y necesarias mayúsculas—. Porque, por suerte o por desgracia, si de algo carece la Historia es de selectividad. La Historia está plagada de gestas gloriosas y de instantes vergonzosos. De momentos por los que sentirte orgulloso de los tuyos y de momentos en los que te gustaría mirar hacia otro lado. Pero, con todo y con eso, nunca deja de ser Historia. Todos esos hechos ayudan a comprender hechos y situaciones posteriores. Nunca dejan de ser una parte de ese legado común que, en virtud del certero aforismo «somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos», todos deberíamos tener presente siempre. Aunque sólo fuese para albergar la cautela suficiente y necesaria para no repetir algunas barrabasadas

Se puede ser partidario o no de unas determinadas figuras y situaciones históricas, lo que no se puede nunca es negar su existencia ni su relevancia innegable —para bien o para mal— en el devenir de la Historia. Al final, ¿qué coño será esto? ¿Una Historia selectiva y a la carta? ¿Qué será lo siguiente? ¿Ignorar la figura de Fernando VII cuando se hable de la Guerra de la Independencia? ¿Obviar cualquier mención a los generales Primo de Rivera, Martínez Campos o Prim, asonados consumados y confesos al igual que Franco?

Insisto en el detalle: que estas estúpidas iniciativas provengan de alguien encargado en teoría de proteger nuestro patrimonio histórico es lo que me hace consciente de en qué clase de manos estamos. Y lo que descubro no me gusta un pelo.

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viernes 13 de noviembre de 2009

Cuando la estética sustituye a la ética (II). Según depende

Reflexionando fría y tranquilamente sobre las imágenes que ilustran la entrada de ayer, me he sorprendido de las dimensiones que adquiere el asunto, bastante más profundas y menos maniqueas de lo a priori se puede apreciar tras visionar el impactante cortometraje. Porque una cosa es que nuestro instinto nos haga saltar ante el mensaje directo y sin ambages que se nos pretende mostrar —algo perfectamente lícito. Yo soy el primero que reconozco haber escrito ese post bajo el influjo de ese primer impulso— y otra, que nos paremos a reflexionar sobre el auténtico trasfondo que se pretende mostrar en él: el papel de los reporteros de guerra y la legitimidad de su relación con las entidades en conflicto. Su papel como personas, pero también como profesionales. «Eres reportero. Si quieres ayudar, hazte enfermera, cabrón», espetaba el curtido cámara de televisión José Luis Márquez, uno de los más reconocidos y mejores profesionales del mundo, a un dubitativo Pérez Reverte cuando éste, durante el asedio de Sarajevo y ante la dantesca barbarie presenciada, se planteaba echar una puntual mano a los equipos de ayuda que asistían a los heridos de un bombardeo o a las víctimas de un francotirador. Con cierta perspectiva, no dejo de plantearme que precisamente uno de los principales salvoconductos de este colectivo, el que siempre ha garantizado en cierta medida la integridad de sus miembros, es su carácter de profesional desplazado para hacer un trabajo concreto, abanderado por su aparente neutralidad, su no intercesión, ante el conflicto a cubrir. Estoy convencido de que ha sido precisamente la asunción de tal premisa la que les ha salvado al vida en más de una ocasión. Si los reporteros interactuasen siempre, por sistema y de forma abierta con una u otra de las partes en conflicto, haría tiempo que se habría vetado su presencia. O se les recibiría a tiros nada más verles aparecer. Y su autentica e invaluable labor, nada trivial, que supone informar y dar a conocer la verdad lo más desnuda posible —no olvidemos que así se ha ayudado a ganar muchas contiendas—, se perdería irremisiblemente.

Resulta evidente que el asunto adolece de más caras y aristas de lo que aparenta. ¿Tú que opinas?

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jueves 12 de noviembre de 2009

Cuando la estética sustituye a la ética

El problema no es la guerra. No sólo. No siempre.

El problema somos nosotros.

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viernes 30 de octubre de 2009

Mal cuerpo

Un psicópata, a pesar de resultar evidente de que hay algo que no funciona bien en su cabeza, no es un individuo irracional. Posee capacidad de razonamiento y no suele tener alteradas sus facultades mentales ni intelectuales. Muy al contrario. Suele ser capaz de razonar, en ocasiones, de forma brillante, y lo más importante: de diferenciar correctamente entre el bien y el mal. Para el psicópata dicha línea no es difusa —como podría serla para un individuo de carácter paranoide—. Un psicópata entiende perfectamente el límite que separa ambas. La cuestión es que dicho límite le importa un huevo. Un psicópata carece por completo de empatía para con sus semejantes y le da exactamente igual hacer el bien o el mal. No es que sienta una atracción especial por hacer el mal. Le da igual. Para él, ejercer cualquiera de las dos opciones tiene las mismas consecuencias: ninguna. Ni celos, ni remordimientos, ni placidez, ni bienestar. Su único objetivo es actuar en beneficio propio y con el fin de satisfacer sus propios intereses, inmediatos las más de las veces. El cómo y las consecuencias de esa actuación son lo de menos.

Y sin disculparla, soy perfectamente capaz de comprender esa actitud. Y, en cierta medida, de ponerme en su lugar. Yo fui capaz de crear alguien así. Se llamaba Mihail Vassiliev.

Pero por mucho que trato de imaginar, me declaro absolutamente incapaz de llegar tan siquiera a una aproximación de lo que pasa por la cabeza de un individuo capaz de ejercer violencia sexual contra niños y gozar con ella. Evidentemente algún chip de su cabeza no funciona correctamente, pero asumo que, al igual que el psicópata, es perfectamente capaz de distinguir lo que está bien de lo que no. De no ser así, no tratarían de ejercer tales actividades con la más estricta cautela y secreto. Y tengo meridianamente claro que, no teniendo mermadas sus facultades y siendo consciente de lo que su actuación comporta, sus actos deben ser condenados con todo el peso de la ley. El mayor peso posible.

Hoy leo en la prensa que el Tribunal Supremo ha decidido reducir en trece años la sentencia a un acosador sexual conocido como Nanysex que se hizo tristemente popular a raíz de su detención hace unos cuatro años al descubrirse que abusaba de niños cuya edad oscilaba entre algunos meses y los dos años aprovechando su condición de cuidador de los mismos, es decir, de canguro. Heroica gesta. Lo sorprendente es que el juez basa su decisión de reducir la condena en el hecho de que en la sentencia previa se aplicó incorrectamente el agravante de “abuso de confianza”. Claro. Ese suele ser el principal motivo por el que dejas a tus hijos en manos de alguien. Porque no te inspira la menor confianza. Y debido a esa circunstancia, supuestamente lógica, legítima y entendible, Nanysex -no olvidemos que el amigo es reo convicto y confeso- ha podido ver reducida su condena en trece años.

Quizá sea yo el que no entienda de estas cuestiones. Quizá se me escape algún detalle que no logro abarcar, pero hay cosas que, leídas de mañana temprano, te revuelven el cuerpo de mala manera.

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viernes 22 de mayo de 2009

Perturbadoras realidades judiciales

Condenado por instalar una cámara en casa con el fin de vigilar a su hija.

Jorge MV., padre de familia, instala una cámara oculta en el baño de su casa ante la sospecha de que su hija se encuentre aquejada de algún tipo de desorden alimenticio ya que se encierra en él con cierta frecuencia. El padre sospecha que lo hace para vomitar la comida que acaba de ingerir, pero necesita tener constancia de que a su hija le ocurre algo para ayudarla. Según declaraciones, las cintas son destruidas de inmediato tras ser revisadas. Su ex mujer, en trámites de separación durante la época, se entera de la jugada y en lugar de colaborar con el susodicho por el bien de la hija común, aprovecha la tesitura —ya sabemos lo que hoy en día supone un trámite de separación o divorcio: un batalla campal donde se ejerce la táctica de tierra quemada y el todo vale con tal de joder a ese prójimo por el que, hasta poco antes, bebías los vientos— y lo encaloma bajo la acusación violación de la intimidad y revelación de secretos en la figura de su hija. El acusado incluso reconoce que probablemente se extralimitase en las medidas tomadas, pero que lo hizo motivado por una natural preocupación por la salud de su hija. Sin embargo, un juez acaba de dictar sentencia y lo ha condenado a un año de prisión, cinco de alejamiento de sus dos hijas y una multa. Y eso que el juez ha considerado como atenuante que «la actuación del demandado se llevó a cabo con el fin de evitar males mayores, amparada bajo el concepto de "cumplimiento del deber" y en virtud de su potestad como progenitor de la víctima».

Con posterioridad a los hechos, la hija fue diagnosticada de bulimia. Actualmente se encuentra en tratamiento por dicho motivo.


La Sala de lo Penal del Tribunal Supremo anula la sentencia contra la cúpula de los «Latin Kings» y ordena la repetición del juicio.

Aduciendo que los testigos que declararon en los juicioso previos lo hicieron en calidad de «testigos protegidos» y que su anonimato puede desvirtuar la credibilidad de su declaración —ya que, según la defensa, pueden ampararse en él para venganzas ajenas a los motivos del juicio—, el Tribunal Supremo ha decidido dar por nulo el proceso judicial que se mantenía contra once integrantes de la banda conocida como Latin Kings —uno de ellos imputado además en un presunto delito de violación—. Quizá haya que proceder a explicarles a sus señorías en qué consiste el concepto de «testigo protegido» y sus riesgos asociados porque mucho me temo que, a partir de ahora, sin las suficientes garantías procesales y como en el caso de acudir a un tribunal en calidad de testigo protegido haya que aportar nombre, apellidos, domicilio, fé de vida y certificado de penales, mucho me temo que va a declarar como testigo protegido la madre del cuto, es decir, su cuta madre.

Manda cojones.

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lunes 27 de octubre de 2008

Prueba de ¿vida?

Leo en la prensa la noticia de la huida de Oscar Lizcano, excongresista colombiano prisionero de las FARC desde hacía ocho años. Un nuevo éxito tras el rescate en fechas recientes de Ingrid Betancourt. Me alegro por ellos.

Cierro el periódico. Trato de imaginarme hasta donde me es posible sus circunstancias durante todo ese tiempo de cautiverio y tiemblo sólo con pensarlo. Sin familia, sin amigos, permanentemente inmerso en un entorno tan extraño como hostil. Ocho años de cautiverio, de soledad, de miedo, de incertidumbre, de vivir cada día como si fuese —y realmente puede ser— el último... Me pregunto cómo, en tan extremas circunstancias, puede evitarse que la voluntad y la lucidez de un ser humano terminen quebrándose como el más frágil de los cristales. Cómo, día tras día, noche tras noche, semana tras semana, mes tras mes, alguien puede ser capaz de salvaguardar el menor atisbo de esperanza y cordura. Cómo alguien puede ser capaz de seguir adelante cuando lo único que te rodea es el infierno más atroz: el de la incomunicación. De seguir adelante cuando tu existencia se reduce a vegetar, a subsistir, a soportar una inhumana muerte en vida, despojándote de todo aquello que te hace persona. Trato de imaginarme bajo una situación similar y, simplemente, no puedo.

Me alegro infinitamente por Lizcano y Betancourt. De veras. Pero lo auténticamente terrible es que aún quedan decenas de personas que continúan retenidas en manos de las FARC en idénticas condiciones. Viviendo ese mismo infierno. Día tras día.

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viernes 24 de octubre de 2008

Arrepiéntete. Es gratis.

Sociopatas en el sentido más canónico del término —entendido como aquel comportamiento que rechaza cualquier clase de sentimiento empático hacia tus semejantes—, dos de los jóvenes que rociaron con líquido inflamable y prendieron fuego a Rosario Endrinal, una indigente que pernoctaba en el vestíbulo de una sucursal bancaria, han sido, al fin, juzgados y su caso, visto para sentencia. Ambos, en sus alegaciones finales, piden perdón. Declaran que se trató de una lamentable serie de circunstancias puntuales, que fue una única y estúpida locura cometida bajo la influencia del alcohol y que se les fue la mano cuando sólo pretendían molestar un poco. Pero la mano no se va si no la mueves en una determinada dirección. Fuentes cercanas a su entorno afirman que, de forma habitual, ambos inculpados solían insultar y vejar a todo mendigo que se cruzaba en su camino. Que lo grababan con la cámara de su móvil a modo de trofeo. Y que lo llevaban a cabo por el mero placer de hacerlo. Los dos individuos aseguran estar muy arrepentidos de sus actos y no me cabe la menor duda de ello. Estoy convencido de que están realmente arrepentidos del revuelo organizado, del lío en el que se han metido, de haber arruinado sus vidas, de haber mostrado a todo el mundo la autentica naturaleza que se esconde tras el monstruo que se aloja en su interior, pero... ¿están realmente arrepentidos de haber infligido dolor y causado la muerte a otro ser humano? Yo, sinceramente, albergo serias dudas de ello.

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martes 5 de agosto de 2008

Ni en mis peores pesadillas


Incidiendo en la mención hecha en el post anterior sobre el tema Stairway to heaven de Led Zeppelin, un ¿amigo? me envía esto encontrado en el omnipresente Youtube. Al parecer, un grupo australiano llamado The Beatnix —una banda-tributo de The Beatles— perpetra su propia versión del tema, tamizada toda ella de sonidos de reminiscencias beat. Mira que los grititos del Robert Plant, así que así, pero es que en esta versión, los "uuuuuuuuuuh" de los coros levantan ampollas.

Todavía tengo palpitaciones. Voy a por una tila.



El cuerpo del delito

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