El subdirector general de Patrimonio Histórico Artístico del ministerio de Defensa, D.
Álvaro Martínez-Novillo, exhortó al Museo del Ejército de Toledo para que retirase las referencias a
Francisco Franco de los textos que ilustran algunas exposiciones, citando especialmente el texto referido desembarco de Alhucemas. ¿El motivo? Según los argumentos del señor subdirector general, tales circunstancias contravienen la Ley de la memoria Histórica de forma concreta y explícita. Leamos la argumentación.
«El art. 15.1 de la Ley 52/2007 –conocida como de la Memoria Histórica– es muy terminante en cuanto a las “menciones conmemorativas, de exaltación, personal o colectiva, de la sublevación militar, de la Guerra Civil y de la Represión de la Dictadura” (…) no se pueden ni deben citar en textos murales como ejemplo a soldados que, por las razones que fueran, vulneraron el ordenamiento constitucional vigente en su momento. Por ello, si se quiere citar el desembarco de Alhucemas, se citará sin referencia expresa al dictador. Y esto no es censura, sino respeto y acatamiento al marco legal vigente mientras no se demuestre lo contrario»
Hay gente que no es más imbécil porque si no, rebosaría por ambos lados.
Este tipo de cosas —tratar de borrar las huellas de aquella parte de tu Historia que no te gusta y hacer como si nunca hubiese existido— las hacían muy bien los romanos y lo llamaban
Damnatio Memoriae. Si este tipo de propuestas las enunciase cualquier estúpido sin cultura ni conocimientos previos —un tertuliano de radio, un suponer—, la estupidez sería objeto de mofa y achacable a la ignorancia inherente al medio y al emisor, pero que tamaña sarta de sandeces provenga de alguien cuyo supuesto y aparente cometido es mediar y proteger nuestro patrimonio histórico, es lo que me causa un poco más de miedito.
Porque alguien debería contarle a este estulto con cargo a Patrimonio Nacional que Alhucemas transcurrió 11 años antes de lo que la ley menciona y condena de forma explícita. Y que para suerte o desgracia, participase quien participase en él, el desembarco de Alhucemas forma parte de un evento histórico trascendental para la historia de este país como lo fue la Guerra de África —por desgracia, esa gran desconocida—. Tan trascendental como que fue el desencadenante de la cadena de acontecimientos que explican —no defienden ni argumentan: explican— gran parte de los últimos 100 años de historia de este país: el
expediente Picasso, el golpe de
Primo de Rivera, la
dictablanda, la obligada abdicación de
Alfonso XIII, la llegada de la República y la Guerra Civil.
Lo realmente peligroso es que este tipo de anatemas y prohibiciones llevan un tiempo poniéndose muy de moda entre la
progresía ful que las defiende quedándose en la superficie del asunto: la condena a un régimen despreciable y totalitario. Pero no entienden que no se trata de celebrar, ensalzar o ni siquiera conmemorar la presencia de un dictadorzuelo pequeñito y gritón o de algún que otro personaje nefasto para la historia y trayectoria de España —que los hubo sin reducirlo a
Franco. Unos cuantos—. Si hubiese que eliminar el rastro de todos los personajes deplorables que han pasado por la historia de este país, iban a quedar tres y el gato. Se trata de mantener el respeto suficiente y necesario por la Historia —con obvias y necesarias mayúsculas—. Porque, por suerte o por desgracia, si de algo carece la Historia es de selectividad. La Historia está plagada de gestas gloriosas y de instantes vergonzosos. De momentos por los que sentirte orgulloso de los tuyos y de momentos en los que te gustaría mirar hacia otro lado. Pero, con todo y con eso, nunca deja de ser Historia. Todos esos hechos ayudan a comprender hechos y situaciones posteriores. Nunca dejan de ser una parte de ese legado común que, en virtud del certero aforismo «
somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos», todos deberíamos tener presente siempre. Aunque sólo fuese para albergar la cautela suficiente y necesaria para no repetir algunas barrabasadas
Se puede ser partidario o no de unas determinadas figuras y situaciones históricas, lo que no se puede nunca es negar su existencia ni su relevancia innegable —para bien o para mal— en el devenir de la Historia. Al final, ¿qué coño será esto? ¿Una Historia selectiva y a la carta? ¿Qué será lo siguiente? ¿Ignorar la figura de
Fernando VII cuando se hable de la Guerra de la Independencia? ¿Obviar cualquier mención a los generales
Primo de Rivera,
Martínez Campos o
Prim, asonados consumados y confesos al igual que
Franco?
Insisto en el detalle: que estas estúpidas iniciativas provengan de alguien encargado en teoría de proteger nuestro patrimonio histórico es lo que me hace consciente de en qué clase de manos estamos. Y lo que descubro no me gusta un pelo.